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El Gobierno de Rajoy vuela con el viento en contra a la hora de tomar serias decisiones

La huelga de AENA en El Prat ha llevado al Gobierno de Rajoy a ordenar la presencia de la Guardia Civil en el aeropuerto. El presidente tiene el viento en contra, pues no cuenta con la anuencia de la oposición ni con la imparcialidad de la Prensa. Zapatero se enfrentó a un problema similar, pero voló con viento a favor.

Conversando estos días durante una comida con amigos sobre la huelga de los trabajadores de AENA en El Prat, uno de los comensales puntualizó que José Luis Rodríguez Zapatero, en una situación similar, resolvió el conflicto de los controladores que paralizaron prácticamente la circulación aérea en la Península militarizando el control aéreo en España y se lamentó de que Mariano Rajoy no adopte una medida de fuerza similar. En situaciones apuradas, siempre hay alguien que está dispuesto a criticar a quien no saca pecho cuando, a su juicio, las circunstancias lo exigen. Si se trata del Gobierno, este tipo de comentarios es bastante frecuente. Muchas veces, entre quienes no tienen otra alternativa que votarlo.

Como nunca llueve a gusto de todos, solo hace dos días, el diario Público titulaba, muy al contrario del comensal, a propósito de la presencia de la Guardia Civil en el aeropuerto barcelonés, que “El Gobierno ‘militariza‘ los controles de El Prat y puentea el derecho de huelga”. Parte de su propio electorado reprocha a Rajoy falta de autoridad, mientras la izquierda mediática lo acusa de autoritarismo. ¿A qué carta quedarse?

De la huelga de El Prat al 1-O

Que el Gobierno ha de ser firme cuando cuenta con la ley a su favor es criterio irreprochable. La presencia de la Guardia Civil en el aeropuerto es una prueba de firmeza y muestra que el Gobierno ha adoptado una medida proporcionalmente ajustada a una situación apremiante. Pues, además de ser firme, la autoridad ha de ejercerse también con mano templada, sin dejarse llevar por el apresuramiento o pasarse de frenada, como vulgarmente se dice. El punto medio entre ambos extremos no es la equidistancia, sino la prudencia y la templanza, virtudes políticas que no tienen que ver con la media estadística, sino con el equilibrio entre el exceso y el defecto y con la ponderación de las circunstancias a las que ha de adaptarse la decisión. Que ha habido ponderación y no debilidad queda reflejado en el contraste entre la tergiversación del titular del diario Público y el comentario del interlocutor de sobremesa.

El precedente de Zapatero

La comparación con Zapatero tiene que ver con una visión del momento que no tiene en cuenta la diferencia de las circunstancias con el pasado. Zapatero abordó un conflicto general que abarcó a todos los aeropuertos españoles y paralizó el tráfico aéreo creando un problema nacional. Hasta ahora, la huelga de AENA se ha limitado a un conflicto local en el aeropuerto de El Prat. Cierto que comienza a extenderse la actitud a otros aeropuertos. Mi interlocutor juzgaba que la tibieza de la respuesta del Gobierno favorece, por mimetismo, que el virus se propague. Los sindicatos aprecian debilidad y tratan de sacar provecho, comentaba. Sin embargo, la presencia de la Guardia Civil en El Prat y el requerimiento de un laudo arbitral tiene, para otros, poco de tibia. Y no hay más que repasar algunos títulos periodísticos de estos días para comprobarlo. ¿Cómo revertir la posibilidad del contagio de un modo razonable? Este es un problema político que el Gobierno tendrá que afrontar con cautela y firmeza, con comedimiento.

https://twitter.com/CCOO/status/898079877529825280

La medida de si la respuesta es blanda o excesiva la da la consideración de las circunstancias. El Gobierno de Zapatero jugaba con el viento a favor, mientras que el actual juega con el viento en contra. Si se cuenta con la predisposición favorable de la oposición, el viento sopla a favor. En 2010, Zapatero confiaba en la implícita aceptación de la oposición a aceptar una decisión tan expuesta a una crítica demagógica y maximalista como la “militarización”. Hoy no se puede confiar en que la oposición sea tácitamente favorable a una medida contundente. Si no se puede contar con su anuencia para abordar un asunto tan delicado como el desafío “secesionista” de la Generalitat, menos asentimiento cabe esperar en un conflicto de raigambre más laboral que política. Pensar que el propulsor del “plurinacionalismo” no vaya a aprovechar una decisión más enérgica del Gobierno para hacer demagogia, mientras tacha de “inmovilismo” que se ciña a la legalidad constitucional, es un exceso de candidez. No se puede esperar esa indulgencia del PSOE; menos, la complicidad de Podemos y habría que esperar a ver cómo reaccionaría el no siempre previsible socio Ciudadanos.

La ausencia de una Prensa moderada

Tampoco se cuenta con la imparcialidad de una Prensa moderada. No habría que esperar mucho para que la decisión de militarizar se calificase de autoritarismo antidemocrático. Rajoy y Donald Trump compartirían en las aperturas de los telediarios y en la prensa los mismos titulares. Y no es que el Gobierno haya de tener miedo a los comentarios de la Prensa o que haya que atenuarse la crítica al Gobierno, sino que hay que ponderar los riesgos que se corren. Erosionar la imagen del gabinete tildándolo ahora de debilidad, mientras los enemigos del Estado tratan de acorralarlo acusándolo de rigor antidemocrático es tirar piedras contra el propio tejado. Parafraseando a Gracián, reprobarlo todo es malicia cuando a un tiempo se desea un príncipe guerrero y otro pacífico.

Imagen de portada: El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, durante un acto de campña | Partido Popular.
Escrito por

Periodista y escritor. Profesor emérito de la USP CEU.

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