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Europa da la espalda a sus raíces cristianas y evidencia un rechazo secreto a los inmigrantes

Europa ha custodiado el deseo de considerar a todos como iguales, sea desde sus raíces cristianas o desde su modalidad secularizada. Sin embargo, buena parte de la opinión pública siente animadversión ante la llegada de inmigrantes ilegales.

Hace unas semanas estuve en una representación teatral. Era Pobrecito San Francisco de Asís, del dramaturgo argentino Mariano Moro. Esperaba poco. Un entretenimiento edificante, como mucho. Me sorprendió. Era sugerente y divertida, una actualización muy pertinente de la biografía del fundador de la orden mendicante.

En una de las más hilarantes escenas, cuando Francisco ya se ha vuelto loco y ha decidido dedicarle la vida a los pobres, busca obtener la bendición del obispo en su nueva aventura. Este le llama a la prudencia, a la moderación, a la teología, a la razón y a tener en cuenta que los pobres solo son uno de los aspectos del mensaje de la Iglesia. El joven entusiasta acepta su corrección. Acto seguido, le pregunta cuál es el libro que lleva bajo el brazo.

-El Evangelio, ¿cuál va a ser?

-¿Podría abrirlo al azar y leer la primera frase que aparezca?

Repite el mismo ejercicio lo menos en cinco ocasiones y, una vez tras otra, se escucha a Jesús identificándose “literalmente” con los pobres y los necesitados. No tengo la obra para citarla textualmente, pero sí tengo la Biblia. Mateo 25: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí”. Entonces los justos le responderán, diciendo: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer, o sediento, y te dimos de beber?” “¿Y cuándo te vimos como forastero, y te recibimos, o desnudo, y te vestimos?” “¿Y cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti?” Respondiendo, el Rey les dirá: “En verdad os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis“. No digo cómo sigue, porque es la parte más incómoda del mensaje.

Europa brotó de raíces cristianas

Europa tiene que ver con todo esto. Según me enseñaron, brotó de raíces cristianas. Constantino. San Agustín. San Benito. Carlomagno. San Francisco. San Ignacio. Carlos I de España y V de Alemania y su hijo Felipe II. Robert Schumann. Alcide De Gasperi. No sé, creo que con eso basta para demostrarlo.

Es cierto que hay quien no está de acuerdo. Hay quien está más en la onda de identificar a Europa con la partera de los grandes ideales revolucionarios: libertad, igualdad y fraternidad. Pero la consecuencia última de esa versión genealógica es la Declaración de los Derechos Humanos, algo que a la gran mayoría de la población del viejo continente le sigue pareciendo encomiable, por lo menos teóricamente.

Europa agrede los derechos de los migrantes . Olvida su identidad y sus valores esenciales

Entre ambas interpretaciones de Europa, no son pocos los consensos en cuanto a los valores a defender. Considerar al necesitado y al diferente y al pobre y al extranjero y al enfermo como igual. Tratarlo como a un hermano. Y hacerlo libremente. Esas tres cosas nos hacen mejores. Europa iba de eso. Si ha ido mejorando es porque ha ido custodiando ese triple deseo. Sea desde su seguimiento de Jesús o desde su modalidad secularizada e ilustrada.

Sin embargo, la nueva crisis migratoria que vivimos plantea muchas dudas acerca de nuestra fidelidad a esta supuesta identidad europea. La salvaje guerra de Siria, las múltiples guerras africanas -República Democrática del Congo, Sudán del Sur, Eritrea, Nigeria, República Centroafricana, Somalia, Mali…-, la pobreza y la hambruna, el cambio climático, el coltán, los diamantes, el petróleo –sobre todo el petróleo-, los desequilibrios demográficos, la desigual distribución de la riqueza, la corrupción de los Gobiernos, la subcontratación de la gestión fronteriza a países como Turquía, las guerrillas islamistas o cristianas o meramente facciosas armadas con tecnología china, rusa, americana y europea… Todo este pandemonio ha incrementado el número de personas que llaman a nuestra puerta. Se han convertido en una oportunidad de verificar nuestra fraternidad y nuestra hospitalidad. La Biblia lo deja claro: “No olvidéis la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron Ángeles”.

Inmigrantes que vienen buscando una vida mejor

Los que llegan a nuestras fronteras vienen buscando una vida mejor para sí y para los suyos. Arriesgan su integridad y la de sus hijos cruzando el Sahel y el Sáhara, visitando las inhumanas cárceles libias, saltando vallas con concertinas o cruzando el Mediterráneo en pateras o botes de goma suministrados por lucrativas mafias surgidas a la sombra de las prohibiciones occidentales. Muchos pierden la vida por el camino. Muchos de ellos niños. Los que consiguen llegar suelen preferir quedarse, pese a vivir sin papeles, sin contratos, sin empleo o con trabajos precarios, siempre amenazados por su deportación. La razón es muy sencilla: aquí tienen más accesible la sanidad, la alimentación, la educación y la seguridad de sus hijos. Uno haría lo mismo.

Nuestros medios de comunicación –tantas veces espoleados por los gabinetes de comunicación de nuestros políticos- suelen despersonalizar a los inmigrantes, hablando de ellos como si fuesen meras cifras o fenómenos meteorológicos o naturales ineluctables. Los flujos migratorios, de muy diverso origen (económico, ecológico, político, etc.), tienden a ser simplificados en las metáforas de la “avalancha”, de la “invasión”, o de las famosas “gotas de agua que vienen a inundarnos”. El inconsciente colectivo los etiqueta como algo desconocido y fatal que se cierne sobre nosotros y de lo que tenemos que protegernos.

Guerra y refugiados, dos errores que el hombre se empeña en repetir a lo largo de la historia

Se apela a nuestra seguridad: estamos en peligro. Yihadismo. Delincuencia. Nos quieren robar nuestros trabajos. En las democracias europeas la cosa recaba cada vez más votos. Muy a lo Trump. Brexit. Liga Norte. Austria. Países del Este interpretando el papel de la norteamericana white trash. Nacionalismos. Lepenización de las conciencias. Incluso Alemania ve cómo aparecen fantasmas del pasado. Angela Merkel varió ostensiblemente su discurso: de aquel inicio aperturista y dispuesto a la acogida –con cuotas-, a un matizado “refugiados sí, inmigrantes no” que, pese a las rebajas, le ha hecho perder muchos escaños. Frauke Perry, portavoz de Alternativa por Alemania, mostraba una postura más enérgica: “Los agentes deben usar armas de fuego si es necesario para impedir que refugiados crucen las fronteras de forma ilegal”.

No todos comulgan con esas tendencias xenófobas, aunque buena parte de la opinión pública siente una secreta animadversión ante la llegada de migrantes ilegales. ¿La razón? El miedo a perder el propio espacio, cada vez más precario tras la crisis. Sin embargo, no es tan fácil. Está la terquedad del corazón, que, cuando ve, siente. Por eso es necesario no ver, es necesario no ver fotografías como la del niño de tres años Aylan Kurdi inerme en la playa (2015) o la del campo de golf de Melilla con la valla de fondo, infestada de subsaharianos y policías, mientras los melillenses siguen practicando su swing (2014). Imágenes que se repiten hace demasiado tiempo, como demuestran aquellas fotos del año 2000 tomadas por Javier Bauluz, que, pese a las múltiples críticas de Arcadi Espada en sus Diarios, conseguían mostrar la convivencia real de dos fenómenos de signo opuesto en la playa de Tarifa: el desenfadado veraneo y los cadáveres de inmigrantes arrastrados hasta la orilla. Por ello le dieron el Pulitzer.

Las lágrimas de sal de los inmigrantes

También hay filmaciones tremendas. Pietro Bartolo, autor del durísimo Lágrimas de sal, muestra imágenes tomadas a 50 metros de profundidad, a pocos metros de la costa de Lampedusa. Pura serie B. Realismo sucio a caballo entre Jacques Cousteau y George A. Romero. Un barco hundido con más de 300 cadáveres dentro o, contra-intuitivamente, pegados a la cubierta, probablemente debido a la alta presión. Los buceadores van extrayendo, uno por uno, los cuerpos. Llenan de ataúdes un hangar entero. Mejor no verlo.

Florece el negocio de la esclavitud gracias al aumento de los flujos migratorios ilegales

Estas imágenes se deben evitar. Para ello no nos basta con los CIE (Centros de Internamiento de Extranjeros), con los hotspots, los campos de refugiados y Frontex (Agencia Europea para la Gestión de la Cooperación Operativa en las Fronteras Exteriores), cuyo presupuesto crece año tras año. La estrategia está no solo en externalizar las fronteras, sino, como nos dice Mussie Zerai –sacerdote fundador de la agencia Habeshia de cooperación con el inmigrante y nominado al Nobel de la Paz en 2015-, en trasladarlas a países más al sur de Marruecos, Argelia, Túnez o Libia. Ese es el único modo de que los cuerpos sin vida no lleguen a mancillar el fotogénico Mediterráneo, ese escenario ideal para refrescantes anuncios de cerveza.

Ejemplo de ello, nos cuenta Zerai, son los Acuerdos de Jartum, patrocinados por Italia mientras ostentaba la presidencia de la UE. Según estos, hace pocas semanas se le han entregado 200 millones de euros de fondos europeos a Omar Hasán Ahmad al Bashir, actual presidente de Sudán, un señor con una orden internacional de busca y captura del Tribunal de la Haya. La acusación es la de haber masacrado a más de 300.000 personas en Darfur. Con ese dinero, nos dice Zerai, pagará a los yanyahuid, sanguinarias milicias traficantes apodadas “los diablos a caballo”, para que se armen y no dejen pasar a inmigrante alguno de Sudán a Libia. Y cosas similares, apostilla, suceden en otros países como Níger, Chad, Malí y Mauritania…

Imagen de portada: Rescate de inmigrantes en las costas de Irlanda
Escrito por

Periodista especializado en cine, televisión, literatura y cultura pop en general. También es escritor y profesor universitario.

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