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Las sospechas de que ciertas ONG tengan interés en que suba el umbral de la pobreza

A pesar de ser considerada una actitud políticamente incorrecta, es necesario analizar el papel de algunas ONG internacionales en la pervivencia de diferentes dictaduras en el mundo. La pobreza no puede ser un negocio.

La imagen que tenemos de las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) es la de beneméritas instituciones que, merced a su trabajo, palian las carencias que de su especialidad (sanidad, educación, alimentación, agua, agricultura, energía vestimenta, acompañamiento a personas solitarias o impedidas, etc.) hay en los países en los que actúan.

Muchas son internacionales y, a diferencia de las locales y pequeñas, en las que el personal que realiza los cometidos es voluntario y lo hace por amor al arte y entrega al prójimo, las primeras son verdaderas multinacionales en las que sus profesionales son personas capacitadas y bien remuneradas.

Agua para la paz o para la guerra

Aunque tratar este tema suponga adentrarse por arenas movedizas, hagamos otra lectura alejada del concepto de lo políticamente correcto. ¿Puede ser que estas organizaciones internacionales tan potentes desempeñen, sin quererlo, un papel crucial para asentar las dictaduras y las oligarquías de esos países pobres y pobrísimos en los que actúan?

Gracias a la caridad, las donaciones y los impuestos de los ciudadanos del primer mundo, convertidos en ayuda al desarrollo en los presupuestos generales, esas ONG organizan la sanidad, la educación y la construcción de infraestructuras básicas, en tanto que esas dictaduras se inhiben de sus obligaciones y someten impunemente a sus ciudadanos (más bien súbditos), ante la indiferencia de Naciones Unidas y de los países donantes.

La aporía y el umbral de pobreza

Desde hace años, organismos internacionales y agencias especializadas de la ONU, como la FAO, anuncian que la pobreza en el mundo se acabará en tal o cuál fecha. Pero, al igual que pasa con la energía de fusión, cada vez que nos acercamos a ella se amplía el plazo, sin que nunca lleguemos a alcanzarlo, como en la aporía de Zenón sobre Aquiles y la tortuga. Y, mientras tanto, surgen nuevas ONG -hay miles- a las que, como dice Joaquín Leguina: “Les interesa que haya pobres porque, si yo me dedico a cuidar pobres, me interesa que haya muchos, ya que son mis clientes. Si no los hubiera, ¿a qué me dedicaría?” Y algo de ello hay porque, coincidiendo con las periódicas informaciones, ampliadas en las redes sociales, de que aumenta la pobreza en el mundo y alcanza ya a amplias capas de las sociedades desarrolladas, aparecen legiones de jóvenes en las calles que, pagados con unos cuantos euros y ataviados con un peto con el logotipo de esta o aquella ONG internacional, se dedican a conseguir nuevos donantes a los que les piden una aportación mensual mediante la firma de un documento en el que se notifica una cuenta corriente a la que girar el cargo.

Debidamente movidas las conciencias por esas campañas con cifras difíciles de creer, esas ONG recaudan nuevos fondos por la solidaridad de los ciudadanos. Y es cierto que hay que dudar de esas cifras, porque con frecuencia son esas mismas ONG las que, en connivencia con organismos multilaterales, mueven periódicamente el listón del umbral de la pobreza en los países desarrollados para incluir en ella a quien no tiene en su particular cesta de la compra determinados artículos considerados por muchos innecesarios y por ellas imprescindibles.

Escrito por

Ex Vicepresidente de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM), articulista de La Voz de Galicia, miembro del Grupo Crónica. Primer director de Noticias de Antena 3 Televisión. Premio Salvador de Madariaga. Antenas de Oro y Plata.

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