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Los apellidos de la derecha. De la tibieza del PP al populismo de VOX

VOX no ha crecido de la noche a la mañana, sino que permanecía latente. La corrupción y la tibieza han dejado sin electores al PP, que debe reconstruirse sin radicalizarse. Ciudadanos sigue al alza gracias a que el PSOE ha dejado de ser un partido nacional. 

Desde la emergencia a la superficie de VOX, el pasado 7 de octubre en Vista Alegre, y tras el resultado de las elecciones regionales en Andalucía del 2 de diciembre, ha quedado patente el renacer de la derecha fragmentada con varios apellidos. José María Aznar unificó a las familias liberales, conservadoras y democristianas en el proceso iniciado en 1990, que aguanta y no se descompone hasta dos décadas después en lo que estamos ahora. Aznar contiene al extremo duro dentro del PP y lo diluye.

La actual fragmentación del voto del PP se venía produciendo durante la legislatura de la mayoría absoluta de Mariano Rajoy, sin que nadie hiciera nada por evitarlo ni tampoco por reconocerlo. Las elecciones europeas de 2014 dan la primera señal. VOX estuvo al borde de obtener el escaño. Con 244.929 votos, fue el primero de la lista de formaciones que se quedan fuera del reparto. A unas décimas de meterse en la Eurocámara, sin apenas foco.

La quietud del marianismo tecnócrata

El Partido Popular de Rajoy no se dio por enterado a pesar de la evidencia de que algo estaba ocurriendo. No tanto por lo de VOX, que era poco en ese momento, sino por el escaso entusiasmo del electorado del PP en aquellas elecciones que los populares le ganaron al PSOE por medio millón de votos. Era la primera vez que toda España iba a las urnas desde la llegada de Rajoy a La Moncloa. El PP empezó a acumular votantes en la abstención, sin que la quietud del marianismo tecnócrata se inmutara. Tampoco la pérdida de poder autonómico y municipal al año siguiente, en mayo de 2015, con la aparición de Ciudadanos en todo el territorio nacional, alteró a la cúpula del PP, salvo por la cosmética inclusión de los jóvenes que ahora mandan en la dirección popular.

La crisis socialista, el postureo de Ciudadanos, el mordisco de Vox y la supervivencia popular

Las generales de 2015, con la pérdida de 53 escaños y tres millones de votos, certificaron la partición definitiva del centro derecha. Ciudadanos y la abstención fueron las alternativas a no tener más remedio que votar al PP. Hasta la irrupción emocional de VOX, sobre todo tras el 1 de octubre independentista catalán y la moción de censura que desaloja al PP, otra buena parte de los votantes se acumuló en los andenes de la abstención o dejó caer en las encuestas que su opción era Ciudadanos.

VOX, mensajes fáciles y emocionales

La velocidad de paso del tren de VOX, colocando los mensajes fáciles y esperados emocionalmente, ha hecho el resto en muy poco tiempo, tal y como se ha visto en otros países europeos. Lo que no se había dicho públicamente hasta el momento, más que en el silencio del votante frustrado con la renuncia ideológica del PP de Rajoy, lo puso en su discurso Santiago Abascal, saltándose lo considerado políticamente correcto. Todo ello bien mezclado o aderezado con una serie de mensajes copiados del populismo de varios movimientos de la extrema derecha europea.

Desde Vista Alegre, la derecha vuelve a tener varios apellidos. Abascal calificó de cobarde al PP y de veleta a Ciudadanos, mientras que su formación era la derecha viva y, para otros, la pura, radical extrema, ultra, populista e incluso friki. Por si faltaba algún apellido, el PP se ha defendido con el rearme ideológico que plantea Pablo Casado, recordando que el PP es una derecha valiente, el PP de siempre. Mientras el Partido Popular ha sido uno, no hubo ni apellidos ni adjetivos e incluso la palabra ‘derecha’ estuvo borrada, porque en la etapa de Aznar se definió al partido como de centro reformista. Se trataba de alcanzar hasta el centro izquierda, donde el votante buscaba al PP por su capacidad de gestión.

Ciudadanos busca un hueco en el centro izquierda para asaltar el PSOE

La fragmentación actual tiene su origen no solo en el desdén por la batalla ideológica de manera abstracta, sino en decisiones como la subida del IRPF, la ambigua continuación de la política antiterrorista de José Luis Rodríguez Zapatero o no tocar la ley del aborto del PSOE, porque era lo “sensato”, que fue la palabra que empleó el presidente Rajoy para tumbar el proyecto en defensa de la vida del no nacido del ministro Alberto Ruiz Gallardón.

Muchos dirigentes del PP, diputados de base o fontaneros de La Moncloa, insistían entonces en que cuestiones como el aborto no restaban un solo voto. El tiempo les ha quitado, además de a los electores, la razón. Es solo un ejemplo del origen de la desafección. La lectura de los resultados en Andalucía demuestra que el PP se ha salvado por un escaño. Si el PSOE o Ciudadanos tuvieran uno más, el PP estaría en Andalucía en una crisis absoluta y, en el resto de España, al borde del colapso. Ahora mismo, el proyecto de Casado estaría más que tocado por la herencia recibida, ya que la pérdida de 300.000 votos y la irrupción de VOX con 400.000 no se produce desde julio a diciembre en Andalucía, sino que estaba hecha antes de que Casado consiguiera ganar el Congreso y las primarias a Soraya Saénz de Santamaría.

Los escándalos y la quietud se han llevado por delante al PP

La corrupción y la tibieza de la respuesta ante los escándalos fueron motores de desafección a lo largo de los años de Gobierno de Rajoy. Nadie lo duda. Luis Bárcenas, Madrid y Valencia se llevaron por delante la marca para mucho tiempo, pero las cuestiones ideológicas venían mordiendo la estructura desde el primer Consejo de Ministros de Rajoy en diciembre de 2011, e incluso antes, en el trienio que comienza en el congreso popular de Valencia en 2008.

VOX no crece de la noche a la mañana, sino que permanece latente hasta que emerge a la superficie. Los votantes estaban en la abstención y también castigando al marianismo apoyando a Ciudadanos. El partido de Albert Rivera sigue al alza gracias a que el PSOE ha dejado de ser un partido nacional y aquellos electores que acudían al PP cuando las cosas iban mal ahora se encuentran con Ciudadanos en su tránsito coyuntural desde la izquierda a la derecha.

La reconstrucción del Partido Popular necesita tiempo y no hay garantías de éxito. Dirigentes como Alberto Núñez Feijóo, Juan Vicente Herrera o Alfonso Alonso creen con acierto que no hay que ser como VOX. Lo que no dicen es cómo recuperar a los votantes. La quietud tecnócrata acaba pasando factura. El PP no tiene mayoría absoluta en Castilla y León, y en Galicia la marca del PP desapareció en la campaña personal de Feijóo frente a la emergencia de las Mareas de Podemos, que han controlado los ayuntamientos de las siete grandes ciudades gallegas en los últimos cuatro años. VOX ha utilizado las técnicas de todos los populismos que, escorados a la derecha, siembran con inquietud el mapa de Europa. El PP no debe ni emplear el método ni tampoco radicalizar posiciones que nunca ha necesitado para ganar elecciones. Pero entre la nada y el todo hay mucho terreno. Entre la quietud tecnócrata y la soflama populista hay suficiente trecho moderado y millones de votantes con los mismos apellidos en las ideas.

Ilustración de portada: Pablo Casado
Escrito por

Periodista. Director y presentador de 'Buenos días Madrid' en Onda Madrid.

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