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La política de la posverdad . La mentira del siglo XXI no es tan nueva como parece

Oxford eligió “posverdad” como palabra del año en 2016. Este recurso retórico se ha convertido en un elemento clave para entender la nueva política y el auge del populismo. El sofismo de nuestro tiempo. 

Desde hace pocos años se dice que en la controversia política son muchos los que argumentan “post factual” o “post truth”, es decir, que arguyen silenciando hechos comprobables o niegan verdades comprobadas. Se usan estas palabras para mostrar la falta de escrúpulos de quienes recurren a burdos sofismas y falsedades con tal de ganarse la opinión del ciudadano en el proceso electoral. Ambas expresiones se han vertido al español como “posverdad”. Una política posverdadera, o política de posverdad, es una práctica retórica basada en ocultar lo ocurrido cuando molesta o presentar como fácilmente corregibles situaciones sociales de imposible o muy difícil corrección para censurar al rival por no haberlas remediado.

El neologismo “posverdad” se ha puesto de moda en el debate democrático para usarlo como instrumento retórico contra quienes niegan o exageran verdades cuyo sentido concreto es impreciso para el profano

Nada nuevo bajo el sol. El neologismo añade poco. No es novedad que los  herederos de los nazis propagaran que el “holocausto” fue una exageración de los vencedores. No negaban que se persiguiera a los judíos ni tampoco que los llevaran a campos de concentración, pero aún sostienen que muchas de las pruebas son invenciones para explicar que se llame “holocausto” a una represión de actividades o que tuviera por fin el exterminio en masa de la población judía. Tampoco es novedad que el Archipiélago Gulag o la matanza de Katyn hayan sido ignorados o silenciados por los intelectuales comunistas, incluso después de abrirse los archivos tras el derribo del muro de Berlín. Ambas cosas entrarían hoy en el recinto de la posverdad.

Desde Platón, se sabe que la distinción entre apariencia y realidad es asunto complejo. Algunos ponen tanto empeño en camuflar sus mentiras como otros lo ponen en demostrarlas. Esto ocurre más en las democracias, donde reina el principio de libertad de opinión, que en los regímenes dictatoriales y totalitarios, donde la verdad del Príncipe es indiscutible porque son muchos los que se benefician compartiendo en secreto sus designios. La comprobación de hasta dónde llega la verdad y dónde comienza el engaño político es un problema desde los comienzos del debate racional.

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Que a veces sea difícil desenmascarar la mentira no significa, sin embargo, que sea imposible el desenmascaramiento. El caso Dreyfus es un ejemplo de cómo se puede llegar a saber lo que ocurrió, cuando los más poderosos se empeñaron en ocultarlo. Siempre hubo interesados en disimular los errores u ocultar las pruebas, en especial si su conocimiento deja en evidencia las pretensiones de justificar la dominación de los que mandan. Y es más difícil aún cuando los que gobiernan aseguran que lo hacen en defensa de los débiles. Maquiavelo se refirió a esta dialéctica interna para supeditar el resplandor de la verdad a los intereses y apariencia del gobernante, cuando advirtió al Príncipe: “todos ven lo que pareces ser, mas pocos saben lo que eres y estos pocos no se atreven a oponerse a la opinión de la mayoría que se escuda tras la majestad del Estado”.

El auge del populismo en las sociedades occidentales se interpreta como un efecto de la política de posverdad. Una política que apela a los sentimientos y se desentiende de los razonamientos

Si el comunismo estalinista pudo perdurar durante tres cuartos de siglo, fue gracias al esfuerzo dialéctico de muchos intelectuales para demostrar que era la vía adecuada para corregir la explotación capitalista. Aún son muchos los que no tratan sus crímenes con el mismo rigor con que juzgan los del nazismo o siguen escribiendo como si el marxismo leninismo nada hubiera tenido que ver con el estalinismo. Una muestra de que tan al alcance está de la inteligencia humana el interés por propagar el desacierto como el empeño en sacarnos de él.

Nada novedosa, pues, la táctica discursiva de modificar la realidad cuando molesta. Pero el neologismo “posverdad” se ha puesto de moda en el debate democrático para usarlo como instrumento retórico contra quienes niegan o exageran verdades cuyo sentido concreto es impreciso para el profano. Hay verdades indiscutibles cuya exacta proporción esta sometida a discusión, lo cual no quiere decir que sean cuestionables, sino que la magnitud de sus consecuencias es opinable y que no todos disponemos de los datos para elegir la interpretación más correcta.

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Verdades rotundas pero de delimitación imprecisa, como dilucidar hasta dónde llega el cambio climático, saber cómo avanza el deshielo del Ártico, apreciar si iniciamos o no una era de desertización progresiva, determinar si la polución podrá acabar con la atmósfera o en cuánto habrá que fijar las pensiones si no cambia la edad de jubilación. Se dice que amparan la post-verdad quienes niegan estas evidencias. Se dice que la negación de la existencia de armas de destrucción masiva en Iraq obedecía a una táctica de posverdad para justificar la Guerra del Golfo. Si no se le llamara posverdad, no dejaría de ser una mentira para ganarse a la opinión.

Posverdad y populismo

En fin, poco nuevo bajo la traducción neologista de una palabra que no añade novedad sobre cómo opera la propaganda y la manipulación informativa. Lo nuevo es que el auge del populismo en las sociedades occidentales se interpreta como un efecto de la política de posverdad. Una política que apela a los sentimientos y se desentiende de los razonamientos, que busca captar al elector haciendo propuestas emocionales sin ofrecer datos o explicar sus consecuencias. Pero también el reproche de que el contrincante recurre a la posverdad puede ocultar una táctica de posverdad.

Los recelos sobre la manipulación retórica aumentan cuando se advierte que, para denunciar la posverdad, se usan como ejemplos los excesos del republicanismo democrático de Bush y Trump o del populismo de la neoderecha europea ante el aluvión de los refugiados, pero se pasan por alto con facilidad los que podrían dejar en evidencia la política de los Clinton o de Obama o de las izquierdas populistas iberoamericanas.

Si no se le llamara posverdad, no dejaría de ser una mentira para ganarse a la opinión

En Europa, en Iberoamérica y en España sabemos mucho de una nueva especie de posverdad populista, es decir, de manipulación propagandística. Es posverdadera la oferta de programas irrealizables que a todos nos gustaría que se realizaran para señalar al rival de ser el causante de que no se lleven a la práctica. Se compara, entonces, la realidad con los deseos. Se exageran defectos y limitaciones de la sociedad por inverosímiles o difusos que sean los métodos que se proponen para rectificarlos.

El populismo de la izquierda europea se nutre de esta modalidad de política posverdadera. No se compara la situación de un país con la de otro donde se aplican esas propuestas, sino con los risueños colores de un cuadro imaginario. Se despiertan ilusiones para ganar voluntades que luego se frustran cuando se comprueba que el remedio es peor que la enfermedad y las promesas ofrecidas se evaporan antes de aplicarlas.

Ilustración de portada: Mireia García Sanz
Escrito por

Periodista y escritor. Profesor emérito de la USP CEU.

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