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Grandes cosas ocurren en Semana Santa . De la piedad popular a la liturgia

FERVOR Y CULTURA Para los cristianos, la Semana Santa se encuentra en el centro de la vida espiritual. La Muerte y Resurrección de Jesucristo suponen una actualización del Misterio único. La Iglesia, a lo largo de los siglos, ha reconocido el valor de la liturgia y la celebración en la fe de su pueblo. 

Dijo una voz popular:
“¿Quién me presta una escalera,
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?”

Para un español, las palabras Semana Santa suenan a redoble y trompeta, huelen a incienso y se pronuncian al compás de unos pasos medidos y reposados. Pero no nos quedemos ahí. Las grandes religiones de la humanidad atestiguan, cada una a su manera, un sentido cósmico y simbólico de sus ritos que va más allá de la geografía y que penetra el espíritu humano. La piedad popular cristiana se ha hecho presente en la cultura de cada latitud: así lo contemplamos hoy en las diversas celebraciones populares de la Semana Santa en Brasil, Filipinas, EE.UU., Mozambique o Italia.

Ya advertía Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi (n. 48) que la religiosidad popular tiene sus límites, pudiendo llegar hasta una deformación de la fe. Y añadía: “Pero cuando está bien orientada, (…) contiene muchos valores. Refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer. Hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe. Comporta un hondo sentido de los atributos profundos de Dios: la paternidad, la providencia, la presencia amorosa y constante. Engendra actitudes interiores que raramente pueden observarse en el mismo grado en quienes no poseen esa religiosidad: paciencia, sentido de la cruz en la vida cotidiana, desapego, aceptación de los demás, devoción.”

Esa “escalera” que pide el poeta español para “subir al madero” y “quitar los clavos a Jesús el Nazareno” es todo un manifiesto que resume los sentimientos piadosos a los que nos acercan las próximas celebraciones. La piedad católica nos sorprende fusionando lo divino y lo humano, lo espiritual y lo material, la persona y la comunidad, la fe, la patria y la cultura, la doctrina y el afecto filial. Hasta podríamos afirmar que la piedad popular es una primera escuela de humanismo cristiano: un lugar donde, al reconocernos hijos de Dios, podemos reconocer a los hermanos y donde Dios nos interpela personalmente acerca de nuestro modo de vivir las alegrías, las penas y las fatigas mirando a la eternidad.

La Semana Santa es un aldabonazo en medio del quehacer diario

Oh, la saeta al cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar.

Decía, sin pudor, san Juan Damasceno: “La belleza y el color de las imágenes estimulan mi oración. Es una fiesta para mis ojos, del mismo modo que el espectáculo del campo estimula mi corazón para dar gloria a Dios” (De sacris imaginibus oratio, 127).

Contemplar, meditar, admirar una imagen, dejarse invadir por la música o entonar los cantos, invocar, pedir perdón, dar gracias,… son medios que la Iglesia bendice porque permiten que los misterios de la fe se graben en el corazón y se expresen después en la vida renovada de los fieles (Catecismo de la Iglesia Católica n. 1162).

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Cristo de la Agonía. Domingo Beltrán, 1565. Cofradía Penitencial de Nuestro Padre Jesús Atado a la Columna. Medina del Campo (Valladolid). Foto: José Casado

Las imágenes sagradas, los cantos, la música, están destinados a despertar y alimentar la vivencia de la fe y ahondar la esperanza desde el corazón. Cuanto mayor es su vínculo con la liturgia, mayor es la fuerza con que arrastran. El Concilio Vaticano II nos enseña que las palabras, el canto, la música y las acciones de la celebración fecundan la Liturgia y esta las hace suyas, según tres criterios principales: “la belleza expresiva de la oración, la participación unánime de la asamblea en los momentos previstos y el carácter solemne de la celebración. Participan, así, de la finalidad de las palabras y de las acciones litúrgicas: la gloria de Dios y la santificación de los fieles” (Sacrosanctum Concilium, n. 112).

Momento culminante del año litúrgico: la Fiesta de las Fiestas

Cantar del pueblo andaluz
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz.

No se trata de una cristianización del equinoccio primaveral. La razón de la fecha de la Semana Santa procede de la tradición judía, de nuestros hermanos mayores en la fe. El pueblo judío celebraba la fiesta de Pascua en recuerdo de la liberación de la esclavitud de Egipto, el día de la primera luna llena de primavera. Se reunían en familia para cantar salmos, recitar bendiciones y compartir una cena regulada hasta el detalle (se preparaba cordero asado, aliado con hierbas amargas, se tomaba en pie, de forma apresurada…). Para los cristianos, esa Pascua es imagen de la Pascua cristiana, en la que Jesús morirá cruentamente como un cordero preparado para el sacrificio pascual.

En el año 325, el Concilio de Nicea determinó que las Iglesias celebrasen la Pascua cristiana el domingo que sigue al plenilunio (día 14 del mes de Nisán). ¿Por qué ese día? Esta fecha se fija en base al año lunar y no al año solar de nuestro calendario moderno. Por eso, cada año la Semana Santa cambia de día, pues se la hace coincidir con la luna llena.

Una celebración que entronca con la libertad

¿Qué sentido tiene esta celebración hoy? No es puro recuerdo o anamnesis. El tiempo de la Iglesia se sitúa entre la Pascua de Cristo, ya realizada una vez por todas en el Gólgota, y la consumación del Reino de Dios, cuando acontezca el Juicio final. Explica en el Catecismo (n. 1.104) que la liturgia cristiana no solo recuerda los acontecimientos que nos salvaron, sino que los actualiza, los hace presentes.

El misterio pascual de Cristo se celebra, no se repite; son las celebraciones las que se repiten; en cada una de ellas se actualiza el único Misterio: “Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre una vez por todas” (Rm 6,10Hb 7,27; 9,12). Esto significa que con aquellos hechos el fin de la historia se nos ha anticipado, la Vida de Dios irrumpe en el tiempo de la humanidad.

Un suave balanceo de una imagen de la Virgen que se adentra en otro callejón. Silencio. Una trompeta explica el dolor de la Madre. Dios habla al hombre a través de la creación visible

La Pasión, Muerte y Resurrección sucedieron realmente, pero de una manera absolutamente singular: “todos los demás acontecimientos suceden una vez y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina, domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida”. (CIC  n. 1085). Se puede decir más alto, pero no más claro: la celebración de la Pascua es la afirmación más radical de la Vida que la fe cristiana manifiesta. Cristo vive, Cristo vence al pecado, es el Señor de la Historia.

Jueves Santo, Viernes Santo, Vigilia Pascual y Resurrección

Cantar de la tierra mía
que echa flores
al Jesús de la Agonía
y es la fe de mis mayores.

Los Sacramentos se visten de fiesta. La Eucaristía no solo preside las Fiestas, sino que con Ella se celebra el Orden sacerdotal, el amor fraterno, la Penitencia. La Madre de Dios mantiene viva la esperanza ese sábado de luto. Bautismo y Pentecostés en la Noche Pascual y, de nuevo, con fe renovada, la Eucaristía del Domingo. ¡Cuántas personas recibimos algunos de estos Sacramentos casi ajenos al contexto, grandioso y a la vez tan personal! Grandes oportunidades que nos son ofrecidas al modo divino, con un “si quieres”, en la intimidad del alma.

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Hora Santa frente a un monumento de Semana Santa. Foto: José Casado

«Cristo está siempre presente en su Iglesia, principalmente en los actos litúrgicos. Está presente en el sacrificio de la misa, no solo en la persona del ministro, “ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz”, sino también, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su Palabra, pues es Él mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura. Está presente, finalmente, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20)» (Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium n. 7).

Sí que importa “estar”. Asistir, acompañar, participar. No es cuestión de curas. La asamblea reunida es “liturgo”, cada uno según su función, “pero en “la unidad del Espíritu” que actúa en todos”. (CIC n. 1144). La Liturgia de estos días ofrece a cada uno la oportunidad de dejar que la fe enraíce en cada uno, tal como la Iglesia y Dios necesitan de él, o dejar que la fe se quede en un mero poso cultural, que se convierta en maquillaje social. Es toda una decisión que las celebraciones de estos días nos plantean.

Semana Santa, un tiempo para la esperanza

Oh, no eres tu mi cantar
no puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino el que anduvo en la mar.
Antonio Machado, La saeta

Lo importante de este tiempo no es el recordar con tristeza lo que Cristo padeció, sino entender por qué murió y dejarse llenar y sanar por su Resurrección. Es celebrar y revivir su entrega hasta morir por amor a nosotros y el poder de su Resurrección, por cierto, primicia de la nuestra.

Volvemos al paso. Un suave balanceo de una imagen de la Virgen que se adentra en otro callejón. Silencio. Un “¡Guapa!” rompe el sonido sobrio de las pisadas. Una trompeta explica el dolor de la Madre. Dios habla al hombre a través de la creación visible. “El cosmos material se presenta a la inteligencia del hombre para que vea en él las huellas de su Creador (…). La luz y la noche, el viento y el fuego, el agua y la tierra, el árbol y los frutos hablan de Dios, simbolizan a la vez su grandeza y su proximidad” (CIC n. 1147).

La Semana Santa en el cine

También nos sucede a nosotros. Nuestra vida está llena de símbolos y signos: un apretón de manos, una invitación, un ceder el paso o levantarse… Los signos del Triduo se entienden mejor así: lavar, ungir, compartir el pan y el cáliz, descubrir la Cruz, adorarla, pasar de la oscuridad a la luz. Todo sirve para explicar la presencia de Dios, Santo, entre nosotros.

Y algo más: “La palabra y la acción litúrgica, indisociables en cuanto signos y enseñanza, lo son también en cuanto que realizan lo que significan. El Espíritu Santo no solamente procura una inteligencia de la Palabra de Dios suscitando la fe, sino que también mediante los sacramentos realiza las “maravillas” de Dios que son anunciadas por la misma Palabra: hace presente y comunica la obra del Padre realizada por el Hijo amado” (CIC n. 1155).

Dios nos espera en la Liturgia de estos días. Muchas cosas grandes pasan solo en Semana Santa.

Escrito por

Doctora en Filosofía del Derecho. Diploma en Doctrina Social de la Iglesia. Profesora Adjunta en la Facultad de Derecho de la USP CEU y Secretaria General del Instituto CEU de Humanidades Ángel Ayala.

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