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Acoso sexual, ¿truco o trato? . Frivolizar con acusaciones públicas perjudica a las víctimas

La escalada de acusaciones públicas de acoso sexual desdibuja los límites entre el delito y el intercambio de favores. Frivolizar con un tema tan serio causa un grave perjuicio a las verdaderas víctimas, que se enfrentan a dos peligros: el acosador y el acusador.

La lista es larga… y sigue creciendo.acoso

En los últimos tiempos, una escalada imparable de noticias sobre acusaciones de acoso sexual está copando los medios de comunicación. Raro es el día en el que no amanecemos con un nuevo escándalo.

Los primeras informaciones llegaron de Hollywood. Después, el tsunami cruzó el océano y comenzó a inundar tierras españolas. Hasta el momento, la mayoría de los casos que vamos descubriendo provienen del mundo del espectáculo, quizá porque es uno de los escenarios -y nunca mejor dicho- más visibles. Sin embargo, parece que no es el único, pues el fenómeno se está haciendo extensivo a otros ámbitos profesionales. Da la impresión de que se ha levantado el espeso manto que la ley del silencio había desplegado.

Abusos, agresión y acoso

En un terreno tan pantanoso como el de las agresiones sexuales, corremos el riesgo de mezclar conceptos, pues a veces los delitos se solapan y las penas tienen una horquilla muy amplia.

Ni que decir tiene que en estas líneas no hablamos de abusos a menores o a incapaces, esas conductas atroces en las que un adulto se prevale de la indefensión del agredido. Dichos actos -que jamás alcanzaré a comprender si son fruto de una mente enferma o de un alma despiadada- merecen la más absoluta de las condenas, tanto moral como penal. Y los responsables deberían ser retirados de la circulación de manera inmediata.

Huelga decir que tampoco nos referimos a la agresión sexual ni a la violación, delitos que comportan violencia o intimidación y que, al igual que los abusos a menores, son reprobables sin paliativos.

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Ahora nos enfrentamos al acoso, figura introducida por primera vez en el ordenamiento jurídico español en el Código Penal de 1995, modificado por la Ley Orgánica 11/99, de 30 de abril. Un delito al que también hace referencia la Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres.

Según el articulo 184 del Código Penal, acoso es la situación que se produce cuando una persona, en el ámbito de una relación laboral, docente o de prestación de servicios, aprovecha dicha circunstancia para solicitar favores de naturaleza sexual a otra que está en ese mismo ámbito, provocándole una situación objetiva y gravemente intimidatoria, hostil o humillante.

A estas alturas, nadie duda de que el acoso es siempre un hecho condenable, con independencia de quién sea el autor y quién la víctima. No obstante, esta marea de revelaciones nos sumerge en un mar de dudas.

¿Truco o trato?

En medio del oleaje, viene a la mente la pregunta favorita de los niños durante la noche de Halloween -esa suerte de festejo secular de origen anglosajón que el marketing nos ha impuesto- al hacer la ronda de visitas, casa por casa: ¿truco o trato?

Cuando los convecinos eligen “truco”, serán víctimas de una travesura. Si, por el contrario, escogen “trato”, deberán ofrecer un dulce a los pequeños.

Salvando las distancias, podemos trasladar esta cuestión al caso que nos ocupa. Ante una proposición indecente, la víctima tiene dos opciones: aceptar truco y dirigirse a la comisaría más próxima para denunciar los hechos o decantarse por el trato y entregar su cuerpo a cambio de un trabajo.

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Si reclama justicia, cumplirá con su deber ciudadano y ayudará a evitar futuras víctimas del acosador, que quedará en manos de los tribunales para recibir la sanción que merece.

Si, por el contrario, prefiere la segunda opción, el acoso pasará a ser un intercambio consentido entre personas mayores de edad, libres y con plena capacidad de actuación.

En este último supuesto, ¿no creen que tan falta de moral es la actuación de la persona que accede, de manera interesada, a las pretensiones del presunto acosador como la del propio acosador?

A vueltas con el machismo y el feminismo

La explicación a estos hechos se ha buscado, una vez más, en el ya manido machismo. Enarbolando la bandera feminista, las actrices de Hollywood vistieron de luto riguroso durante la gala de los Globos de Oro para condenar el acoso que, de repente, casi todas ellas dicen haber sufrido y que, inexplicablemente, siempre habían ocultado.

La puesta en escena tuvo como directora de orquesta a la presentadora Oprah Winfrey, que, casualidades de la vida, ahora quiere hacer carrera política. Y claro, ya sabemos que la demagogia es la mejor arma para ganarse al electorado.

Quizá el problema sea un error de base respecto al significado del término ‘feminismo’. Si por tal entendemos la defensa de la dignidad de la mujer, ¿no piensan que tan indigno es acosar como ceder al acoso de manera voluntaria y consentida solo para conseguir fama o escalar en la pirámide laboral?

Y, llegados a este punto, nos asalta otra duda: ¿no es aún más indigno denunciar la situación años después, aprovechando el río revuelto? Si hablamos de un intercambio de favores amparado en un acuerdo tácito, ¿no se debería mantener para siempre en la esfera de lo privado? Juzguen ustedes.

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Además, el argumento se cae por su propio peso desde el momento en que también han saltado a la luz revelaciones de hombres que afirman haber sido acosados por mujeres e incluso por otros hombres. No es de extrañar, pues lo que subyace en esta figura delictiva no es el machismo ni el feminismo, sino el dominio, la satisfacción de quien se sabe poderoso y se aprovecha de ese situación de superioridad para que los demás accedan a sus pretensiones.

Frivolizar con estas acusaciones extemporáneas causa un daño irreversible al prestigio público del acusado –difama, que algo queda- y no juzgado. Sin embargo, también hay un efecto bumerán para quien acepta voluntariamente el intercambio y luego lo hace público con la pretensión de provocar la reprobación social de la persona que lo propone: su imagen queda incluso más menoscabada, si cabe.

Después de oír los numerosos testimonios que nos llegan, algunos resultan difíciles de creer y otros nos pueden hacer pensar que los méritos profesionales de la supuesta víctima no se deben a su valía, sino a una larga “cadena de favores” con muchos eslabones…

La indefensión de las verdaderas víctimas

Y lo que es más importante: el interminable reguero de escándalos que sigue llenando portadas instala a las auténticas víctimas de acoso en una situación de indefensión. Flaco favor hacen estas denuncias públicas a los verdaderos afectados, que sufren un calvario para poder presentar pruebas de un delito invisible que rara vez deja huella. Es la palabra del acosado contra la del acosador.

Según datos del Ministerio del Interior, en 2016 las mujeres denunciaron 6.922 abusos (sin mediar violencia ni intimidación) y acoso. Sin embargo, solo el dos por ciento de las denuncias acabará en una condena judicial.

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Entre los años 2008 y 2015, 2.484 mujeres pusieron el tema en manos de los tribunales y únicamente se registraron 49 sentencias condenatorias. Es lo que sucede si la munición se desperdicia: que cuando la necesitamos de verdad, la hemos agotado.

Evitemos que el destino de las personas acosadas, sean mujeres u hombres, sea el mismo que el de la conocida fábula El pastor mentiroso, atribuida a Esopo: que viene el lobo y devora a los inocentes.

Por desgracia, con frecuencia la víctima de acoso se ve acechada por dos lobos: acosador y acusador. Y cuando dice truco, los demás creen oír trato.

Escrito por

Licenciada en Derecho y diplomada en Ciencias Empresariales. Redactora de El Debate de Hoy.

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