Hay jinetes de luz en la hora oscura
Ainhoa Uribe | 29 de mayo de 2017
Desde el pasado 1 de abril, se ha registrado un total de 60 muertos en los disturbios que están teniendo lugar en Venezuela, entre la oposición y el gobierno. Los datos los ha reconocido públicamente el ministro de Información, Ernesto Villegas, aunque el Gobierno de Nicolás Maduro interpreta las protestas como un ataque a la “democracia” por parte de la oposición, negando la realidad política del país. Una realidad que desvela que el ya fallecido Hugo Chávez y su sucesor, Nicolás Maduro, han desmantelado, en pocos años, una de las más sólidas democracias latinoamericanas.
Venezuela ha pasado de ser un país próspero y una democracia estable a un sistema dictatorial, un sistema represivo y uno de los países más violentos del mundo. Los asaltos, secuestros y pillajes son constantes. La debilitada economía y la galopante inflación han generado, además, un control gubernamental, absolutamente corrupto, sobre los productos básicos de la cesta de alimentos, los medicamentos y otros bienes de primera necesidad.
Esta situación no cesará a corto plazo, por mucho que la oposición convoque manifestaciones en la calle, por mucho que los médicos organicen marchas pacíficas para protestar porque se les mueren los niños y las mujeres embarazadas ante la falta de medicamentos o por mucho que la comunidad internacional rechace la violencia en las calles de Caracas. Es necesaria la implicación del Ejército para poner fin a tanto abuso y sufrimiento.
Un régimen dictatorial se sustenta siempre en dos pilares: de un lado, el apoyo ciudadano; de otro lado, el apoyo del Ejército. Para que caiga, de forma pacífica, una dictadura es necesario socavar ambos soportes, el civil y el militar. El régimen de Nicolás Maduro ha perdido el favor ciudadano. Cuatro de cada cinco venezolanos no apoyan su gobierno y la oposición se hace cada día más fuerte. Los venezolanos, al principio, vivieron subvencionados de la sopa boba de los petrodólares. Hugo Chávez regalaba todo o casi todo (gasolina, televisores…). Pero la economía basada en el crudo tocó a su fin. El régimen ha perdido su pilar civil. ¿Qué sucede con el pilar militar? Aquí está el problema fundamental.
Maduro ha sabido pagar los favores de las Fuerzas Armadas y la Guardia Nacional al régimen chavista para mantener el orden promocionando a numerosos soldados, otorgándoles el grado de oficial
El régimen chavista se ha apoyado en las Fuerzas Armadas y en la Guardia Nacional para mantener el orden y evitar la disidencia. A ellos se añaden otros grupos o bandas de delincuentes callejeros, llamados “colectivos”, que imponen por la fuerza la sumisión al gobierno en los barrios y que están siendo responsables también de buena parte de la violencia y de las muertes durante las recientes protestas. Pero Maduro ha sabido pagar estos favores. Ha promocionado a numerosos soldados, otorgándoles el grado de oficial (hay ya cerca de 2.000 oficiales en Venezuela, mientras el ejército de Estados Unidos tiene 900 generales). Muchos de los altos cargos del Ejército tienen acceso a dólares a precios irrisorios. El Ejército controla también el lucrativo negocio de la distribución de alimentos. Solo los soldados de menor categoría sufren la escasez de productos, aunque en menor medida que el conjunto de la ciudadanía.
Si el Ejército continúa apoyando al régimen, de poco servirán las protestas sociales. Es cierto que ha habido algunas voces disidentes dentro de las Fuerzas Armadas, acusando de corrupción a sus superiores y pidiendo una vuelta a la democracia. Pero estas voces son, a día de hoy, muy minoritarias. Los jóvenes soldados puede que sean la esperanza, en la medida en que sufren también privaciones, pero hace falta mucho más para dar el salto adelante y apoyar a la oposición. Si ese salto no se da, el régimen de Maduro seguirá llevando al país a una situación extrema, de la que será muy difícil salir.