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La muerte por “selfie” y el grito humano de la indolencia

La muerte por selfie lleva a muchos a arriesgar su vida para obtener la foto perfecta, pero detrás se esconde una carencia aún mayor. La búsqueda del reconocimiento y la soledad compiten con la temeridad.

La muerte por selfie es una epidemia que no se ha cobrado demasiadas vidas a nivel mundial en los últimos años: 259 entre 2011 y 2017, según un estudio americano. Es nada, por ejemplo, al lado del número de suicidios declarados que tuvimos en España solo el año 2015, última fecha en la que ese dato se recoge en el INE (Instituto Nacional de Estadística) : 3.602.

Diariamente se suben un millón de selfies a la red. Aquí las cifras ya suenan un poco más pandémicas. Aunque es verdad que continúan siendo pocos los que arriesgan sus vidas para sacar un autorretrato intenso y auténtico, capaz de transparentar y embellecer su storytelling biográfico en las redes sociales.

La muerte por selfie no requiere únicamente del impulso del emprendedor o del influencer, tiene algo de llanamente estúpido. Un tipo que, con palo selfie o sin él, se hace fotos haciéndole carantoñas a un león, por muy domesticado que le parezca que está, o se cuelga en el andamio de un rascacielos en Kuala Lumpur, o se retrata buceando con un tiburón blanco, etc., es alguien que muestra una estulticia sin precedentes en culturas anteriores. Eso, o una incapacidad para captar la dignidad de la propia persona fuera de acciones que la respalden con contundente espectacularidad. Un caso más de la gran mentira sobre la que muchas veces caminamos: “eres lo que haces”, una versión light del fatídico “el trabajo os hará libres” de Auschwitz.

¿Cuál es el peligro real que anuncia la muerte por selfie? Steve Pesich, oscarizado guionista inventor de la palabra posverdad, supo verlo en 1992: “Como pueblo hemos decidido libremente que queremos vivir en un mundo de posverdad, que nuestros gobernantes nos libren del peso de la verdad (…) Elegimos como virtud la banalidad”. Nietzsche lo dijo ya en El crepúsculo de los ídolos. Nuestro mundo se parece demasiado a una película de Tarantino, se ha convertido en una fábula arrastrada por el viento.

Más allá de la pérdida de vidas preciosas de personas que no se saben apreciar a sí mismas, la muerte por selfie entraña una profecía, un grito de humana indolencia, una petición de auxilio apenas consciente hecha por víctimas presas de un abisal sentimiento de soledad y de anonadamiento, que quieren ser algo -o incluso alguien- ganándose el reconocimiento a través de likes discrecionales otorgados por personas que los ven como meros dibujos animados.

Algo más que una foto

La muerte por selfie es pues una de las múltiples versiones de la muerte del hombre de la que hablaban Dostoievski o Henry de Lubac. Alguien que pone en peligro su existencia para sentir que es mirado y acogido ya no está bajo el paradigma cultural cristiano del hijo pródigo. Es alguien que ya no entiende que cada pelo de su cabeza está contado. Es alguien que se confunde a sí mismo con un avatar, con un yo digital o con un emoticón.

Y dicho esto, hay que vigilar. Alguien puede entregarse al gnosticismo y dividir el mundo entre los que mueren por selfie y “nosotros”, entre los malos y los buenos, entre los de esta nueva generación quemada y la gente de bien. El papa Francisco lo ha advertido en una de sus múltiples homilías: “Un niño enfermo es como cualquier necesitado de la tierra, como un anciano que necesita asistencia, como tantas personas pobres que tienen dificultades para vivir: él, ella que se presenta como un problema, es en realidad un don de Dios que puede sacarme del egoísmo y hacerme creer en el amor. La vida vulnerable nos indica la salida, el camino para salvarnos de una existencia replegada sobre sí misma y descubrir la alegría del amor”.

La cosa se complica: el narcisismo es una patología autorreferencial. Por eso, su mero rechazo moral nos puede llevar de la muerte por selfie a la muerte por selfish (por egoístas). Quizás por eso el Papa no rechaza compartir primer plano en los selfies de los demás, como hemos visto tantas veces. Algo así como un testimonio de la resurrección que predomina en mitad de la muerte por selfie.

Imagen de portada: Un corredor intenta hacerse un selfie durante un encierro en San Fermín | Agencia EFE
Escrito por

Periodista especializado en cine, televisión, literatura y cultura pop en general. También es escritor y profesor universitario.

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