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La renuncia de Feijóo desbarató las intenciones del Partido Popular de una transición apacible

El “no” del presidente gallego desvaneció la idea de una transición sencilla dentro del partido. El nuevo líder debe recuperar la ejemplaridad para ganar la confianza del electorado base popular: las clases medias que, a día de hoy, se encuentran decepcionadas.

La renuncia de Feijóo a presentarse como candidato de consenso del Partido Popular, ha desbaratado las perspectivas abiertas para una transición apacible y sencilla. Los argumentos de Feijóo para no presentarse son convincentes, pero no concluyentes. Los sociólogos distinguen entre los motivos patentes y los latentes. Y son las preguntas sobre las intenciones latentes no enunciadas, las que suelen producir más confusión. ¿Ha pensado Feijóo que el riesgo de presentar su liderazgo no compensaría el sacrificio de abandonar la Presidencia de la Xunta de Galicia? Más vale pájaro en manos que ciento volando. Y otro tanto cabría preguntarse sobre la presidente del Congreso, Ana Pastor. Estas decisiones pueden interpretarse, no necesariamente como signos de fortaleza, también como síntomas de desconfianza sobre el porvenir.

Las facetas complementarias de la renuncia de Feijóo por un lado, y Pastor, por otro, ayudan a ilustrar las proporciones de la derrota sufrida ante el electorado –conservador, liberal o centrista- tras perder el PP la moción de censura. No se reduce a la pérdida del Gobierno. Paraliza la estrategia de agotar la legislatura que había tejido Mariano Rajoy durante dos años y que podría dar lugar a una renovación tranquila. La táctica de ceder el paso a Pedro Sánchez tras las primeras elecciones para formar un Gobierno duradero después de ganar las segundas, que había parecido cuajar con la todavía reciente aprobación de los presupuestos, se ha disuelto como un azucarillo en el agua.

Al fin, Rajoy cayó víctima de su renuncia a sanear el partido del cáncer de la corrupción que le ha ido minando. A estos efectos, es indiferente pensar ahora si una dimisión de Rajoy, para neutralizar la moción de censura, hubiera permitido al Partido Popular mantenerse en el Gobierno con tiempo suficiente para una transición ordenada, que permitiera abordar más cómodamente el tema pendiente de su renovación. Porque el no haber afrontado con decisión esa tarea que ahora urge, ha sido la causa principal de que perdieran el Gobierno. Si el procedimiento de la moción la ha precipitado o no, es asunto baladí, ya fuera de discusión.

La sentencia del caso Gürtel . Una conspiración criminal para rentabilizar el poder político

La cuestión, por tanto, es qué margen de maniobra queda al Partido Popular, como factor aglutinador de una derecha amplia para abordar con ciertas garantías las elecciones. Las encuestas han dado un giro que hace pocos días era imprevisible. El PSOE rentabiliza la victoria, no a costa de Podemos, a pesar de los lujos de Galapagar, sino principalmente de Ciudadanos. Desde el reciente anuncio de las primarias, el PP detiene su caída y comienza a cotizar ligeramente al alza. La convocatoria ha suscitado una expectativa. Si puede o no fraguar esta leve reversión que apuntan las encuestas, depende de tantos factores, que cualquier conjetura es arriesgada. Pero eso son los primeros datos del nuevo escenario en esta fase líquida y versátil de la actual gobernanza, en la que nada es como aparenta ser y la fragilidad se puede repartir entre todos.

Las perspectivas de Sánchez no solo dependen de las sutilezas de la comunicación política. De momento, están sujetas a la fugacidad de los gestos. Que una gestión eficaz pueda prender en las apariencias gestuales no es imposible, pero sí complicado. Mientras la principal fuerza opositora esté comprometida en la ardua tarea de encontrar un nuevo liderazgo, cuya función principal será el lavado de cara del partido, el Gobierno tendrá un camino fácil durante el cual el gesto podrá sustituir a la eficacia. Los asuntos pendientes, principalmente la situación catalana, podrían incluso agravarse, sin que una oposición decidida pueda rentabilizar iniciativas para afrontarlos.

Aunque solo fuera por ese motivo, había que abordar con presteza la renovación del liderazgo. Algunos comentaristas piensan, no obstante, que el calendario es precipitado, pues señalan con razón que los apremios son enemigos de la eficacia. Sin embargo, el Partido Popular está obligado a ejercer rápidamente como oposición activa, a la vez que a proceder a un cambio profundo que no puede limitarse a un amaño de imagen o un lavado de cara. Solo una nueva actitud, con amplitud de miras, acogedora de tendencias diversas, puede asegurar un respaldo electoral suficiente que le permita figurar, de nuevo, como opción de Gobierno. Sin acometer una renovación generacional que muestre una clara depuración de la corrupción, es decir de la verdadera causa que ha facilitado el triunfo de la moción, los populares no podrán recuperar un electorado que le ha ido recortando su respaldo principalmente por ese motivo. El nuevo liderazgo tiene como tarea principal la recuperación de la ejemplaridad para ganar la confianza de las clases medias, desmotivadas, desorientadas y decepcionadas.

La renuncia de Feijóo sostiene al PP en Galicia

Esta fue la gran labor que hizo Unión de Centro Democrático (UCD) al comienzo de la transición y la que repitió José María Aznar tras catorce años de topar con un techo electoral a causa de los anclajes del pasado. Sería traumático que pudiera repetirse una historia de rivalidades similar a la que llevó a la descomposición de UCD, o de adherencias del pasado que limitaran la renovación a un mero enlucimiento de fachada, mientras permanecen inquilinos que tropezarán con el techo que ellos mismos han contribuido a fijar. No es probable, pues la exposición a unas primarias abiertas y transparentes fortalecerán la credibilidad del nuevo liderazgo. Pero si no se corta de raíz el enlace con los tiempos que han llevado a este declive, no se extirpará definitivamente la causa. Ni un liderazgo con lastres ni un liderazgo con techo, para un partido transversal capaz de convivir en democracia con una izquierda razonable y no sectaria.

Tras la renuncia de Feijóo y de la presidente del Congreso, Ana Pastor, se asegura, por lo menos, que en Galicia se mantenga el partido, cosa que no ocurrió con UCD y que, como oposición, esté además institucionalmente presente, de modo relevante, en el escenario. Pero no asegura, sino que deja en evidencia, las debilidades del delicado proceso de recambio. Lo que se espera de los llamados a fortalecer al partido revitalizando la democracia interna es que ponderen con responsabilidad y altura de miras su decisión a la hora de optar por uno u otro de los candidatos.

Imagen de portada: Acto del PP de Galicia en el que se anunció la renuncia de Feijóo a presentar candidatura para presidir el PP | Agencia EFE
Escrito por

Periodista y escritor. Profesor emérito de la USP CEU.

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