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La renuncia de Rajoy deja la renovación del Partido Popular en manos de los afiliados

Mariano Rajoy deja un testimonio de elegancia al abandonar el sillón y recurrir a la democracia interna del PP. Unidad y transparencia deberían ser los signos de un liderazgo renovado en el que converjan transversalmente las diversas tendencias.

Rajoy confió en que su habilidad estratégica le permitiría concluir una legislatura con mayoría insuficiente. Ninguna estrategia puede prever todas las coyunturas a las que queda expuesta. Y ha sido la eventualidad de una sentencia provisional, pero previsible, la que ha alterado el campo de juego.

Rajoy está ahora consigo mismo en Santa Pola, no donde muchos malintencionados habían previsto que estaría. Ciertas tribunas de radio aventuraron que no dejaría el escaño para blindar un porvenir judicial como aforado. Las pruebas las da la conducta, no el dicterio. Su renuncia es un mentís a esos infundios. Renuncia a la presidencia del partido, al Consejo de Estado, al preciado sillón del hemiciclo al que tantos tránsfugas se han atado proclamando que anteponían su retórica vocación de servicio al decoro de la dimisión. Rajoy deja un testimonio de elegancia cuando abandona el sillón y recurre a la democracia interna del partido para no ser una carga que condicione la renovación.

No se va por la puerta grande, tampoco por la trasera. José María Aznar se anticipó al no volver a presentarse tras la segunda legislatura. Pero el talante cesarista quedó expreso en la designación a dedo de su sucesor. Y lo trató como si por aceptar un designio autoritario el designado contrajera alguna obligación con el dedo que lo designaba. Al renunciar con todas sus consecuencias, Rajoy añade la nueva lección que el Partido Popular necesitaba. Ha amputado el dedo.

Cuando Rajoy dispuso de mayoría absoluta, su función fue impedir la exhibición humillante de los hombres europeos del frac afanados en controlar las cuentas públicas de una nación soberana a la que había que salvar de la quiebra. Primun vivere, deinde filosofare. El país sobrevivió sin pasar por la humillación. Vigorizó su economía. Respondió a las prescripciones dictadas por la Unión. Recuperó la iniciativa para mantener un dificultoso crecimiento, mientras caía sobre el Gobierno el estigma del emponzoñamiento. Había que pagar a la sociedad esa factura pendiente. Sesenta escaños no fueron suficientes. Rajoy confió en su destreza y demoró abordar la renovación. Esa única terapia aplicable tampoco hubiera impedido que ganase una moción censora.

¿Sabía Rajoy que no era el hombre adecuado para la tarea regeneradora? Las anécdotas no son categorías, pero sí significativas. Cuando el profesor Gaspar Ariño publicó hace seis años su libro Regenerar la democracia, reconstruir el Estado, para criticar la partitocracia que sofoca la democracia de los partidos al sujetarlos al cuadro del dirigente, Rajoy tras leerlo, le dijo: “Tu libro es importante, pero no soy la persona para la reforma que propones”.

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El problema principal del Partido Popular no ha sido la ambigüedad del ideario, asunto opinable que tanto depende de las circunstancias como de la fortaleza parlamentaria. Ha sido y lo sigue siendo, la pérdida de credibilidad por la corrupción. Ha desembocado en estruendosas sentencias judiciales. Designado por el dedo del pasado que había que reformar, Rajoy no podía ser el acicate regenerador. El dedo que lo nombró ha sido otro punto vulnerable. Su despedida muestra que ha comprendido la causa y cuál el procedimiento para atajarla. La democracia interna no es un proceso que asegure a nadie la pureza, sino un medio para evitar que el cesarismo perdure como entorno para depurar la ponzoña.

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Unidad y transparencia deberían ser los signos de un liderazgo renovado donde converjan transversalmente las diversas tendencias. Sin unidad, la renovación será estéril. Dificultosa la tarea pendiente, pero posible: depurar sin titubeos las adherencias corruptas, recuperar el reconocimiento de la amplia clase media decepcionada a causa de ese baldón que pende sobre el partido para integrarla en un proyecto de convivencia democrática centrado en los valores comunes de libertad individual, unidad constitucional e integración europea. Una política que fomente la libre iniciativa como motor de una economía realista basada en la estabilidad presupuestaria. La prudencia administrará los respaldos a un ideario democrático liberal conservador, capaz de representar desde los intereses de pensionistas y funcionarios, cuyas retribuciones nada asegura mejor que una economía saneada y estable, hasta los de las grandes y pequeñas empresas, los profesionales cualificados y los autónomos, de cuya iniciativa depende el progreso y la creación de empleo en una sociedad abierta y pluralista.

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La corrupción prende cuando quien administra el poder se siente impune mientras lo retiene. Eso no lo remedia ningún procedimiento. Reducir la dedicación de los elegidos como servidores públicos sería el más disuasivo. Expresión eufemística la de “servidor público”, que muestra la voracidad con que el servidor se aferra al cargo para prolongar su “servicio” a la comunidad. Si la política es un “servicio público”, no puede concebirse como un puesto laboral, un empleo remunerado o un medio de vida para justificar una morada lujosa. Para evitar la “laboralización” hay que distinguir entre servicio público y oficio público, limitar la dedicación del servicio a dos o tres legislaturas, tanto en el orden local como en el regional, el estatal o el europeo. Un “servidor público” ha de mostrar que puede asegurar por sí mismo honradamente su porvenir si pretende que se le confíe la responsabilidad de asegurar el ajeno.

Rajoy se fue dejando pendiente la tarea que no era capaz de hacer. No podía abordarla quien perteneció al engranaje que había de reformarse. Su renuncia, dejando al partido esa labor, pone en marcha la empresa renovadora. Cómo resolverla atañe a los afiliados, no a quien transmite el relevo. Tienen en sus manos una decisión que los compromete. Es una experiencia que responde al requisito constitucional de transparencia democrática. Por ser novedosa en el Partido Popular es también aventurada, ya que se aborda lastrada por los hábitos partitocráticos heredados.

Desprenderse del fardo del pasado

El paso del testigo puede iniciar un cambio decisivo para el porvenir de lo que ha representado el Partido Popular durante un cuarto de siglo. Lo propio sería que el sucesor quedara desprendido del fardo del que hay que despojarse. El haber pertenecido a Gobiernos cuyos condicionamientos relegaron esa tarea pertenece a ese fardo. Que pueda aparecer emponzoñado por adherencias heredadas lastraría su credibilidad. Pero peor sería que el desenlace no sirviera de aglutinante para abordar la tarea de la renovación. Una lista unitaria puede ser un camino. Que la elección entre dos candidatos no dificulte la unidad sería un mensaje más expresivo de que las diferencias no siempre restan, también suman. Y la impresión es que María Dolores de Cospedal suma más a Pablo Casado que a Soraya Sáenz de Santamaría. Es curioso que La Sexta propicie la falacia de que el Partido Popular ha defendido siempre la lista más votada. Y silencie lo obvio: cuando no hay segunda vuelta. La unidad ha de ser un resultado final a posteriori, no un pacto a priori para descafeinar las normas.

Imagen de portada: El expresidente del Gobierno Mariano Rajoy clausura un acto público del Partido Popular de Alicante | Flickr/PP
Escrito por

Periodista y escritor. Profesor emérito de la USP CEU.

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