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Una brillante gestión que puede deslucir la indecisión . Rajoy debe meditar su sucesión

No parece que la moción de censura haya cubierto las expectativas que Pablo Iglesias se hizo para iniciar un proceso que desembocara en el desalojamiento de Mariano Rajoy de la Moncloa.

Las mociones constructivas son complicadas de manejar cuando se conciben como táctica destructiva. Le salió bien a Felipe González en su día contra Adolfo Suárez, porque el obvio desgaste de Suárez suscitó el interés sobre las cualidades de un candidato verosímil ante la opinión pública. Fue un fiasco para Hernández Mancha porque, por muchos motivos, resultaba inverosímil que pudiera ser candidato a presidir el Gobierno. Algo similar ha ocurrido con Iglesias. No ha despertado ni interés ni curiosidad ni ha contribuido a consolidar su verosimilitud como candidato a presidente. La inesperada comparecencia de Mariano Rajoy ha puesto en evidencia esas debilidades que posiblemente refuercen la imagen de Pedro Sánchez ante su electorado potencial, en detrimento del discutible atractivo del líder de Podemos.

Rajoy tiene, pues, despejado el horizonte. Pero sigue pesando sobre sus espaldas la cuenta a pagar de la corrupción, su punto más vulnerable. El partido socialista la ha pagado,aparentemente, purgando por la puerta trasera a la vieja clase política y presentando a Sánchez como un líder renovador que simula no enlazar con el pasado de la prepotente gestión socialista que amparó la corrupción. Esa imagen puede que no responda satisfactoriamente a las responsabilidades contraídas por el socialismo en su gestión y que sea solo una apariencia. Es posible. Pero es la baza que nadie le va a disputar y le permite ahora asentar su liderazgo en un periodo de decadencia del partido. Posiblemente sea la única en que pueda cimentarse su supervivencia. Para bien o para mal, Susana Díaz representa la persistencia del pasado corrupto. Se le eche en cara o no. Se hable o no se hable en los medios sobre esa prenda de vestir. Así lo ha entendido el militante socialista aceptando el discurso jacobino de Sánchez.

El Gobierno avanza, pero algunos dan por amortizado a Mariano Rajoy

Y, ¿qué pasa ahora con Rajoy? Una vez más, triunfador estratégico en situaciones apuradas. Quienes no advierten su competencia política no podrán comprender cómo, a pesar de los pesares, no solo mantiene su liderazgo, sino también su eficacia como gobernante.

La mayor debilidad de sus opositores es su empeño en desfigurar sus méritos, caricaturizando o menospreciando una imagen cuya adecuación desmienten sus continuos éxitos en cualesquiera circunstancias. Pero eso no quita que la herida de la corrupción siga supurando. Tampoco que las continuas e imprevisibles supuraciones de la llaga lastren los méritos gestores del partido. Mientras los populares no expresen un signo inequívoco de que echa por la borda el pasado abordando su renovación, la corrupción quedará pendiente ante la opinión pública como factura no atendida satisfactoriamente.

Por mucho que se insista en que se han adoptado medidas legales, que los comentaristas se ceban en el Partido Popular, que los jueces cumplen su función a veces con celoso empecinamiento, la sangría del deterioro puede seguir limitando al Partido Popular su capacidad de asegurar la estabilidad y de gobernar con manos sueltas. Sería una pena que la brillante gestión de Rajoy pueda acabar deslucida por su indecisión o su impotencia para renovar el vestuario. Rajoy merece salir por la puerta grande y la mejor forma de hacerlo es, como ya hizo Aznar, ir preparando con tiempo su sustitución. Imaginemos unas elecciones futuras con un nuevo líder consensuado en el partido por iniciativa del propio Rajoy .

Esa es una tarea difícil que solo es accesible cuando se hace un análisis a fondo para apreciar si las propias cualidades pueden ser la causa de las propias limitaciones. Así lo hizo El rey Juan Carlos I cuando comprendió que su figura dejó de ser útil para la estabilidad de la Monarquía y abdicó para que su hijo asegurara, cara al futuro, la utilidad dinástica. Salvando las distancias, y examinando solo la actitud, también lo hizo el pontífice Benedicto XVI cuando comprendió ante sí mismo que no era la persona adecuada para afrontar los problemas de imagen de la Iglesia. Apeló a su propia responsabilidad para renunciar al pontificado y suscitar la sustitución por quien no estuviera tan condicionado que las propias cualidades se convirtieran en debilidades.

Esta es una decisión difícil de adoptar ante lo imponderable, pero las circunstancias que condicionan las aspiraciones del Partido Popular son las que son, y a todos perjudican. También hay situaciones en que la grandeza personal y el bien común aconsejan que se reflexione sobre cuándo y cómo puede ser el momento oportuno.

Imagen de portada: El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, sentado en su escaño del Congreso de los Diputados junto a la vicepresidenta Soraya Saenz de Santamaría | congreso.es
Escrito por

Periodista y escritor. Profesor emérito de la USP CEU.

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