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Ser un trabajador flexible . Es conveniente un margen de autonomía y autogestión

La economía es hoy mucho más competitiva que antes y las empresas deben ajustar su oferta a la demanda del mercado y del sistema. De ahí la necesidad de un modelo de trabajador mucho más flexible.

No criticamos aquí las reformas, percibidas desde distintas legislaturas como necesarias para el bien común, pero es innegable que las mismas, al imponer el arquetipo de trabajador flexible, mayor rendimiento, mayor disponibilidad, más tiempo de trabajo efectivo, mayor precariedad, menos estabilidad, colocan en peor posición a aquellos trabajadores que no pueden disponer del tiempo y de sus energías de la misma manera que otros.

Es claro que en la empresa altamente competitiva ad intra las trabajadoras con hijos o familiares a su cargo se encuentran en desventaja. En una cultura laboral presentista y competitiva, quienes más sufren son las mujeres.

Por si fuera poco, el reto de la equidad entre trabajadoras y trabajadores se topa con el obstáculo de la inercia en los hábitos de conducta en la empresa y en la sociedad y con la resistencia de los privilegiados por la situación.

No solo se trata de conciliar trabajo y familia, también se trata de enriquecer la empresa, en todos los aspectos, con las aportaciones de mujeres y hombres

El contrato de trabajo es un contrato normado. Aunque las partes son libres para celebrar el contrato de trabajo, habrán de respetar los mínimos de derecho necesario fijados por el poder público y, en su caso, por los interlocutores sociales a través de la negociación colectiva. Esos mínimos, ya históricos –la jornada máxima ordinaria es el paradigma-, fueron fijados tomando como base un mundo laboral protagonizado por hombres que no asumían tareas domésticas, por tenerlas asignadas y asumidas las mujeres, y en un modelo productivo hoy prácticamente inexistente.

Esos mínimos históricos están contemplados para un mundo laboral que ya es historia. Hoy, el escenario es otro. De ser un derecho hecho a la medida de un mundo de hombres, de varones, el Derecho del Trabajo pasa a ser, en eso estamos, un derecho para el hombre y la mujer.

Las normas laborales se realizaron tomando en consideración un modelo de trabajador masculino, ajeno a la maternidad y a los cuidados de la familia; un trabajador varón dedicado solamente al trabajo. No solo las leyes, las reglas de juego, los hábitos, el modo de entender las relaciones en el seno de la empresa, todo es herencia de un mundo de varones.

Por eso, no se trata solo de incorporar a las mujeres en el sistema previamente diseñado por y para hombres, sino que la integración de la mujer en el trabajo asalariado implica y exige la reforma del sistema de relaciones laborales. De otro modo, la mujer seguiría teniendo un papel secundario en el mundo productivo. Esa es la otra reforma laboral.

Cierta dosis de flexibilidad en manos del trabajador resulta complementaria de la flexibilidad de las condiciones de trabajo en manos del empresario

No solo se trata de conciliar trabajo y familia, también se trata de enriquecer la empresa, en todos los aspectos, con las aportaciones de mujeres y hombres; que, a priori, tengan en aquella igual cabida y similar horizonte. La cuestión es -en definitiva- que el ser humano ejerza su libertad de trabajo sin necesidad de violentar su personalidad ni sus proyectos vitales.

Esto se ve con claridad en la forma de valorar el liderazgo y decidir los ascensos dentro de la empresa. Una visión de la empresa y de la dirección reducida a lo masculino cierra el paso a modos de liderazgo particularmente femeninos, parece que más abiertos a las cooperación, en detrimento del conflicto. Con ello, se impide el crecimiento de la empresa, que seguramente requiere ampliar las posibilidades de la organización con modos de gobierno que sumen habilidades y perspectivas distintas.

Es conveniente que el trabajador, en aquellas actividades en que sea factible, cuando sea posible, goce de un margen de autonomía, de autogestión de su tiempo y de su lugar de trabajo. Naturalmente, como lo perseguido es mayor productividad, ese margen debe acomodarse a las necesidades productivas de la empresa, que a esta corresponde concretar.

trabajador

Las mujeres siguen siendo minoría en los puestos de responsabilidad de las empresas

La rigidez de las condiciones laborales que tienen que ver con el lugar y tiempo de trabajo suponen un serio obstáculo tanto para la competitividad de las empresas como para la igualdad entre mujeres y hombres. Desde esa perspectiva, cierta dosis de flexibilidad en manos del trabajador resulta complementaria de la flexibilidad de las condiciones de trabajo en manos del empresario. Las posibilidades permitidas por las nuevas tecnologías allanan ese camino.

Todo ello tiene mayor trascendencia de lo que pudiera parecer, pues toca instituciones relevantes de nuestro sistema de relaciones laborales. Afecta, nótese, por un lado, a la organización del tiempo de trabajo, aún hoy concebido como monopolio del empresario que derivaría de su poder de dirección y, por otro, a la importancia misma que el tiempo, entendido cuantitativamente, tenga en la vertebración del contrato de trabajo.

 

Escrito por

Profesor de Derecho del Trabajo en la USP CEU.

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