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¿Le gustan al PP sus votantes? . Los peligros de la renuncia a defender sus valores e ideas

Los votantes del PP observan cómo en el seno de su partido parecen olvidar, e incluso rechazar, los valores tradicionales que le convirtieron en referente de la derecha. Los populares han optado por no dar la batalla ideológica y esa puede ser su perdición. 

No hay debate sobre nada en la campaña para elegir un nuevo liderazgo en el Partido Popular (PP). Tampoco entre los votantes del PP, porque lo del 7,6% de los más de ochocientos mil militantes es una purga a la antigua usanza. A buen seguro, no hay mal que por bien no venga, pero sin duda el espectáculo del censo menguante refleja una época de abandono. El PP es, como todos los partidos, una máquina de poder que si se le da la espalda, una vez alcanzado el objetivo, se convierte en una herramienta obsoleta. Tras la derrota de 2008, el PP interiorizó que la única manera de volver a gobernar era asumiendo el papel que la izquierda española le ha asignado a la derecha. Dicho rol no es otro que el de la eventualidad.

El PP y el paisaje tras la espantada . La renovación no puede quedar en personalismos

El PP aceptó el puesto y, cuando le toca, solo puede arreglar el destrozo que le deja el PSOE, pero sin rozar todas aquellas cuestiones que modelan a la sociedad a imagen y semejanza de quien es el usufructuario legítimo del poder. Por eso, la propaganda del miedo gana al PP en 2008. Había una crisis económica delante de las narices, y como decía George Orwell siempre es lo más difícil de ver,y ganó la opción conservadora de mantener a José Luis Rodríguez Zapatero en el poder. Ocurrió especialmente en Cataluña, donde los socialistas marcaron la diferencia mutando hacia el independentismo camuflado en soberanismo pactista con Madrid, frente al miedo centralista. El PP se sobrecogió ideológicamente e inició una renuncia general a cualquier debate de ideas, convirtiéndose en un partido de gestión sin entrar en todo aquello que la izquierda considera su patrimonio por una cuestión de superioridad moral. Nada de lo que está haciendo el Gobierno de Pedro Sánchez está fuera de ese perímetro. Si el PP se atreve a cruzarlo, estará crispando. Ya se sabe que cuando la derecha gobierna se dedica al robo, pero si le toca la oposición se meten en la cueva de los gritos. Hay un sector del PP muy amplio, el que ha alcanzado poder con Mariano Rajoy, que ha interiorizado que no deben de meterse en nada que no sea sumar y restar.

Lo demás se lo dejan a quienes les permiten el turno de Gobierno cuando las crisis aprietan. Son un par de generaciones posteriores al Gobierno de José María Aznar que vieron desde dentro, en cuartos y quintos niveles, la expulsión del poder tras la matanza del 11M. La guerra de Irak, antes el Prestige, marca la frontera generacional entre el PP que se atreve a hacer frente a la demagogia populista y a las campañas organizadas por la izquierda, y el que ahora se debate entre las migajas que quedan en pie. Ni siquiera la perdida de casi cuatro millones de votantes del PP en 2015 hizo reaccionar a este notable grupo de dirigentes. Una vez conseguido el poder ni miraron a sus electores, que perplejos han ido menguando ante la falta de criterio propio de quienes han sido depositarios de su confianza. En esta campaña interna, deberían debatir sobre si les gustan, o no, sus votantes. Los de centro derecha están más que abandonados, porque ni siquiera Ciudadanos se siente cómodo entre ellos.

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Los votantes del PP habituales, el 14M de 2004 más de diez millones, están huérfanos frente a la avalancha que les ha venido. Primero con Zapatero y ahora, en segunda instancia,con Sánchez. Rajoy se fue a gestionar y nunca más se supo, porque el PP ha defendido el aborto o el alquiler de vientres por dejación de funciones y comodidad por poner dos ejemplos. Por no hablar de una ley de educación que no impide el maltrato a los castellanohablantes y que, por supuesto, no garantiza la libertad de elección de los padres. Ahora mismo, hay algunos dirigentes del PP – en concreto hay una candidatura al completo- que se sienten incómodos con el no a la eutanasia que su propio partido se ha atrevido a defender en el Congreso. Frente al derecho a que te maten está la obligación de que te cuiden, seas anciano o joven con enfermedad terminal. Es una idea a defender, pero no quieren.

Nadie sabe lo que va a ocurrir el 5 de julio y menos con la mitad de los inscritos para votar con cargo público en el zurrón. En esta campaña se han escuchado mofas sobre los valores clásicos del PP. La pregunta es quién quiere que les vote. La respuesta es que no lo saben ni ellos, porque mucho de lo que les ha pasado tiene que ver con la corrupción, pero sobre todo con Cataluña. No se han parado a pensar porque no lo necesitan. La batalla es frente al populismo y en defensa de la Constitución. Les guste o no. Pero primero, los populares debe aclarar si se sienten conformes con los votantes del PP porque los electores les tienen tomada la matrícula y de muchos de ellos ya no se fían. O se refundan, o les funden completamente.

Imagen de portada: Los dirigentes celebran, con los votantes del PP, los resultados de las elecciones de junio de 2016 | Agencia EFE
Escrito por

Periodista. Director y presentador de 'Buenos días Madrid' en Onda Madrid.

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