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Los catalanes prefieren más autonomía sin independencia . El independentismo descarrila

Un 46% de los ciudadanos de Cataluña, según el último sondeo que realizó Metroscopia elaborado por el diario EL PAÍS, respaldaría que Cataluña siguiese formando parte de nuestro país si se le otorgasen “nuevas y blindadas competencias en exclusiva”. Este porcentaje, sumado al 19% que dice No a la independencia, diluyen mayoritariamente las ansias de separación anunciadas por la Generalitat.

Anda el tren del “procés”. A estos efectos, muy poca diferencia hay entre el caso de que el maquinista sea el sr. Puigdemont o lo sea el sr. Junqueras. El muy reciente sondeo del diario del Grupo Prisa viene a confirmar unos resultados francamente pesimistas para los conductores de ese tren, empero, con ser ello negativo, es aún peor que venga a confirmar una tendencia bajista que tiene ya un tiempo no escaso de vuelo. El secesionismo catalán nada en una piscina que tiene los desagües abiertos. Lo que significa ni más ni menos que esto: estamos presenciando los últimos momentos de vida de una estrategia nacionalista cuyas raíces se hallan en el pasado inmediato, estamos presenciando el fracaso de un determinado tipo de catalanismo.

Desde el afianzamiento del catalanismo como movimiento cultural y político en el primer tercio del pasado siglo, ese mismo movimiento viene registrando una diferencia interna entre dos clases de proyecto nacionalista: de un lado, un nacionalismo etnicista, de trasfondo romántico y origen conservador; del otro, un nacionalismo cívico, de trasfondo racionalista y origen republicano. Ambas concepciones han coexistido en el seno del catalanismo, cuanto menos desde la emergencia de los nacionalistas de izquierda en la década de 1910. La diferencia esencial radica en la determinación de la catalanidad y, con ella, de la naturaleza misma del proyecto nacional.

Estamos presenciando los últimos momentos de vida de una estrategia nacionalista cuyas raíces se hallan en el pasado inmediato, estamos presenciando el fracaso de un determinado tipo de catalanismo

Mientras que, para unos, la definición de la catalanidad viene determinada por la lengua, la historia, la tierra y los ancestros, para los otros esa misma definición se basa en un acto de voluntad a favor de la pertenencia a una sociedad, la catalana, con su identidad diferenciada y, por ello, abierta a la convivencia e integración tanto de quienes no son originarios como de los que lo son y no comparten, en parte o en todo, el proyecto nacionalista.

El nacionalismo étnico definió durante muchos años a la vertiente conservadora del movimiento, en tanto que el nacionalismo cívico, constitutivamente mestizo, lo hizo con el catalanismo republicano de la  Esquerra originaria. “Ciutadans de Catalunya, ja soc aquí“ dijo, no por casualidad el president Tarradellas en 1977.  Cataluña como el conjunto de sus ciudadanos, frente a Cataluña como el conjunto de aquellos catalanes que comparten una determinada visión nacional.

Vistas así las cosas, se entiende tanto la posición crítica de Tarradellas frente al pujolismo como la hostilidad de este frente a aquel. La cuestión no es baladí, aunque solo si se opta por un modelo cívico de Cataluña, este tiene la capacidad de ser incluyente, pero si se opta por el modelo etnicista de la “nació catalana”, este está condenado a ser excluyente. Luego llega la señora Forcadell y dice aquella frase inmortal: “Quienes votan al PP o a Ciudadanos no son catalanes”. Al menos, coherencia no se le puede negar.

Cataluña se convierte en un infierno para las empresas

La hegemonía cultural y política lograda por el nacionalismo a lo largo de los años de gobierno pujolista supuso la victoria de la visión etnicista del catalanismo y de la nación catalana, asumida incluso por Esquerra a partir, cuanto menos, de principios de los noventa. Esa hegemonía se extendió al ala catalanista del PSC y, en menor medida, al sector más nacionalista de ICV. El tejido asociativo del movimiento da solidez y cohesión al conjunto y, en caso de necesidad, le posibilita adquirir visibilidad no partidista.

Pero está en la naturaleza de la opción nacionalista escogida el ser incapaz de extender su implantación más allá del campo del nacionalismo identitario. Como ese campo deja fuera de su imagen de Cataluña del orden de la mitad, cuanto menos, de la Cataluña realmente existente, se sigue que ese es un proyecto nacional tan potente como abocado al fracaso. Una nación no se puede construir solo con la mitad de los quiñones. Hacen falta mas quiñones. Por eso, cuando llega la hora de votar, los números no salen.

Durante los últimos seis años, la hegemonía nacionalista, la capacidad de movilización del movimiento, la pasividad de la Cataluña que no se reconoce en él, la capitalización del amargo descontento generado tanto por la crisis como por la muy deficiente gestión de la misma, y, cuanto menos, el apoyo táctico del catalanismo que no se reconoce en el secesionismo han dado la impresión de un movimiento triunfante y en ascenso. Hasta que los límites estructurales del proyecto han hecho aparición, la pasividad ha comenzado a desvanecerse y el Estado ha dejado de ser un actor poco menos que contemplativo.

El No al independentismo comienza a cambiar de opinión

Todo el mundo sabe que no hay más referéndum viable que el que reúna tres notas: ser legal, ser consensuado, hacer las preguntas pertinentes. A día de hoy, solo hay una consulta que puede tener capacidad para satisfacer esos requisitos: una consulta sobre la reforma constitucional. Esa precisamente que el secesionismo nunca ha querido y por eso no ha puesto sobre el tapete la propuesta de reforma correspondiente, para lo cual tiene capacidad legal. No va a haber referéndum, a lo sumo puede haber una convocatoria efímera que durará menos que las verduras de las eras. Y después elecciones autonómicas, en las que todo apunta no habrá bloque soberanista y en las que no es descartable que surja en el Parlament una mayoría neoautonomista. Ya hay soberanistas que pasan del privado al público para insinuarlo.

Claro que en el ínterin hay que hacerse el castellano: “sostenella y no enmendalla” y entonces aparece la sombra del ¿qué hay de lo mío? Porque voluntarios para la inhabilitación parece no haber precisamente muchos. Lo dicho: un tren al que se acaban los raíles y, claro está, descarrila.

Escrito por

Jurista y analista político. Catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad CEU Cardenal Herrera. Fue senador por el CDS.

Ultimos comentarios
  • don manuel, lo de “los catalanes prefieren mas autonomia i menos independencia”, lo dice vd. basado, segun parece, en una encuesta i no nos da ningun detalle ni de la preggunta, muestra realizada (donde ni num. entrevistados, etc), pues yo discrepo de vd.

  • Soy español y me da asco ver como Se miente desde La maquinaria mediatica de La OLIGARQUÍA. Cualquiera con Dos dedos de frente y que SEpa a qué encuestas HACEr caso puede ver que la gran mayoria de los catalanes abogan Por un referendum (con permiso del estado o sin el).

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