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La Iglesia filipina, víctima de una persecución a muerte

La Iglesia filipina se ha convertido en objetivo de los escuadrones de la muerte. El presidente del país, Rodrigo Duterte, les ha otorgado manos libres para ejecutar a obispos y sacerdotes católicos. Muchos de ellos han pasado a la clandestinidad.

El 5 de febrero de 2017, la Conferencia de Obispos Católicos de Filipinas calificó de “reino del terror” la guerra emprendida por el presidente, Rodrigo Duterte, contra las drogas. Las mil ejecuciones extrajudiciales al mes que realizaban los escuadrones de la muerte, promovidas por el jefe de Estado filipino, se llevaban por delante las vidas de muchos drogadictos y pequeños traficantes, pillados entre la miseria de su precaria subsistencia y las imperiosas exigencias de los matones de sus poblados. Iglesia filipina

La pastoral de los obispos emergió como un aldabonazo entre toda la comunidad católica, y especialmente entre los los sacerdotes, encargados de difundir la oposición formal de la Iglesia filipina al terror desencadenado por Duterte: “Si consentimos o permitimos el asesinato de sospechosos de ser drogadictos, también seremos responsables de sus muertes”.

Sin mencionar expresamente al presidente, aquel documento, leído  en todas las iglesias del país, advertía contra la corrupción del Estado al socaire de la guerra contra la droga. Denunciaba que funcionarios corrompidos participaban en extorsiones, secuestros, robos y muertes, sin relación en muchos casos con la droga.

La Iglesia filipina, blanco de los escuadrones de la muerte

Desde aquella denuncia, la Iglesia filipina, y en particular sus obispos, se convirtieron en objetivo de los escuadrones. Tres religiosos fueron abatidos el pasado año. Sus asesinatos, como el de la mayoría de los 27.700 ejecutados extrajudicialmente (cifras aportadas el pasado diciembre por la Comisión Filipina de Derechos Humanos), siguen impunes.

Duterte digirió mal aquella pastoral, en la que, además de a los policías deshonestos, se señalaba a los jueces corruptos, atribuyendo a su connivencia con el delito la propagación de la criminalidad. En un violento discurso, pronunciado en Manila el 5 de diciembre pasado, el presidente otorgó prácticamente manos libres a sus escuadrones de la muerte para ejecutar a obispos y sacerdotes católicos. Instó a la población filipina (el 85% profesa el catolicismo) a que no acudieran a las iglesias “para pagar a idiotas”.

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A sus obispos, mátenlos. Esos bastardos son inútiles. Lo único que hacen es criticar”, clamaba en una diatriba en la que calificó a la Iglesia católica de ser “la institución más hipócrita del mundo”, y a gran parte del clero –“el 90%”, estimó a voleo- de ser homosexual”. Para que no faltara de nada, Duterte también tildó de “ladrón” al obispo de Caloocan, Pablo Virgilio David, acusándolo de quedarse con las donaciones de los fieles al arzobispado.

Aunque el portavoz presidencial, Salvador Panelo, quiso atenuar la embestida de Rodrigo Duterte a la Iglesia, pretextando que se trataba de “hipérboles destinadas a lograr un efecto más dramático”, muchos prelados y sacerdotes han cambiado sus rutinas e incluso han pasado a la clandestinidad, advertidos por vecinos y feligreses de la presencia de sicarios y de movimientos sospechosos en sus respectivos entornos.

Métodos expeditivos, eficacia por demostrar

La utilización justiciera de escuadrones de la muerte por Duterte no es novedosa. Un sacerdote misionero redentorista ahora en la clandestinidad, Amado Picardal, declaraba por escrito y desde su escondite al diario El Mundo que “el presidente está utilizando el mismo modus operandi que en Davao”, metrópoli que Duterte gobernó entre 1998 y 2008, periodo en el que tales comandos habrían ejecutado a más de un millar de personas.

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Aquella matanza de ámbito local se ha transformado ahora en una masacre más extensa, tanto por la cantidad como por su extensión territorial. Tanto entonces como desde que asumió la jefatura del Estado, Duterte prometió erradicar la drogadicción, una plaga que explotó a raíz de la guerra de Vietnam y que ahora asuela al país cebándose especialmente con la población más desvalida. No está, sin embargo, contrastado suficientemente el supuesto éxito de esa lucha, realizada mediante el expeditivo método de la ejecución de drogadictos y traficantes.

El catolicismo, herencia española

El catolicismo que profesan mayoritariamente los filipinos es herencia de la colonización española, patente en los numerosos y espléndidos templos barrocos que jalonan el país. La Iglesia católica pervivió a la capitulación española de 1898 y a la profunda campaña de deshispanización de Filipinas realizada por los secretarios de instrucción norteamericanos. Desde 1900, aquellos desencadenaron una persecución de todo lo español, incluido por supuesto el idioma, hasta el punto de que también se suprimieron por ley las misas en castellano. Se condenaba incluso a los niños filipinos a pagar 5 centavos de multa por cada palabra en español que profiriesen dentro de cualquier escuela pública. El tagalo, de enseñanza obligatoria, fue también despojado de todos sus hispanismos, y la historia del país fue reescrita con grandes dosis de odio a España y a lo español, un sentimiento inculcado en los libros de texto hasta el mandato de la presidenta Gloria M. Arroyo, más de un siglo después.

Imagen de portada: Varios cadáveres a las puertas de la catedral de Jolo, en Filipinas, después de la explosión que dejó 21 muertos | Agencia EFE
Escrito por

Periodista. Cofundador de Euronews y fundador y primer director del Canal 24 Horas de TVE.

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