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Los católicos frente a los ataques de la política . Una “minoría creativa” en el espacio público

Partidos políticos como Podemos y sus marcas blancas llegaron hace apenas dos años a algunos ayuntamientos españoles, tiempo más que suficiente para que hayan mostrado su auténtico rostro en muchos temas, entre ellos el religioso y el trato a los católicos. Y la verdad es que su actitud, en muchos casos de rechazo o desprecio, no es nada nuevo.

Ya hace 85 años, un diputado dijo en la Cámara Baja que “España ha dejado de ser católica”. Cuando lo dijo no era cierto; la gente, el pueblo, vivía profunda y mayoritariamente (si no unánimemente) en el catolicismo, ya fuera en sus creencias religiosas o en su cultura y tradiciones, ya fuera una fe viva o meramente sociológica. Dos años más tarde de esa intervención de Manuel Azaña, a quien muchos consideran “el hombre” y “el alma” de la Segunda República Española, sería un eclesiástico, Isidro Gomá, arzobispo de Toledo, quien en su pastoral Horas Graves le diera la razón al diputado (ya entonces presidente del Gobierno), pero por distintos motivos a los que aducía el prohombre complutense.

https://twitter.com/Pablo_Iglesias_/status/879762542897266692

Hoy, en muchos ayuntamientos, ya no dejan poner belenes en lugares públicos, los regidores no acuden a la Misa mayor en honor al patrón o patrona del municipio… pero sí acuden a la mezquita del lugar o hacen una fiesta de origen hindú. Lo curioso es ver las razones que se aducen para ello; se defiende tal actuación en pro de la laicidad del Estado o por no ofender a las demás religiones.

Sin lugar a dudas, el proceso de secularización, cuyos orígenes remotos hay que buscar en la reforma protestante del siglo XVI, tomó gran fuerza con la Revolución Francesa y sus ondas llegaron a nuestro país tímidamente en el siglo XIX y brutalmente en el XX. Ya en el siglo XXI, la Iglesia ha hablado de apostasía silenciosa para referirse a la inmensa cantidad de bautizados que ha dejado de acudir a la iglesia, no solo para rezar o recibir los sacramentos, sino para adecuar su vida a lo que dice la Palabra de Dios.

En efecto, España ha dejado de ser católica. Sociológicamente, un 70,2 % de los españoles se confiesan católicos, pero solo un 12,1 % dice ir a Misa cada domingo, un 53 % de los padres de colegios públicos inscribe a sus hijos en la clase de Religión; en diez años, el número de parejas que eligen casarse “por la Iglesia” ha pasado de más del 55 % a menos del 30 %. En el actual panorama económico, político o cultural no hay autores católicos de gran relevancia e influencia social.

Este repaso de datos es solo una parte de la realidad, pues aún sigue habiendo personas que acuden a las procesiones tradicionales con gran fervor, la crisis económica ha hecho que mucha gente se acerque a Cáritas a ofrecerse para “echar una mano”, los sacerdotes intentan generar mayor piedad entre sus fieles sin descuidar el mandato de la caridad, surgen profesionales y asociaciones de ciudadanos que se preocupan por que se respeten los derechos de los cristianos…

Una minoría creativa

Quizás sea cierto que en España los católicos seamos una minoría, e incluso cada vez más minoritarios (como se empeñan en afirmar algunos). Pero las minorías también tienen derechos y, si me apuran, tienen “más derechos”, pues en el ordenamiento jurídico se intenta proteger de una manera especial al que pudiera ser objeto de discriminación. Eso se llama discriminación positiva.

Y, sobre todo, debemos ser una minoría creativa, como nos indicó Benedicto XVI. No se nos pide que renunciemos a nuestra esencia, ni que demos un paso atrás, que abandonemos el espacio público, más bien todo lo contrario. Afortunadamente, no parece que la Iglesia en España vaya a sufrir el martirio de hace 80 años, pero seguro que sí está llamada a confesar la fe, a dar testimonio con las obras y las palabras en los distintos foros: en el Parlamento, en el hospital, en los ayuntamientos, en las salas judiciales, en los parlamentos regionales, en las universidades, en los colegios e institutos…

Esa es nuestra arena del siglo XXI. Nuestros leones no molerán nuestros huesos como trigo, pero se reirán de nuestras creencias, se burlarán de nuestros símbolos sagrados, intentarán arrinconarnos a las sacristías, nos multarán por decir la verdad en voz alta, nos podrán llevar a la cárcel por no poder pagar esas multas elevadas, nos señalarán como supersticiosos por creer en Dios y no solo en aquello que podemos ver y tocar, nos impedirán ascender en las empresas o en la vida social por ser “raritos”…

Es cierto que no nos matarán, pero no nos dejarán vivir en paz como a nosotros nos plazca. Porque ya no somos políticamente correctos. Invadirán templos católicos profiriendo gritos y blasfemias, puede que incluso semidesnudos, y encontrarán jueces lo suficientemente comprensivos que, ignorando los datos objetivos, se pondrán de su parte porque simpaticen con su causa; las fuerzas del orden se referirán a la cruz como “un par de maderos atravesados” y a las hostias consagradas como “objetos blancos y redondos de pequeñas dimensiones”.

Todo eso ya ha pasado. Pero no podrán impedir que, allí donde se prohíba poner un belén, los ciudadanos normales de a pie se acerquen a los lugares donde tradicionalmente se ponían para colocar espontáneamente sus propios misterios. Aún no se han dado cuenta de que imponer por las bravas el ateísmo o el indiferentismo no extirpará el cristianismo de nuestro suelo, sino que hará a muchos reflexionar por qué la gente que se dice ser la más tolerante del mundo odia tan rabiosamente a Cristo. Y será en los ayuntamientos, en los municipios en donde vivimos, en nuestros barrios, donde más se necesitará ondear con orgullo y sin vergüenza la bandera del cristiano.

Imagen de portada: Pintadas en la puerta de la capilla de la Universidad Autónoma de Madrid | Youtube
Escrito por

Doctor en Ciencias Políticas. Profesor Adjunto en la USP-CEU. Profesor del Máster COPE de radio. Forma parte del grupo de investigación UNISCI sobre asuntos de seguridad y defensa. Ha sido observador electoral en varias ocasiones en Kazajstán y Uzbekistán.

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