Diario de análisis, reflexión y valores    

 

Que alguien rescate a Puigdemont de ese videojuego en el que cree ser un superhéroe

Forrest Gump, Mr. Bean, Mortadelo… Puigdemont es un político versátil cuya similitud con muchos personajes, tanto de ficción como de carne y hueso, no pasa inadvertida. Sus andanzas podrían resultar cómicas si no fuera porque ha originado un auténtico drama para España y, sobre todo, para Cataluña.

Resulta innegable que Carles Puigdemont es un hombre de palabra. Prometió irse de España y se ha ido. Eso sí, ha olvidado llevarse con él al resto de los catalanes, un pequeño detalle sin importancia. El siguiente capítulo -que no el final- de la sonada huida a Bruselas ha sido su entrega y la de sus compañeros de correrías a las autoridades belgas, tras varios días de escenas rocambolescas. El circo de tres pistas que ha montado, cual tenor de ópera bufa, ha sido el hazmerreír de toda Europa. ¡Cuánto echamos de menos a Berlanga en momentos como este!

Y es que la vida imita al arte. Ya lo decía Oscar Wilde… y eso que el genial escritor irlandés no conoció al destituido presidente de la Generalidad de Cataluña. El político gerundense tiene la virtud de ser un hombre versátil, un comodín que aglutina rasgos de un amplio abanico de personajes, la mayoría de ficción, pero otros de carne y hueso.

Su llegada al Govern fue al más puro estilo Forrest Gump. Se encontró, sin comerlo ni beberlo -ni merecerlo- con un cargo caído del cielo. Quizá por eso se creció y, movido por una megalomanía “cuasinapoleónica”, decidió convertirse en una mala copia del Superlópez del Jan, ese héroe de cómic torpón y metepatas.

Pues bien. Superpuchi se enfundó sus mallas –eso sí, con los colores de la estelada- y se lanzó a las calles de Barcelona para luchar por su noble causa: lograr la independencia y liberar al pueblo catalán de la “dictadura opresora” de España.

Un Don Quijote con su propia Dulcinea

Como a todo Don Quijote, a Puigdemont no le puede faltar su propia Dulcinea. Y esta no es otra que “Catalunya”, a la que él cree ver como una nación, cuando es, en realidad, una comunidad autónoma. Y sus propios “peligrosos gigantes”, el Gobierno de España, la Guardia Civil, la Policía… esos molinos que lo único que hacen es cumplir con la obligación de poner orden y hacer respetar la ley.

Sin duda, alguien engañó a este Mr. Bean patrio -y no me refiero solo a quien le sugirió esa estética sesentera entre los Beatles y Anacleto, agente secreto– cuando le hizo creer que su sueño podía hacerse realidad. La insensatez y el afán de protagonismo hicieron el resto y lo empujaron a liderar una causa abocada al fracaso desde su origen.

Si no hay determinación frente el golpismo, el virus secesionista se extenderá a otras plazas

Así, se hizo acompañar por su entonces fiel escudero, Oriol Junqueras, a quien no le faltan rasgos de Sancho Panza. Y, en plan Mortadelo y Filemón -la delirante pareja laboral de mi admirado Ibáñez, cuyas aventuras se tornan siempre desventuras-, convirtieron el Palacio de la Generalidad en una versión actualizada de ese disparatado patio de vecinos que es 13, Rue del Percebe. El perfil de algunos ocupantes del Palau no dista mucho del de los peculiares habitantes del edificio del ingenioso cómic.

Aunque Puigdemont, inexplicablemente, sigue libre como el Jean Valjean de Los Miserables (y esto no va con segundas), quizá pronto esté más cerca del Segismundo calderoniano. O también de Edmundo Dantés… pero sin cuchara.

Ahora, parece que ha emprendido la línea de El fugitivo. Pero si la huida del doctor Richard Kimble respondía a una causa justa, la de Puigdemont es más bien fruto de la pusilanimidad. ¿Qué opinan aquellos independentistas a los que ha arrastrado y ha dejado luego tirados en España, perdón, en Catalunya? Un auténtico defensor de pleitos pobres debe dar la cara…

El daño provocado por Puigdemont

Este personaje y sus andanzas podrían resultar cómicos si no fuera porque estamos ante un tema muy serio, un auténtico drama para España y, sobre todo, para Cataluña. El daño material e inmaterial que el expresidente y sus secuaces han causado es enorme. La triste imagen que han querido transmitir al exterior de una España tercermundista que sojuzga a sus “presos políticos” no será fácil de superar.

No olvidamos –ni olvidaremos- tampoco el gasto que han supuesto para nuestra economía la pantomima del referéndum ilegal y demás caprichos de su deriva independentista.

Pero, sin duda, lo más importante es la fractura que han intentado abrir en la sociedad española. Los Puigdemont, Junqueras, Jordis, Trapero pasarán, mas dejan tras de sí una estela de fanatismo y odio antiespañol que ha calado hondo en gran parte de la población catalana. Por fortuna, la ciudadanía ha sabido reaccionar saliendo a la calle y exhibiendo con orgullo patriótico los colores de una bandera que es la de todos. No hay mal que por bien no venga.

Sea cual sea el destino de los golpistas, lo grave del asunto es que no tiene fácil solución. El artículo 155, quizá tardíamente aplicado, logrará restablecer el orden perdido, pero no cambiará los sentimientos secesionistas. En cualquier caso, los ciudadanos de Cataluña tendrán la última palabra en las urnas, el próximo 21 de diciembre.

Hasta entonces, alguien debería rescatar al expresident de su fantasía onírica, de ese Show de Truman en el que está inmerso: Sr. Puigdemont, transita usted en la irrealidad, la independencia de Cataluña existe solo en su imaginación. Ha agotado todas las vidas en esa partida de videojuego en la que cree ser el superhéroe protagonista. Ya acabó, ya acabó. Game over, Superpuchi.

Imagen: Carles Puigdemont, expresidente de la Generalidad de Cataluña. | Parlament de Catalunya
Escrito por

Licenciada en Derecho y diplomada en Ciencias Empresariales. Redactora de El Debate de Hoy.

...

Deja tu comentario

Simple Share Buttons
Simple Share Buttons