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La vía eslovena. La nueva inspiración de Torra para amenazar la unidad de España

La vía eslovena ha supuesto una inspiración para Quim Torra, que pretende llevarla a cabo, al igual que la censura al Rey, los cortes de autopistas o la creación de embajadas catalanas. El Estado no debe ceder ante el que quiere imponerse por la fuerza.

Estamos en un contexto de “desinflamación”, ha explicado Pablo Iglesias en el Congreso. El contexto se corresponde con la vía eslovena hacia la independencia ratificada por Quim Torra. La nueva palabreja no figura en el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), pero la vía eslovena figura ya como experiencia histórica. Ambas van juntas, de la mano, porque tanto más desinflamatorio se muestra el Gobierno de Sánchez, tanto más crece la inflamación de aquellos a quienes pretende desinflamar con su política “desinflamatoria”.

‘Desinflamación’ nominaliza al verbo ‘desinflamar’, registrado con el significado de “quitar la inflamación de lo que está inflamado”. Reparé por vez primera en ella cuando un articulista de La Vanguardia la utilizó para criticar el discurso del Rey hace más de un año. Proponía “desinflamar” anticipando una reprobación literaria del Rey a una reprobación institucional del Parlament. A juicio del comentarista, era “el momento de la desinflamación”, pero el monarca no se dio por enterado. Desde entonces, la palabreja se puso en circulación en La Vanguardia. El periódico ha mantenido una línea editorial “desinflamatoria”, no tanto, hay que decirlo, para reprobar al Rey, como hizo el Parlament, como para servir a la política pactista del nuevo Gobierno surgido tras la moción de censura. El Frankenstein, como lo calificó Alfredo Pérez Rubalcaba.

La vía eslovena, Chamberlain y Hitler

La “desinflamación” es palabra fuera de la norma. En español ya disponemos de palabras más precisas, no metafóricas, para referirse a una política sosegadora, aquietadora o apaciguadora. Pero el sosiego requiere cumplir las normas y eso es inalcanzable cuando el interpelante alardea un poco más cada día de haberlas infringido. Para aplacarlo, se intensifica la estrategia apaciguadora. El apaciguamiento fue el motivo para no castigar la ayuda de Italia y Alemania al ejército franquista. El apaciguamiento fue la política que adoptó el Gobierno de Neville Chamberlain para frenar las pretensiones de Adolf Hitler. Perdió la moción de censura ante Winston Churchill, quien le reprochó haberse plegado a la fiera para amansarla. Pero, ahora, es el “desinflamador” Sánchez el ganador de la moción. Las fieras son mansas cuando se las doma y, aun entonces, hay que tener cuidado de entrar en la jaula. Eso lo saben los domadores, pero no afecta a los “desinflamadores”. Con la política de apaciguamiento, el Gobierno simula situarse como un domador entre extremos: entre los animales que están dentro de la jaula y los que los miran, entre los que siguen la “vía eslovena” propuesta por Quim Torra y los ciudadanos que los miramos respetando la ley.

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Vías eslovenas a corto plazo, vías escocesas a largo plazo o vías ibarretxes ya amortizadas. Aquietar, desinflamar, conciliar, sosegar, en fin, apaciguar ante las vías que proponen las fieras amenazantes. Palabras, como ocurre con toda palabra, tramposas cuando sirven de instrumento a una retórica tramposa. El Gobierno simula situarse entre extremos radicales. Como si mediase entre dos que riñen para calmar la exaltación de ánimos opuestos de estridencia similar y rendir el desasosiego que incita a la violencia a enemigos opuestos: la aplicación de la ley y su vulneración. La llamada “desinflamatoria” al apaciguamiento es el ardid retórico ideado por el Gobierno para seguir en el poder en dejación de la justicia.

La llamada a la “vía eslovena” se añade a la oprobiosa censura al Rey, a la apelación a los activistas a salir a las calles, a la reprimenda a los Mossos y los cortes de las autopistas, a la reimplantacion de las embajadas, al vacío presupuestario puesto en evidencia por la huelga de los profesionales. La fiera se encabrita y enseña los colmillos para amedrentar al vecindario.

No hay que ceder ante quien intenta imponerse por la fuerza

La exaltación llega a un nuevo paroxismo cuando las elecciones andaluzas ponen en evidencia que la pretensión de situarse en el centro entre extremos aparentes carece de respaldo ciudadano. La llamada a la vía eslovena es una arenga a los excitados. Es una ofensa injuriosa que implícitamente invita a comparar un Estado democrático con un Estado totalitario. Cada palabra de sosiego del Gobierno es respondida con un insulto, un exabrupto, una provocación más resuelta que la precedente. Cada paso dado al servicio de una táctica “desinflamatoria” sirve para enardecer más al fanático enardecido por el fanatismo.

No hay que enfadarse, ni encabritarse, pero no hay que ceder ante el que pretende imponerse de grado o por fuerza. Y en un Estado democrático de derecho no hay más grado ni fuerza que el imperativo de la ley y de las decisiones judiciales. Se trata de aplicar reglas de justicia, cualesquiera que sean los calmantes políticos que se adopten para aplacar después los ánimos de los exaltados. En la cárcel, si están dentro, o en la calle, si están fuera.

Imagen de portada: Saludo entre el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), y el presidente de la Generalitat de Cataluña, Quim Torra | Agencia EFE
Escrito por

Periodista y escritor. Profesor emérito de la USP CEU.

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