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La socialdemocracia europea está en crisis . No solo el PSOE busca recuperar su identidad

La socialdemocracia europea sufre una grave crisis existencial que obliga a partidos como el PSOE, en el caso de España, a superar conceptos clásicos y buscar nuevos incentivos de identidad. Pedro Sánchez apuesta por continuar con el giro a la izquierda como base para recuperar el voto. 

La crisis que viene padeciendo el PSOE es debida, cuanto menos en parte, a un problema general de la socialdemocracia europea, pero ello no empece a que revista matices propios que le dan un perfil específico. El componente general es fácil de determinar, los propios no tanto. Mas vayamos por partes.

La socialdemocracia ha tenido históricamente un horizonte utópico, que operaba en el trasfondo de su práctica política y que orientaba y daba sentido a largo plazo a sus políticas públicas: la procura de una sociedad socialista en el marco de una democracia constitucional. Entre nosotros, el maestro Elías Días lo formuló con singular claridad. Ese horizonte utópico se desvanece progresivamente a partir de los ochenta y se evapora con la caída del “socialismo realmente existente”, a principio de los noventa: el modelo de economía planificada de dirección central y estatización poco menos que completa del sistema productivo colapsa.

El gran logro de la socialdemocracia, el Estado de Bienestar, se ha convertido en un modelo compartido por formaciones de corte democristiano, liberal e incluso de una parte de los conservadores

Enfrentada a ese reto, la socialdemocracia europea no ha sido capaz de sustituirlo por un modelo alternativo, el vacío que el colapso deja no es colmado por nada, y como la quiebra de un componente fundamental del horizonte utópico destroza a este y no hay modelo de repuesto, la consecuencia es la pérdida del referente último de la acción política propia y, con ella, la desorientación.

El problema señalado se ve agravado por el hecho de que el gran logro de la socialdemocracia, el Estado de Bienestar, financiado a través de una fiscalidad fuertemente progresiva que se sustenta en una política económica keynesiana, se ve aquejado de graves problemas. El primero de ellos radica en que el Estado de Bienestar no es un proyecto exclusivo de la socialdemocracia, sino un modelo compartido, cuanto menos en parte, con otras fuerzas políticas (democristianos, liberales y una parte de los conservadores, cuanto menos).

Es cierto que la versión socialdemócrata tiene matices propios pero, al centrarse su propuesta en la defensa de ese modelo, la misma carece de especificidad, no sirve por ello para fijar el perfil propio del socialismo democrático. La consecuencia es la pérdida de identidad. No parece que, en largo plazo cuanto menos, un partido socialista sin socialismo sea un oferta política apetecible. El segundo trae causa de la crisis del keynesianismo que estalla en los años setenta y la sustitución progresiva consiguiente del paradigma interventor por el paradigma neoliberal como dominante.

Los partidos de corte socialdemócrata, como el PSOE, deben encontrar nuevos incentivos de identidad que marquen las diferencias y orienten las políticas públicas

La incapacidad para renovar el modelo de política económica conduce a la socialdemocracia, a la aceptación y adaptación a ese paradigma sin apercibirse de la incompatibilidad de fondo entre este y el welfare. Por último, la socialdemocracia ha ligado históricamente su proyecto al Estado Nacional. La globalización, de un lado, y la construcción europea, del otro (ese proyecto vaticanista), producen la obsolescencia creciente de ese marco político, sin que la socialdemocracia europea haya adoptado una respuesta coherente a ese reto.

En busca de la esencia perdida

La socialdemocracia europea ha tratado de hacer frente a esa crisis mediante tres estrategias distintas: la primera de ellas es una estrategia de adaptación de corte corporativo: tratar de defender los intereses de su base social en el nuevo contexto, aplicar en lo posible el criterio del primado del trabajo, al efecto de conservar y defender en lo posible el welfare, buscando los recursos necesarios para ello en la adaptación a la globalización y la economía del conocimiento. Es la estrategia seguida en los países nórdicos. La segunda radica en la combinación entre un conservadurismo de facto adobado de una retórica radical que no va más allá de una política de gestos, que es la opción mayoritaria en el socialismo francés; finalmente, la búsqueda de la renovación a través de otorgar centralidad al conflicto de valores, ocupando la posición propia del “liberalismo cultural”, que ha sido la opción de la “tercera vía británica” o del PSOE a partir de la gestión del sr. Rodríguez Zapatero.

¿Es el PP un partido socialdemócrata?

Si la primera ha tenido la propiedad de frenar la tendencia bajista de la socialdemocracia, aun al precio de cierta erosión de sus apoyos, las otras dos no han tenido tanto éxito: si el apoyo del SPD ha caído quince puntos y al PSF está hecho unos zorros, nuestro PSOE cuenta hoy con menos de la mitad de apoyo que tenía la última vez que venció en las elecciones y se halla sumido en una crisis existencial. No debe extrañar: si desatiendes los intereses fundamentales de tus apoyos sociales, si no defiendes con al menos algún éxito (o no defiendes en absoluto) esos intereses fundamentales, tus electores emigrarán, bien sea a la abstención, bien sea a otros pagos.

Si no ofreces esperanza a tus bases sociales, estas acabarán por marcharse. Aunque se corra el riesgo de que al menos una parte de las mismas sucumba al encanto de los cantos de sirena de los populista de turno. Y ese, el de la esperanza, no es el menor de los déficits de la socialdemocracia europea.

Con todo el problema primario que la socialdemocracia tiene planteado es el primero de los señalados: la necesidad de dotarse de una cierta imagen del orden social deseable en la forma de un horizonte utópico, tanto para poder producir “incentivos de identidad” como para marcar la diferencia específica y orientar las políticas públicas de la socialdemocracia. El diseño y propuesta de alguna clase de  “socialismo de mercado” debería figurar en un lugar prioritario de la agenda de los partidos de la familia. Porque no cabe engañarse: la viabilidad a largo plazo de un partido socialista sin socialismo (el PSOE, mismamente) no es precisamente evidente.

Ilustración de portada: Pablo Casado
Escrito por

Jurista y analista político. Catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad CEU Cardenal Herrera. Fue senador por el CDS.

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