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La universidad invertebrada . Cuando la educación superior se convierte en una yincana

La universidad ha dejado de ser un espacio consagrado a fines superiores, en los que trascender un mundo frívolo e ignorante. Debido al control de la actividad académica, los profesores se han convertido en gestores y los estudiantes han sustituido el aprendizaje por la caza de puntos.

Parafraseando a José Ortega y Gasset, podríamos tal vez hablar de la universidad invertebrada. Decía nuestro internacional filósofo que la universidad “ha de imponerse como un poder espiritual, superior… representando la serenidad frente al frenesí, la seria agudeza frente a la frivolidad y la franca estupidez. Entonces volverá a ser la universidad lo que fue en su hora mejor: un principio promotor de la historia europea”. Sirvan estas palabras, con las que en 1930 el raciovitalista ponía fin a su conocido ensayo sobre la misión de la universidad, para reflexionar sobre la situación de la universidad española en nuestro tiempo.

Apología de las Humanidades

¿Serenidad o frenesí? Si hoy preguntásemos a cualquier persona ajena a la universidad qué imagen tiene de los universitarios –alumnos y profesores-, es fácil que le venga a la mente una cierta idea de vida relajada, teniendo en mente los periodos en que no hay clases. Y es que los extraños al mundo del estudio –como el mal estudiante y el mal enseñante- suelen confundir periodos no lectivos y vacaciones.

Desde esa perspectiva, la universidad sería un lugar de vida fácil y sosegada. No es de extrañar, así, cierta animadversión por parte de los que viven sumidos en el vértigo de la vida laboral, profesional y empresarial de nuestro tiempo, donde el estrechamiento de los márgenes de beneficio y la alta competitividad imponen ritmos acelerados y cambios constantes. Se convierte, así, el universitario en un colectivo –como otros- bajo sospecha, que no solo ha de trabajar, sino que, además, debe demostrarlo.

Y como la sociedad y sus políticos desconfían de la universidad, se imponen técnicas de control de la actividad académica, que seguramente sean muy necesarias pero que pueden desdibujarla y apartarla de sus más altos fines. Desde luego, a ello han contribuido no pocos abusos y conductas fraudulentas intramuros universitarios. Con perspicacia, Adam Smith apuntó: “Si la autoridad de la que depende el profesor reside en una corporación, como Colegio o Universidad, del que él mismo es miembro, y en que la mayor parte de los otros son como él, profesores, entonces probablemente harán causa común para ser sumamente indulgentes los unos con los otros, y cada uno consentirá que el otro descuide en el cumplimiento de sus obligaciones, siempre que se le permita a él descuidar las suyas.”

Adoctrinamiento y educación

La universidad española vive, desde que arrancó el siglo XXI, sumida en un frenesí constante, en una suerte de yincana permanente: constantes cambios de planes de estudios, siempre nuevos; frecuentes cambios en los modos de evaluación de la actividad universitaria, que –por imposición de las ciencias experimentales, en detrimento de las sociales y humanidades- fácilmente se convierte en medición; alteración de los criterios de evaluación o medición de dicha actividad; acreditaciones y re-acreditaciones; convocatorias públicas de proyectos de investigación competitivos; convocatorias de sexenios y quinquenios; impresos telemáticos varios; rankings; y mucho más.

La carrera del profesor universitario ya no depende tanto del rigor de sus trabajos de investigación y de la excelencia de sus lecciones como de alcanzar un determinado número de puntos en los distintos apartados del baremo vigente, según criterios que resultan además cambiantes. De esta manera, el buen profesor no es ya el que se consagra con intensidad al estudio y a los estudiantes, sino quien gestiona con mayor habilidad su currículo académico según las exigencias del momento.

Con agudeza, se ha dicho que la investigación universitaria de nuestro tiempo consiste en investigar dónde te han citado y en qué revistas hay que publicar. El modelo del pragmático se ha sublimado e impuesto sobre todos los demás tipos de profesor, como la gestión lo ha hecho sobre las restantes facetas de la vida académica, el estudio y el magisterio.

Nuevos criterios de calificación para profesores universitarios

De esta manera, apenas se despliegan energías y tiempo en aquello que no dé réditos en puntos. Y lo mismo ocurre con los estudiantes, que pronto descubren que el secreto del éxito no está tanto en aprender como en ir superando asignaturas y pruebas yuxtapuestas. Se convierte, así, la universidad en un puro disparate.

Lo malo de todo esto es que las fuerzas se concentran en esa labor de caza-puntos y nos alejan cada vez más del estudio profundo, del rigor, del pensamiento y de la vida intelectual. Y abandonado el estudio y el pensamiento por la universidad, ¿quién lo hace? ¿Con qué intereses? No es extraño que, ocupados los profesores en otros menesteres y ausentes los maestros, la frivolidad y la demagogia campen a sus anchas y, lo que es peor, que estas capten con éxito a gran parte de nuestros jóvenes, que, decepcionados, no encuentran en la universidad esos fines superiores que –quizá sin ser muy conscientes- buscan.

Escrito por

Profesor de Derecho del Trabajo en la USP CEU.

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