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El agua, pretexto de guerra o una oportunidad para conseguir la paz en Oriente Próximo

Si los palestinos no resuelven su dramático problema de abastecimiento y saneamiento de agua, pueden lanzar sobre Europa dos millones de refugiados.

Que Oriente Próximo es un polvorín desde el desmembramiento del Imperio Otomano en 1920 es una evidencia. Que ese polvorín ha estallado en varias guerras desde que Naciones Unidas reconociera al Estado de Israel en 1948 es una mera constatación histórica. Y que ese polvorín pudiera sufrir una explosión aún mayor y de consecuencias imprevisibles es una proyección de inmediato futuro a la vista del cotejo de numerosos datos.

Además de las rivalidades, e incluso de los odios incubados y espoleados durante los últimos sesenta años, dos variantes contribuyen a agravar las tensiones: una disparada demografía y una creciente escasez de agua potable. De este último condicionante se debatió a fondo en la Casa Árabe de Madrid, en un seminario organizado por la Fundación para la Promoción Social de la Cultura (CEMOFPSC), y en el que tuvo una destacada participación la sociedad civil palestina, israelí y jordana a través de la organización EcoPeace Middle East.

Los tres grandes sistemas hídricos de la zona, el Nilo, el Jordán y el dúo Tigris-Éufrates, atraviesan una severísima crisis. En conjunto, presentan el mayor déficit hídrico del mundo. Un informe elaborado por Giulia Giordano, de EcoPeace, señala que la cantidad de agua per cápita renovable en el mundo es hoy cuatro veces menor que en 1950, pero hasta once veces inferior en el caso de Oriente Próximo.

El Nilo sufre la presión brutal de los once países que consumen sus aguas. La falta de una gestión conjunta ha reducido su aprovechamiento y la construcción por Etiopía de la gran presa del Nilo Azul ha exacerbado las tensiones con Egipto. De los actuales 95 millones de egipcios, entre 45 y 50 millones viven en el cada vez más degradado delta del Nilo, que ya apenas logra verter un 10% de sus aguas al Mediterráneo.

Separar el problema del agua del resto del contencioso israelo-palestino sería la única forma de resolverlo. Sería, asimismo, una oportunidad para cambiar mentalidades que, con el paso del tiempo, solo ven en el contrario y vecino un enemigo irreconciliable

Tensión parecida experimentan los tres países, Turquía, Siria e Iraq, que se benefician del caudal del Tigris y Éufrates. El aporte y calidad de las aguas de ambos ríos, dentro de cuyo perímetro se erigió Mesopotamia, la cuna de nuestra civilización, ha descendido de manera dramática a raíz de la guerra de Siria, el estallido más sangriento y brutal que ha seguido a la durísima sequía que asoló la región entre 2006 y 2011. Aquel episodio, además de convertir en yermos los campos de cultivo, provocó fuertes brotes de violencia y los primeros movimientos masivos de migrantes en busca de mejores tierras, un flujo que la guerra ha multiplicado hasta provocar una de las crisis morales y sociales más graves de la Unión Europea.

Un mar cada vez más muerto

En cuanto al valle del Jordán, el río sagrado que surte de agua a Israel, Jordania, Siria y Líbano, concluye su periplo en un Mar Muerto que ha perdido ya un tercio de su superficie y que cada año es un metro menos profundo. Es, además, la expresión más dramática del conflicto israelo-palestino. Como denuncian Mazen Ghuneim y Deeb Abdelghafour, de la Autoridad Palestina del Agua, Israel “niega a los palestinos el derecho a utilizar el agua del Jordán desde la ocupación de Cisjordania” en la Guerra de los Seis Días de 1967.

Nadie gana con este conflicto”, afirma el israelí Gidon Bromberg, codirector de EcoPeace, que aboga por involucrar a los líderes religiosos en la resolución del problema para suavizar los antagonismos. El área del Jordán es el único sistema fluvial del mundo en el que confluyen flora y fauna de tres continentes y donde más de 500 millones de aves hacen etapa, retoman fuerzas o se asientan en sus migraciones anuales.

La victoria contra el Daesh no llevará la paz a Oriente Medio

Bromberg aboga por instituciones conjuntas israelo-palestinas para realizar un ambicioso plan de recuperación del Jordán que se extienda hasta el año 2050. Combinando los trabajos de regeneración y la multiplicación de plantas de tratamiento de aguas residuales, el plan podría aportar inicialmente a la economía de la zona 4.000 millones de dólares anuales y llegar incluso a los 73.000 millones al final del ciclo. Todo ello será imposible si no hay entendimiento político, auténtica voluntad de cooperación y decidida gestión conjunta de los recursos entre los gobiernos de Jerusalén y Ramala.

La codirectora palestina de EcoPeace, Nada Majdalani, estima a su vez que esos buenos propósitos no se realizarán mientras Israel se aproveche del 90% de los acuíferos de montaña situados en la Cisjordania ocupada y solo deje a los palestinos el 10% restante. Gran parte de esa agua es utilizada por los colonos establecidos en los nuevos asentamientos, que la Autoridad Palestina denuncia reiteradamente como ilegales y en flagrante vulneración de las resoluciones de Naciones Unidas.

Todo puede ir a peor en Gaza

Pero Majdalani estima que “todavía mucho más grave es la situación por la que atraviesa la Franja de Gaza. El único acuífero del que dispone esa faja de terreno, sobre la que se asientan, en durísimas condiciones de vida, dos millones de palestinos, está sobreexplotado, sufre de una severa intrusión salina y de una aguda contaminación por el desbordamiento de las aguas residuales. En el mejor de los casos, su muerte definitiva acaecerá en 2020, lo que hará imposible la supervivencia en la zona. “Dos millones de nuevos refugiados, esta vez palestinos, podrían caer sobre Europa huyendo de unas condiciones de vida ya imposibles de soportar”.

Una de las soluciones posibles para paliar el problema sería la construcción de nuevas desaladoras. Gaza solo cuenta con una, parcialmente destruida y que apenas funciona cuatro horas al día por los cortes en el suministro eléctrico. Israel culpa de tales interrupciones a Hamás y la Autoridad Palestina replica que es el Gobierno de Benjamin Netanyahu el que impide la entrada de materiales (procedentes de donaciones internacionales) para la construcción de tales desaladoras, so pretexto de que Hamás desvía dichos materiales a “usos terroristas”.

Bromberg aboga por instituciones conjuntas israelo-palestinas para realizar un ambicioso plan de recuperación del Jordán que se extienda hasta el año 2050

“El problema del agua no tiene fronteras”, advierte Mazen Ghuneim. “Si Israel persiste en su actitud de impedir que Gaza construya plantas de desalinización y boicotea el suministro eléctrico para su funcionamiento, se verá también afectado”. En realidad, todo el litoral de Gaza está ya prácticamente muerto y la contaminación letal de esa parte del Mediterráneo se extiende a marchas forzadas a las aguas que bañan Israel.

Separar el problema del agua del resto del contencioso israelo-palestino sería, pues, la única forma de resolverlo. Sería, asimismo, una oportunidad para cambiar mentalidades que, con el paso del tiempo, solo ven en el contrario y vecino un enemigo irreconciliable. Y, si finalmente hubiera una real cooperación bilateral en la resolución de este acuciante problema hídrico, podrían abordarse seguramente con mejor disposición las siguientes cuestiones –delimitación de fronteras, regreso de refugiados, estatus de Jerusalén-, que atizan el enquistado conflicto israelo-palestino que envenena y condiciona el resto de la delicada geopolítica en el Próximo Oriente.

Imagen de portada: Un niño palestino bebe agua de un taque en el campo de refugiados de Khanyounis. | Agencia EFE.
Escrito por

Periodista. Cofundador de Euronews y fundador y primer director del Canal 24 Horas de TVE.

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