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El PSC se convierte en un freno para el PSOE y en un caladero de votos para Ciudadanos

El PSC ha sido cómplice del nacionalismo durante muchos años, lo que ha provocado el ascenso de formaciones, como Ciudadanos y su histórico triunfo en las elecciones catalanas, que están haciendo la competencia a los partidos constitucionalistas por antonomasia: PP y PSOE. 

Alfonso Guerra fue ácido en muchas de las frases que pronunció en el ejercicio de sus cargos, pero siempre estuvo lúcido en sus diagnósticos y por eso en más de una ocasión se declaró partidario de crear en Cataluña un partido socialista alternativo al PSC con el argumento de que hacía tiempo que había “dejado de ser un partido socialista” para acercarse a las “posiciones nacionalistas”. Estos días seguirá pensando lo mismo, y con él una mayoría de socialdemócratas de allí, de acá y de acullá, tras escuchar a Miquel Iceta pedir por adelantado el indulto para los independentistas perseguidos por la justicia por gravísimos delitos de rebelión, sedición y malversación de fondos públicos. nacionalismo

A pesar del lastre soltado en los últimos años con apellidos ilustres de la gauche divine que han acabado en las filas del Partit Demòcrata Català (PdeCat) y Esquerra Republicana de Cataluña (ERC), el PSC continúa siendo un freno para el PSOE en otras partes de España, un dolor de cabeza para muchos socialistas de Cataluña y un caladero de votos para Ciudadanos, al que, además de haberlo fecundado, gestado y parido, le nutre periódicamente de afiliados y simpatizantes. Y, de rebote, le hace la cusqui al PP hasta dejarlo en las raspas en esa parte de España y quitarle grasa en las otras. En una palabra, que si el PSC no hubiese sido cómplice del nacionalismo catalán, Ciudadanos no existiría ni sería ahora un azote para el PP y el PSOE, los dos partidos constitucionalistas por antonomasia.

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Esta nueva ocurrencia de Iceta, que se suma a las anteriores de reestructurar las haciendas catalana y estatal para que la primera sea la única que recaude en Cataluña y a la de la quita de la deuda y las competencias exclusivas en educación para las comunidades con lengua propia, reduce su crédito político y acrecienta su carácter alquimista de mezclar churras con merinas hasta encontrar la fórmula magistral que le dé votos por el lado independentista sin quitárselos por el constitucionalista. Una mezcolanza de imposible maridaje por mucho que se empeñe en los fogones de la nueva cocina hablando de la transversalidad, un concepto que en lenguaje de la calle es aquello que lo mismo sirve para un roto que para un descosido, para sacar un córner y para rematarlo, para ir en la procesión y repicar las campanas y, en el significado de Iceta, para llamar vertical a la inteligente Inés Arrimada y descalificarla para gobernar. Con ello lo único que consigue el líder socialista es subestimar su oferta y generar desencantos entre quienes creen que es uno de los pocos contendientes que puede tender puentes entre visiones enfrentadas.

El ex primer ministro francés Manuel Valls, para quien “es un disparate hablar de la Europa de las regiones” y que estos días ha hecho campaña en Cataluña -su tierra de origen- a favor del bloque constitucionalista en actos del PSC, PP y Ciudadanos, ha sido tajante en su diagnóstico: “Si en las elecciones catalanas gana un proyecto constitucional, España saldrá reforzada”… porque “el nacionalismo es guerra”. Si no lo hace o el PSC tiene remilgos en apoyar esta opción y zascandilea con ERC y Catalunya En Comù-Podem, España seguirá teniendo un problema y, por ende, la Unión Europea (UE), porque a ambas los nacionalismos y regionalismos de los dos extremos las llevaran al populismo, y de este al caos.

La idea de Iceta ha levantado olas de estupor por cuanto supone un ataque en toda regla al Estado de derecho, a la independencia y separación de poderes y a los esfuerzos de la policía y de los jueces para que se aplique la ley a quienes la violan. Y, además, porque su lindeza manda un mensaje destructor al electorado y fulmina el principio de igualdad ante la ley al distinguir entre los delitos “de origen político”, por gravísimos que sean, de las demás tropelías. “Todo el trabajo iniciado por el constitucionalismo echado por la borda a favor de un tacticismo electoral imprudente, inoportuno y cuya rentabilidad electoral es más que discutible”, editorializaba El País, bajo el título Grave traspiés de Iceta, que añadía que “el mensaje lanzado por el líder socialista catalán es un ataque en toda regla a los esfuerzos del Estado por restituir la normalidad y el respeto a las leyes que el procés hizo saltar por los aires… que debilita al frente constitucionalista… y que obliga al PSOE a rechazarlo contundentemente por lealtad a la justicia, a su propio compromiso constitucional y a su electorado en toda España”. “Es lo que podría haber pedido el día de mañana la maquinaria de propaganda separatista -ha señalado por su parte ABC-, pero nunca debería haberlo propuesto el candidato de un partido que, a nivel nacional, ha apoyado la aplicación del artículo 155 y las decisiones tomadas por los tribunales de justicia contra los querellados”.

Dos millones de catalanes, dispuestos a repetir dignatarios y dar una bofetada a “los del 155”

Iceta debería saber ya que utilizar esas tretas para atraer independentistas solo sirve para colocar al PSC en el territorio de la indefinición, trasvasar votos a Ciudadanos y engordar a los secesionistas. Así ha sido desde que Pascual Maragall se quitó la careta en 2003 y el melifluo José Montilla le sucedió con más ánimo de contentar a los soberanistas y competir con ellos en nacionalismo que de defender la Constitución y las resoluciones judiciales. Muchos guardan aún en la retina la manifestación del 10 de julio de 2010, convocada bajo el lema “Som una nació, nosaltres decidim”, presidida por Pujol, Maragall y Montilla, y reivindicando un mismo objetivo de indisimulable marchamo independentista.

Aunque muchos catalanes de buena fe no sean aún conscientes y otros bramen por serlo, la aplicación del artículo 155 de la Constitución ha salvado a Cataluña, a España y quizás a la UE. El día 21 los votantes continúan el infernal carrusel electoral que empezó en 2010 con elecciones autonómicas y que, después de pasar ocho veces por las urnas (2010, 2012, 2015, autonómicas; 2011, 2015 y 2016, generales, y 2011 y 2015, municipales) y polarizarse la sociedad hasta extremos jamás alcanzados, culminará o tendrá prórroga con una nueva convocatoria. Queda poco para saber el resultado de los comicios autonómicos y algo más para concretar las opciones de gobierno. Ojalá esta vez llegue la estabilidad y el PSC no vuelva a ser ese forúnculo que le ha salido al PSOE en Cataluña y que le impide separarse nítida y definitivamente del nacionalismo que tanto daño hace al devenir de España y al progreso de los pueblos; “la peor de todas las pestes, que envenena la flor de nuestra cultura europea”, como lo definió Stefan Zweig, o, como subraya Mario Vargas Llosa: “Si crees en la libertad, en la democracia, en la civilización, no puedes ser nacionalista”. Cataluña necesita un gobierno que respete las leyes y una gobernanza que frene la caída económica, recupere la armonía social y llame a las cosas por su nombre para restituir a las palabras su verdadero significado

Imagen de portada: El expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero (D) y el secretario general del PSOE,  Pedro Sánchez (2D), junto a Miquel Iceta (C) en un acto de campaña | Agencia EFE
Escrito por

Ex Vicepresidente de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM), articulista de La Voz de Galicia, miembro del Grupo Crónica. Primer director de Noticias de Antena 3 Televisión. Premio Salvador de Madariaga. Antenas de Oro y Plata.

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