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Salvar a Cataluña de aquellos que la quieren sacrificar a toda costa para destruir a España

El principal problema que tiene la sociedad no es defender la unidad nacional, sino salvar a Cataluña de quienes quieren sacrificarla a toda costa con tal de destruir a España, de quienes han hecho del independentismo una religión a la que supeditan cualquier otra. Hay que combatir el odio a España demostrando el cariño a Cataluña.

Estuve tentado de retirar de La Caixa mis modestas cuentas corrientes, algunas acciones y el plan de pensiones. Con los frutos de nuestro trabajo, mi esposa y yo los hemos conseguido reunir a regañadientes durante años, a pesar de la voracidad de Hacienda. Ahorros para asegurar nuestro futuro, llegada la hora de ese implacable retiro impuesto con el despiadado rótulo de jubilación forzosa. salvar a Cataluña

Tras un viaje de cuatro días a Barcelona, donde hube de dar una conferencia en la Escuela Naval, entendí que era la peor medicina que podía aplicar.

El principal problema que tenemos planteado no es salvar la unidad de España. La cuestión es cómo salvar a Cataluña de quienes quieren sacrificarla a toda costa con tal de destruir a España. Todo lo que he visto en las calles, plazas, balcones de esta ciudad acogedora y laboriosa es que hay mucha gente de buena fe. Puede que la buena fe incluya también a esos clérigos que firman cartas de independencia, a los que no les mueve el amor aparente de salvar a una patria que creen sojuzgada por el centralismo, después de cuarenta años de incesante dominación del nacionalismo autonómico. Les mueve destruir ese “España nos roba”, prefabricado por una infamia meticulosamente calculada. Los fabricantes de la infamia, diseminadores del odio, necesitan hacerlo para encubrir el complaciente latrocinio del tres por ciento que ha esquilmado a los catalanes, el fracaso administrativo y económico del tripartito, la posterior deriva anarcoide y podemita, en que desembocan cuarenta años dede gobierno del nacionalismo expoliador. Tienen que disfrazar de victimismo las consecuencia de los excesos y errores cometidos durante cuatro decenios de dominación.

Para justificar su fracaso, los expoliadores se han vestido de víctimas exacerbando hasta el límite el nacionalismo fanático que rezuma de los espontáneos y patrióticos sentimientos populares.

Es muy fácil caer en esa trampa. Me costó darme cuenta de que estaba entrando en el mismo estercolero que promueven los independentistas. Estuve a punto de ceder a la invitación de un banco con el que mantengo relación para que le traspasara, a cambio de una cuantiosa recompensa, la cuenta corriente y los ahorros depositados en Caixa Bank.

Sopesaba que ceder a esa tentación tenía algo de innoble e injusto. Lo comprendí cuando supe que Òmnium Cultural y ANC estaban promoviendo entre sus afiliados que retiraran sus cuentas de las sucursales de La Caixa. ¿Cómo era posible coincidir en la misma estrategia quienes están movidos por tan contrarios impulsos?

Todos debemos ser Cataluña

Si hay que salvar a Cataluña de los impostores que la chantajean, no hay que castigar a las instituciones que protegen a sus clientes españoles catalanes, o catalanes españoles, de iracundos facciosos que son capaces de destruirse a sí mismos con tal de derribar las columnas del templo que a todos nos resguarda.

Hay que salvar Cataluña del odio artificial que la sacude, de los cantos de sirena de políticos fratricidas, vociferantes en las aguas pacíficas de un puerto donde atracan desde décadas turistas y viajeros que forman parte de la respiración de esta ciudad aturdida. Hoy, todos debemos ser Cataluña. Amarla y mostrar que la amamos para salvarla de quienes son capaces de destruirla con tal de destruirnos, de propagar infamias y ponerse al servicio de los dictados de una potencia extranjera con tal de separar a Cataluña del resto de España.

Hay que salvar a Cataluña de los que quieren que deje de ser lo que siempre fue, de quienes han extirpado la fiesta taurina, de quienes han llamado a los africanos para ofrecerles cartas de ciudadanía a cambio de independentismo, de quienes excluyen de su derecho a decidir el de decidir hablar el castellano con que todos nos entendemos sin necesidad de intérpretes. De quienes proscriben que cada uno hable a su manera.

Hay que salvar a Cataluña del ominoso triángulo que desnaturaliza su bandera. Salvarla de los que han hecho del independentismo una religión a la que supeditan cualquier otra. De los clérigos que firman cartas para reprimir la libertad de quienes predican en monolingüe o en inglés, para, pretendiéndolo o no, excluir de sus eucaristías y de sus confesionarios, a la feligresía que no los entienden.

Hay que salvar a Cataluña del hipócrita pacifismo que alienta la división de las conciencias aparentando una bondad programada, cuyo odio soterrado se dispone a arrastrar a la bancarrota a sus propias instituciones empresariales y bancarias, porque no han podido impedir que opten por la seguridad jurídica de su clientes o de sus negocios.

Hay que salvar a Cataluña manteniéndola en la Unión Europea, mostrando que el antiespañolismo es la forma más ofuscada del antieuropeísmo, que algunos propagan y combaten en sus soflamas enmascaradas de nacionalismo.

Y hay procedimientos para salvarla. No es huyendo de ella, sino quedándose allí cuando amenazan con echarte o no recibirte. No es evitando viajar, sino visitándola para que se vea quiénes quieren ayudar y quienes pretenden proseguir esquilmándola.

Salvar a Cataluña de la ruina

Hay que salvarla comprando los productos de las empresas que ellos han echado fuera de su patria, para asegurar que, cuando el reino de la libertad se haya reinstaurado, puedan regresar sin riesgo a sus sedes naturales. Hay que mostrar que el resto de los españoles está dispuesto a evitarle la ruina cuando sus enemigos interiores buscan desbaratarla para desatar el lazo histórico que nos une.

Hay que ayudar a que los funcionarios del Estado superen la tentación para no dejar puestos libres a las fuerzas de ocupación segregacionistas. Hay que hacer más visible la presencia española de un Ejército unitario, de una histórica marina que amarró en sus diques durante siglos, de los profesores universitarios que accedieron meritoriamente a sus plazas. Hay que dignificar la enseñanza en los colegios públicos, concertados o privados. No es solo cuestión del Estado, es cuestión de que los españoles también insistamos en asegurar lo que nos religa. Hay que recordar que religión es religar y no desunir.

No hay que marginar los productos catalanes. Sus sedes han tenido que buscar la seguridad y protección jurídica que el fanatismo secesionista es incapaz de procurarles. Hay que querer a los catalanes como parte de lo que somos, bebiendo cava porque, si es catalán, es español. Hay que hacerles sentir que España no es solo una nación soberana, sino un conjunto de países y de pueblos, un mestizaje continuo de hombres y mujeres, de apellidos y linajes, que arranca de una historia compartida.

Hay que oponer a la mentira, la verdad, combatiendo el odio a España demostrando el cariño a Cataluña. Esto es lo que he aprendido estos tres días en esta Ciudad Condal acogedora, de gente amable y hospitalaria, cuando tuve que ser trasladado de urgencia al hospital Quirón de esta ciudad, para ser atendido con humana profesionalidad por los médicos, enfermeras y personal del centro, que sabían perfectamente de dónde venía, a qué había ido y en qué lengua hablaba.

Voy a brindar con cava esta Navidad, porque hay muchos catalanes que me esperan para que brinde con ellos.

 

Imagen de portada: Pablo Casado.
Escrito por

Periodista y escritor. Profesor emérito de la USP CEU.

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