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Las cifras de ahogados y el creciente imperio de la ley. Ponga un socorrista en su charco

Las cifras de ahogados en verano son el nuevo elemento de presión en las redes sociales para ampliar el radio de acción de las leyes. Socorristas y prohibiciones, pagados con el dinero público, como base de la seguridad acuática.

Este verano, como en el pasado, nos han bombardeado otra vez con alarmantes cifras de ahogados en el mar, en los ríos, en los lagos, en las charcas, en los pantanos y en las piscinas. Han llegado a comparar su magnitud con la de muertos en carretera en los meses de canícula.

La campaña con las cifras de ahogados me ha recordado a la que en su día llevaron a cabo con notable éxito los sicólogos para extender sus dominios a cualquier mortal afectado por una contrariedad, anormalidad y hasta por nimiedades tales como el fin de las vacaciones y el reencuentro con el trabajo, los estudios y la rutina. Consecuencia de este atosigamiento, y fundamentalmente de la secularización y culto al materialismo que sufre la miedosa e hiperprotegida sociedad occidental, tenemos equipos de sicólogos hasta en la sopa: incidentes, accidentes, atentados, tragedias, riñas, vuelta al trabajo, vuelta al cole, pérdida de una mascota y extravío de un peluche. Su número ha crecido en España (y en casi toda Europa) como el suflé (en su colegio oficial deben salir por las ventanas por falta de espacio), hasta competir de tú a tú con Argentina, en donde hay más sicólogos que tangueros. En muchos casos, el abandono de la religión, bien reflejado en algunos personajes de Woody Allen, obliga a muchas personas a encontrar en esas terapias un antídoto a su angustia vital.

Ante las cifras de ahogados, el marketing ha puesto su objetivo en los socorristas, una actividad antaño voluntaria y ahora profesional. Al parecer y según esa avalancha de noticias de estío, el aumento de ahogados se debe a que estas personas se han metido al agua en lugares sin socorrista o que, habiéndolo, era insuficiente o los accidentados no han hecho caso a sus recomendaciones. La presión ya está sobre ayuntamientos y otras instituciones públicas, incluido el Poder Legislativo, para que aumenten la contratación de socorristas, los pongan en plantilla y les doten de autoridad para prohibir y, en su caso, sancionar a todos aquellos que no sigan sus órdenes antes de darse un chapuzón. Desde la dictadura de las redes sociales, debidamente cebadas por interesados en el pastel a repartir, se reclaman socorristas para todas las horas del día y en cualquier recipiente capaz de contener agua. Naturalmente, el coste del vigilante, como antes lo fue para el cuerpo de sicólogos, es con cargo al dinero público, ese que no es de nadie, ni siquiera del expoliado contribuyente, según Carmen Calvo, vicepresidenta y ministra de la Presidencia, Relaciones con las Cortes e Igualdad del Gobierno de Pedro Sánchez y antes titular de Cultura con José Luis Rodríguez Zapatero.

El periodismo veraz evita que las falsedades de las redes sociales se consideren dogma de fe

En esta sociedad de la seguridad por encima de todo, de la vigilancia intrusiva por encima de todo y del control de nuestros actos por encima de todo, merced al teléfono móvil y demás artilugios de nuestra vida diaria que nos mantienen conectados y dominados por empresas tecnológicas que están logrando la perfecta aculturación que se ha abatido sobre nuestra civilización, resulta que ahora el socorrista, ante las cifras de ahogados, es fundamental para la seguridad acuática, como antes lo fue el sicólogo para la salud y mejor conocimiento de nuestro carácter e intimidad. En esta sociedad de derechos sin obligaciones, del reclamar hasta lo más absurdo para ver qué obtengo, de los tuiter, los guasás, los feisbú y los yotuví, pero de pérdida a chorros de libertad y libre albedrío, dentro de poco no podré bañarme en cualquier playa o cala, ni correr riesgo donde me plazca, ni refrescarme solitario en una poza o bajo la cascada de un regato, entre alisos y vacas pastando, porque no hay oteador y un cartel reza: “Prohibido bañarse por no haber socorrista”.

Escrito por

Ex Vicepresidente de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM), articulista de La Voz de Galicia, miembro del Grupo Crónica. Primer director de Noticias de Antena 3 Televisión. Premio Salvador de Madariaga. Antenas de Oro y Plata.

Ultimo comentario
  • Una vez más, el maestro, da en el clavo. Hay que controlar, vigilar y observar cualquier movimiento de los ciudadanos, hasta el más nimio como es el de bañarse en alguna charca o practicar la natación en un playa desierta…solo faltan las cámaras de vigilancia ¡incluso hasta sumergidas!

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