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La copa de la ciencia . El camino de la fe a través de la razón y desde el sentido común

RAZÓN Y FE EN EL SIGLO XXI (I) Ante los grandes misterios de la humanidad, las nuevas generaciones reclaman respuestas bien fundamentadas. En este contexto, es necesario que la fe llegue allí donde las explicaciones racionales de la ciencia no alcanzan. 

En el año 2006, el Parlamento Europeo hizo una declaración formal en la que avalaba el concepto de Tercera Revolución Industrial, acuñado años antes por el sociólogo Jeremy Rifkin para definir el gigantesco cambio tecnológico de los últimos años. En esta nueva época, la respuesta a cualquier pregunta está fácilmente accesible en la red, a golpe de tecla de un simple teléfono móvil. Además, la generación de los centennials, nacida a partir de 1997, pragmática y poco idealista, no se conforma con explicaciones simplistas sobre el mundo que nos rodea. Niños y jóvenes del siglo XXI piden y exigen respuestas claras y bien fundamentadas a unas inquietudes entre las que se encuentran las grandes preguntas que la humanidad lleva haciéndose desde el principio de los tiempos.

En la actualidad, ya no basta, al menos desde un punto de vista intelectual, con seguir recurriendo únicamente al amparo de la fe para argumentar sobre el origen del Universo o la aparición del hombre en la Tierra. Hoy en día es necesario hacer un esfuerzo didáctico para convencer a los jóvenes a partir de una explicación racional basada en los avances científicos logrados desde mediados del siglo XX hasta nuestros días. De esta manera, y tirando poco a poco del hilo de la ciencia, es cuando de manera ineludible y por puro sentido común acaba apareciendo la fe para completar el mapa global del conocimiento.

Decía Agustín de Hipona en el s. IV que la razón, o sea, la ciencia, ayudaba al hombre a alcanzar la fe. Esta misma idea es la que Tomás de Aquino sostenía en la Baja Edad Media al defender que la razón era un medio para entender lo que él denominaba ‘los conocimientos verdaderos’. Ya en el siglo XX, Albert Einstein llegaba a la conclusión de que ‘la religión sin la ciencia estaría ciega, y la ciencia sin la religión estaría coja también, mientras Arthur Schawlow pensaba que ‘al encontrase uno frente a frente con las maravillas de la vida y del universo, debe preguntarse por qué y no simplemente cómo’.

Si eminencias como Einstein y Schawlow, ambos ganadores del Nobel de Física, llegaron a la conclusión de que razón y fe son complementarias, cualquier mente inquieta puede, al menos, cuestionarse qué pudo llevar a estos grandes científicos a pensar así. En este arranque del siglo XXI, es posible que parte de la crisis de fe que vive nuestra sociedad venga dada porque, ante esas preguntas clave, seguimos rehuyendo de las respuestas avaladas por la ciencia, para refugiarnos en una tradición religiosa muchas veces alejada de las explicaciones actualizadas, coherentes y consistentes con los tiempos que corren.

La asignatura de Religión en las aulas, a debate

Quizá parte del escepticismo religioso de nuestra sociedad venga dado porque la Iglesia, en estas cuestiones, siempre ha ido por detrás de los acontecimientos. Galileo Galilei recibió en 1616 una amonestación del Santo Oficio y, posteriormente, acabó excomulgado por el papa Urbano VIII, en 1633, simplemente por explicar el cosmos a partir de la ‘revolucionaria’ teoría de Copérnico, que sostenía que la Tierra no era el centro del Universo. Aquella Iglesia del siglo XVII entendió esta nueva concepción como una amenaza y no fue hasta tres siglos y medio después, en 1992, cuando Juan Pablo II finalmente rehabilitó a Galileo.

Dios creó el mundo en seis días y al séptimo descansó’. De esta manera tan escueta, y sin profundizar en el fondo de la cuestión, muchas generaciones hemos aprendido cómo tuvo lugar la Creación. La realidad es que, desde el origen del Universo hasta la aparición del hombre, transcurrieron miles de millones de años y no seis días, como es fácilmente justificable en la actualidad a partir de los avances de la física y la biología. En los albores del siglo XXI, y apoyándonos en la ciencia, la historia y la arqueología, es posible explicar los primeros capítulos del Génesis alejándonos del lenguaje alegórico de la Biblia y dando respuestas científicas a los acontecimientos que se narran en el primero de los libros sagrados, haciendo que pasajes bíblicos dejen de ser mitos para convertirse en hechos históricos a la luz de la razón.

Un cristianismo dialogante

Todavía a mediados del siglo XIX, muchos de aquellos relatos bíblicos eran pura ficción. Se mencionaban legendarias civilizaciones y ciudades, y reyes y personajes míticos de los que no existía constancia histórica, de igual manera que los clásicos griegos citaban la Atlántida, Tartessos o la ciudad de Troya. Cuando el británico A. H. Layard descubrió, en 1847, las ruinas de la mítica Nínive, la capital del Imperio Asirio mencionada en varios relatos bíblicos, empezaron a salir a la luz ciudades que daban credibilidad histórica a los pasajes del Antiguo Testamento. Era la prueba de que, detrás de aquel lenguaje simbólico y metafórico de las Sagradas Escrituras, se escondían hechos reales acaecidos desde el principio de los tiempos.

A medida que vayan llegando nuevos avances en esta era digital y se vaya dando solución tanto a antiguas como a nuevas preguntas que la humanidad ya se está formulando, como si hay vida en otros planetas o si somos los únicos seres humanos de la Creación, descubriremos en la razón el mejor aliado para explicar y entender aquello que Santo Tomás definía como ‘los conocimientos verdaderos’. Como dijo Werner Heisenberg, uno de los creadores de la mecánica cuántica y premio nobel de Física en 1932: ‘El primer sorbo de la copa de la ciencia te vuelve ateo, pero en el final del vaso, Dios te está esperando’.

Ilustración de portada: Albert Einstein, Copérnico y Tomás de Aquino | Pablo Casado
Escrito por

Doctor Ingeniero de Minas. Realizó su tesis doctoral sobre almacenamiento de gases de efecto invernadero para frenar el efecto del Cambio Climático y durante varios años fue directivo en empresas del sector de telecomunicaciones. En 2009 decidió volcarse en su vocación docente y en su faceta como escritor e historiador (precisamente está terminando sus estudios del Grado de Historia en la Universidad a Distancia de Madrid). En la actualidad es profesor de Física, Matemáticas e Historia del Mundo Contemporáneo en Everest School y profesor de Metodología de Investigación en Educación en la UDIMA (Universidad a Distancia de Madrid). Desde 2016 compagina la enseñanza con el puesto de Director del Aula de Cultura ABC. Ha publicado dos ensayos sobre historia de España titulados 'La historia paralela' (2007) y 'Viajeros del pasado' (2016), y una novela sobre misterios de las civilizaciones antiguas que lleva por título 'Los hijos de los dioses' (2009).

Ultimos comentarios
  • Enhorabuena Javier.
    Un buen artículo que nos recuerda cómo seguir amparando nuestra fe en los grandes descubrimientos de la ciencia y viceversa, es una pena que hoy en día, los políticos se encarguen de borrar las verdades de la ciencia y adoctrinar a los jóvenes con discursos que por repetición se infiltran en sus cerebros como publicidad subliminal.

  • Apreciado D. Javier:, TOCAYO, por cierto.
    No sé porqué duende tipográfico, este aparato escribe ahora en mayúsculas, teniendo yo desactivada esta opción en mi teclado… pero eso es problema de este cateto cibernético que suscribe.
    A lo que voy:
    -No ha ido la Iglesia Católica por detrás de la Ciencia.. De hecho, si hay ciencia es gracias a la Iglesia católica que fundó las universidades precisamente para eso. como motivo muy principal.
    la cantidad de católicos científicos es impresionante.
    -No fue excomulgado Galileo. Su condena no incluía excomunión -que por tanto no hubo de levantar S. Juan Pablo II. Lo ocurrido con galileo
    Le adjunto un corta y pega de una web que le será fácil localizar, en ella aparece la teoría de Galileo como “gravemente defectuosa”. ::
    la teoría es científicamente insostenible, porque no es acorde con la experiencia. Si la explicación de Galileo fuera correcta habría una marea alta (pleamar) y una marea baja (bajamar) cada día, ¡pero realmente hay dos pleamares y dos bajamares separadas unas seis horas! Además, pleamar y bajamar deberían ocurrir aproximadamente a mediodía y a medianoche, lo cual no sucede. De este modo, la más audaz teoría de Galileo, aquella que él consideraba su mayor logro científico era gravemente defectuosa.
    Si se da un paseo por la red, buscando la opinión de Lutero sobre Galileo, puede que se lleve alguna sorpresa.
    Cordialmente.
    Javier M. de Abajo Medina.

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