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El PSOE encara en 2018 la obra de Zapatero y Sánchez: su paulatino debilitamiento político

Los socialistas caminan bajo un sendero de egocentrismo que se inició bajo el mandato de José Luis Rodríguez Zapatero y se mantiene con Pedro Sánchez. Su programa político, basado en bandazos continuos, es capaz de abrazar la bandera de España y al populismo de Pablo Iglesias al mismo tiempo. Unos hechos que provocan que se le presente un futuro difícil de recomponer, sin líderes, sin discurso y sin reflexión.

Eligio Hernández afirmó hace tiempo una frase que, o nunca fue escuchada por Pedro Sánchez, o nunca fue entendida por el actual secretario general de los socialistas. “Lo que es bueno para España es bueno para el PSOE”, afirmó el que fuera fiscal general del Estado con Felipe González. Es posible que Sánchez tenga problemas para comprender la verdad y profundidad de una frase que puede ser perfectamente aplicable a cualquier partido. Y es muy probable que tenga dificultades para entenderla, porque para el líder socialista el parámetro de medida de las cosas es él. Rodríguez Zapatero

El PSOE hace tiempo que emprendió un proceso de egocentrismo tan brutal que a estas alturas es muy probable que no sea capaz de encontrar el Norte. Lo empezó a hacer con Zapatero, lo lleva haciendo hace tiempo en el PSC, lo hace en el Partido Socialista en Valencia, en Baleares, en el País Vasco… Y lo ha hecho porque, en vez de pensar en el bien de España, decidió hace más de una década pensar, exclusivamente, en el interés cortoplacista de cada uno de sus líderes -ni siquiera del partido-. Un interés que garantizará su hundimiento medioplacista si no experiementa un giro total de políticas y políticos.

El PP encara el año 2018 en alerta ante una posible pugna para desgastar su imagen

2018 será un año importante. Y el 19 y 20, decisivos. Porque, o el PSOE cambia su rumbo de autodestrucción, o en esos tres años puede pasar a ser un partido residual.

La afirmación puede parecer demasiado tajante, pero no lo es. Porque el PSOE se ha quedado sin discurso. Y un partido sin discurso hace imposible su supervivencia.

En el año 2004 y tras el 11-M, José Luis Rodríguez Zapatero llega a la Presidencia. No hubiese llegado de no ser por los atentados. Pero su ascenso había sido convenientemente preparado años atrás. Una cuestión difícilmente rebatible porque, desde el año 2000, uno de los hombres de máxima confianza de Rodríguez Zapatero, Jesús Eguiguren -presidente del PSE- había empezado a fabricar ya el acercamiento de los socialistas a los enviados de la banda terrorista ETA para negociar una tregua. Y una tregua no tiene sentido si no se tiene la posibilidad de adoptarla como presidente. Rodríguez Zapatero lo hizo mientras firmaba, ante la mirada de José María Aznar, el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo: el pacto que debía garantizar la unidad de los demócratas frente al terrorismo. Pero mientras el secretario socialista salía de los salones donde se hablaba de la contundencia contra ETA, su emisario “Txusito” -como a Eguiguren le gustaba que lo llamaran- entraba en los bares donde se hablaba de buscar “soluciones políticas” a un “conflicto político”, como si el terrorismo se hubiese convertido ya por aquellos años en “un accidente” -tal y como calificó Zapatero al asesinato por ETA de dos personas en la T4 siete años después-.

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El PSOE pegaba, así, el portazo a la lucha sin cuartel contra ETA. El mismo partido en cuyo seno se criaron y ascendieron aquellos que rebasaron cualquier límite legal en la lucha contra los asesinos pasaba ahora a buscar el entendimiento, el diálogo, el talante, con los mismos asesinos.

Era el inicio de una nueva época para los socialistas. Una época donde el joven Sánchez aprendía que el único factor común en el PSOE era ya buscar la anulación de cualquier posible alianza de gobernabilidad del PP: expulsar al centro derecha del poder. El cinturón sanitario había comenzado. Si se apartaba a los nacionalistas de cualquier acuerdo posible con el PP, el Gobierno solo podría ser socialista. O, dicho en el ideario guerracivilista que sobrevoló el partido a partir de Rodríguez Zapatero, solo podría ser rojo. La fórmula elegida para alejar a los nacionalistas de posibles acuerdos con la derecha era simple: ofrecerles lo que nunca les podría ofrecer el PP. Su radicalización libre y sin consecuencias penales: lo mismo que Iceta ha llegado a plantear estos días -sin castigo de Sánchez- y proponiendo directamente el indulto para los golpistas separatistas.

Ya solo era cuestión de amoldar ese cinturón sanitario a los acontecimientos y territorios. Y uno, por excelencia, era el por entonces nacionalismo en el territorio catalán.

De ahí surgió la mítica frase de Rodríguez Zapatero: “Apoyaré la reforma del Estatuto que apruebe el Parlamento catalán”, violando el principio máximo constitucional de que solo se pueden delegar competencias desde el Estado hacia las comunidades autónomas, no por imposición de las regiones al Estado. De arriba abajo, nunca de abajo arriba.

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El tripartito y el Tinell, en 2003, fueron los siguientes pasos. La reunión de Carod Rovira -del mismo ERC que pactaba gobiernos regionales con el PSC- en Perpiñán, con los etarras Ternera y Antza, para que los catalanes no fuesen asesinados (2004), un escalón más. El Estatuto catalán, el sistema de financiación por imposición catalana, la escalada vertiginosa de un adoctrinamiento escolar que llevaba desde 1990 creciendo, la ley de memoria histórica, la legalización de Bildu y Sortu, la excarcelación del asesino de 25 personas De Juana Chaos, etc. Un simple suma y sigue de acontecimientos que respetaban sin dudarlo la pauta común: dar al nacionalismo-separatismo lo que pidiera. Porque allí no podría llegar el PP.

Y funcionó. Pese a que el PP rebajó su postura de antaño, funcionó. Hasta convertir al PSOE en una caricatura grotesca, en un títere de un nacionalismo que, gordo y crecido, ya no se contentaba con ser un niño: ahora quería ser un nacionalista mayor, ser separatista, ser nación. Lo mismo a lo que Sánchez busca hoy encaje, aunque para ello tenga que caer en el ridículo de la plurinacionalidad.

El desastre era obvio. Y solo era cuestión de tiempo que llegase una persona con nula perspectiva para que el partido -desnortado y sin discurso- empezase a caer como una piedra por una ladera. Un tiempo que llegó con la era de los políticos ‘prime time’. 

Tras el breve paso de Alfredo Pérez Rubalcaba y el amago de Susana Díaz, llegó Pedro Sánchez: el más televisivo de los líderes del PSOE. Y el menos preparado. Un político incapaz de analizar el futuro del socialismo. Incapaz de entender que las alianzas sin principios solo pueden significar el fin anticipado de un partido. Incapaz de darse cuenta de que, cuando se rebasa el 50% de presión fiscal media de los contribuyentes, el Estado del bienestar estrangula el empleo y, con ello, al propio Estado del bienestar, pues le niega cualquier posibilidad de financiación. Y que todo ello mata el discurso clásico socialista: porque el Estado de bienestar que perseguían hacía 50 años ya se había sobrepasado con creces, y porque las alianzas nacionalistas -de origen histórico burgués- tan solo terminaban de desdibujar un partido que perdía su hueco a marchas forzadas sin saber ya si era socialista, si era obrero y si era español.

El PSOE ante un futuro difícil

Sánchez hizo gala de su incapacidad. Por las mañanas se fotografiaba con banderas gigantes de España. Por las tardes bailaba con Iceta y se abrazaba con Pablo Iglesias. Y por las noches afirmaba que en España había “cuatro naciones… al menos”. Al día siguiente, es de suponer que seguía buscando naciones, porque ni un solo día dejó de dar bandazos, hasta que una buena mañana, simplemente, desapareció. Desencajado por los acontecimientos, decidió irse de vacaciones y, prácticamente, no se le ha vuelto a ver.

Y así llegamos a 2018. Y así llegaremos a 2019 -elecciones municipales y autonómicas-. Y así llegaremos a 2020 -elecciones generales, si no se adelantan-. Con un PSOE perdido, sin discurso, sin líderes, sin reflexión. Y, lo que es el origen de todo lo anterior y más grave: sin principios. Un partido cuya única esperanza es cambiar corriendo aprovechando que su competidor Iglesias es igual o peor que ellos. Pero un partido que no podrá hacerlo porque no sabe hacerlo. Porque ha expulsado a quienes podían emprender esa refundación total. Y porque piensa más en ir bien conjuntado en televisión que en defender a sus votantes, que son, como los de todos, España.

Tendrá muy difícil recomponerse en 2018 el PSOE. Porque sus bandazos le han restado su escasa credibilidad. Tendrá complicado recuperarse de cara a las elecciones territoriales, porque sus votantes clásicos quieren empleo y ellos tan solo les ofrecen subidas fiscales similares a las de Podemos. Y llegará a 2020 desgastado y absorbido por un Ciudadanos que, tarde pero por fin, se ha dado cuenta de que reinstaurar el rumbo de un PSOE clásico es capaz de absorber en estos momentos votos de la izquierda y de una parte del centro derecha que ya solo aspira a que no se rompa España.

Porque cuando no se quiere tener principios, solo se puede tener un fin: el fin.

Imagen de portada: El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, y el expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, durante un mitin | Agencia EFE
Escrito por

Periodista.

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