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Las reformas de Macron . La imposición de ordenanzas para coliderar la Unión Europea

Emmanuel Macron ha abierto la caja de las reformas. Ha optado por un instrumento de utilización poco frecuente: las ordenanzas, sistema que acorta sustancialmente el debate parlamentario, por cuanto obvia los largos debates y enmiendas en comisión y pleno, y se someten a lectura y debate únicos antes de votarse.

Para abrir la caja de los truenos de sus reformas, el presidente francés, Emmanuel Macron, empezó por la más espinosa, la que va a alterar sustancialmente el mercado laboral. Era y es su gran proyecto legislativo, pero consciente de que, a pesar de su aplastante mayoría absoluta en la Asamblea Nacional, un debate largo podría agitar calles y centros de trabajo, ha optado por un instrumento de utilización poco frecuente: las ordenanzas, sistema que acorta sustancialmente el debate parlamentario, por cuanto obvia los largos debates y enmiendas en comisión y pleno, y se someten a lectura y debate únicos antes de votarse.

Para el caso de la reforma laboral, su primer ministro, Edouard Philippe, presentó el pasado 31 de agosto las cinco ordenanzas de que consta dicha reforma: se rebaja drásticamente el techo a las indemnizaciones por despido improcedente; las multinacionales tendrán menos impedimentos para recortar sus plantillas en caso de crisis; se suprime la aplicación de los convenios sectoriales en las pequeñas empresas, que podrán entonces negociar sus propios acuerdos; se recortan asimismo tanto la duración (hasta tres años actualmente) como la cuantía (hasta el 80% del salario real percibido anteriormente) de las prestaciones por desempleo subsiguientes al despido, y en fin se simplifican notablemente tanto las instancias de negociación en el interior de las empresas como la capacidad de los sindicatos de establecer acuerdos a escala nacional.

Como era de esperar, la presentación de esta primera reforma rebajó notablemente los índices de popularidad tanto de Macron como de su primer ministro, hasta el punto de que Matthias Fekl, un antiguo ministro del presidente François Hollande, describía a Macron como un “Júpiter transformado en Ícaro, al que ya se le estaba achicharrando su ala izquierda”.

Un encontronazo inevitable

Los sindicatos no podían obviar el inevitable encontronazo con el programa reformista de Macron, de manera que elaboraron un programa escalonado de huelgas y grandes manifestaciones. La primera de estas jornadas se celebró el martes, 12 de septiembre. Un total de 180 demostraciones en todo el país, que sin embargo apenas contó con 400.000 participantes en conjunto. París, la capital, apenas reunió a unos 25.000 manifestantes, jalonados por algunos cientos de encapuchados dispuestos a la bronca, rotura de escaparates y mobiliario urbano y enfrentamientos con la policía.

De este primer pulso cabe asegurar que no solo lo ha ganado el presidente Macron sino que ha conseguido de paso uno de sus objetivos: quebrar el poder sindical. La CGT, hasta ahora el sindicato mayoritario e históricamente ligado al Partido Comunista, no pudo conseguir la unanimidad reivindicatoria de las otras dos grandes centrales, la CFDT y FO, que prefirieron ir por su lado en la crítica al programa reformista de Macron. La calle también ha confirmado que la hegemonía tradicional de la CGT ha tocado a su fin, sobrepasada ya en número de delegados por la socialista CFDT.

Los más extremistas del actual arco político francés, es decir Francia Insumisa (FI), el partido de Jean-Luc Mélenchon, son ahora el principal aliado político de la CGT, con quién aspiran a contribuir a que las siguientes protestas sean más contundentes.

Sin embargo, a tenor de los debates surgidos al calor de esta primera gran protesta, no parece deducirse que la sociedad francesa esté por la continuidad de sus habituales y estridentes hábitos de manifestación y huelga, antes bien parece confirmarse que Emmanuel Macron fue precisamente elegido para eso, es decir para poner coto a un país cada vez más lejos de sus aspiraciones de liderazgo internacional a causa de sus desequilibrios internos. El diario Le Figaro publicaba precisamente una encuesta que daba a Macron un 66% de ciudadanos a favor de su programa de reformas.

Parece, pues, cantado que las ordenanzas que cambian drásticamente el marco laboral francés (más lejos incluso que la reforma realizada por el Gobierno de Mariano Rajoy, en la cual se ha inspirado), se aprobarán rápidamente y sin problemas en la Asamblea Nacional.

A continuación vendrá otro miura que lidiar, la reforma fiscal, cuyos primeros esbozos han provocado también las habituales críticas, que sostienen que Macron “hace regalos fiscales a los franceses más ricos mientras que machaca a las clases medias y populares”. En este caso parece haber menos unanimidad en la sociedad francesa, de manera que el presidente ya está limando el proyecto de Presupuesto para 2018. En él mantiene su objetivo de un déficit del 2,7% sobre el PIB (esto es lo nunca visto en la V República Francesa), pero lo quiere combinar con la renuncia a que el Tesoro perciba 11.000 millones de euros por retenciones a cuenta. Quiere contentar también a las clases medias, estableciendo una exención a partir de 43.000 euros para un matrimonio sin hijos, en la denominada y denostada tasa de habitación (impuesto por habitar una vivienda aunque sea en régimen de inquilinato).

En la reforma también se transforman algunos impuestos considerados populistas, como el Impuesto a las Grandes Fortunas, al que se le añade la peculiaridad de que sean Grandes Fortunas Inmobiliarias. En definitiva, un juego de equilibrios destinado en primer lugar a sacar al país del foso económico-financiero –y social- en el que se encontraba, y empezar a recortar la distancia que le separa de la muy próspera Alemania, que precisa del contrapeso francés para el necesario liderazgo conjunto en el relanzamiento de la Unión Europea.

Escrito por

Periodista. Cofundador de Euronews y fundador y primer director del Canal 24 Horas de TVE.

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