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Pekín cierra la tenaza sobre Hong Kong . La asimilación al régimen chino es inexorable

La asimilación de Hong Kong al régimen central chino va a buen ritmo y gran parte de sus 7,4 millones de habitantes albergan el sentimiento de que Pekín ganará inexorablemente la partida final. El 40% de los jóvenes quiere emigrar de la antigua colonia británica.

“Yo soy chino” será en adelante la primera frase que cada mañana deberán pronunciar los pequeños hongkoneses en los jardines de infancia y en todas las escuelas de primaria. Es la primera medida adoptada por la nueva jefa del Ejecutivo de Hong Kong, Carrie Lam, que tomó posesión de su cargo, bendecida con la presencia del presidente, Xi Jinping, coincidiendo con la conmemoración del vigésimo aniversario del abandono por los ingleses de la antigua colonia.

No es una ley inocente. En 1997, un 30% de los hongkoneses se autoproclamaban chinos y se reconocían miembros, aunque con sus propias peculiaridades, de la gigantesca y múltiple identidad china. Hoy, a tenor de una encuesta realizada por la Universidad de Hong Kong, solo se declaran chinos el 3,1% de los jóvenes.

Para remediarlo, la nueva máxima dirigente de la isla impondrá planes de estudio en los que la Historia de China será asignatura obligatoria y fundamental, obviamente conforme a los libros de texto visados por Pekín. Carrie Lam, elegida en marzo pasado por 777 miembros de un comité de 1.163 delegados, todos ellos supervisados por el Gobierno Central, no es precisamente una líder muy popular. Ese mismo procedimiento electoral ha sido denunciado por los movimientos opositores como “una imposición de Pekín, ajena al espíritu democrático de Hong Kong”, protestas que como tantas otras han sido ignoradas sin la menor contemplación.

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Teóricamente, a Hong Kong le quedan aún 30 años, hasta 2047, de disfrute transitorio del estatus por el que el Reino Unido retrocedía aquel territorio a China, tras 156 años de ocupación. El 1 de julio de 1997, tras arriarse la Union Jack, el buque Britannia zarpaba del Puerto Victoria llevando a bordo al príncipe Carlos, al entonces primer ministro Tony Blair, y al último gobernador británico de la colonia, Chris Patten, a quien luego colocaría Londres como comisario de la Unión Europea.

El menudo ideólogo chino Deng Xiaoping, hábil transformador del implacable comunismo maoísta en un régimen capitalista bajo la estricta supervisión del Partido Comunista Chino (PCC), había permitido que los británicos salvaran la cara mediante la adopción del principio “un solo país, dos sistemas”. Reconocimiento, por tanto, de que Hong Kong era suelo chino, pero en el que se tolerarían, durante los primeros 50 años a partir de ese momento, las libertades de prensa y de elección de sus dirigentes, así como el sistema judicial propio, con su independencia del poder político como principal signo distintivo. Todo ello, recogido en una Ley Básica, especie de Constitución del territorio autónomo.

El Ejército del Pueblo y la línea roja

La vuelta al seno de “la madre patria” se escenificó mediante el despliegue de 4.000 soldados, llegados a la isla por barco, aviones y trenes. Desde entonces, la presencia de soldados uniformados chinos en Hong Kong ha sido escasa. Solo hasta este momento en que el presidente Xi Jinping se subió a un jeep para revistar al grueso de las tropas chinas destacadas en Hong Kong, antes de prometer que mantendría el sistema especial del territorio, pero advirtiendo a los disidentes de que no intenten traspasar “la línea roja”.

¿Y dónde sitúa Xi Jinping esa línea roja? Pues en el mismo nivel en que ya la ha colocado en el propio territorio de la China Continental, cuya Ley de Seguridad Nacional refuerza la autoridad de la Policía y los Servicios Secretos so pretexto de la lucha contra el terrorismo. Xi ha anunciado sin ambages que una ley semejante ha de establecerse en Hong Kong. Y esta vez tiene todos los visos de aprobarse e implantarse. Pekín ya intentó hacerlo en 2003, pero replegó velas cuando millón y medio de personas ocuparon las calles y se declararon dispuestas a permanecer en ellas el tiempo que fuese necesario para impedirlo.

Los dirigentes de Pekín aprendieron, no obstante, la lección. Habían prometido que los comicios de 2017, en los que se ha elegido a la nueva primera ministra, Carrie Lam, serían por sufragio universal, pero las reformas no fueron precisamente en ese sentido. Eso, además de otras maniobras, consideradas como “injerencias” en el autogobierno de la isla, motivaron en 2014 el estallido de la conocida como Revolución de los paraguas. Durante 79 días, centenares de miles de manifestantes acamparon en el puerto y en las principales arterias de la ciudad, especialmente en su potente corazón financiero. El movimiento concluyó por cansancio, sin que Pekín modificara un ápice su postura.

En estos tres años, otros episodios están contribuyendo a que gran parte de los 7,4 millones de habitantes de Hong Kong alberguen el sentimiento de que Pekín ganará inexorablemente la partida final. La detención, secuestro y posterior aparición ante las cámaras de televisión de cinco conocidos libreros de Hong Kong, distribuidores de textos críticos con el régimen, fue una mazazo mayor para los disidentes, entre ellos el jovencísimo Joshua Wong, detenido una vez más la semana previa a la conmemoración de estos 20 años del abandono de Hong Kong por el Reino Unido. La confesión pública de sus “delitos” situó a estos libreros y editores en línea con las purgas del más rancio stalinismo o con las humillaciones de la no menos sangrienta Revolución Cultural de Mao Zedong.

De función simbólica a ganar batallas

Otros signos también constituyen indicadores de que la asimilación de Hong Kong al régimen central chino va a buen ritmo. Por ejemplo, el comportamiento de los 29.000 policías de este territorio autónomo van incorporando las técnicas represivas de Pekín, abandonando progresivamente el comportamiento más tolerante frente a manifestantes, y especialmente con los detenidos, que les legaron los británicos.

También hay que inscribir en este progresivo cierre de la tenaza china sobre Hong Kong las últimas advertencias del Ejército. El pasado junio, Yuan Yubai, comandante en jefe de la región militar del sudeste chino, y Wei Liang, comisario político de la misma, escribían un artículo en el diario del PCC Qiushi (Buscando la Verdad), en el que manifestaban que “la guarnición [militar] de Hong Kong podría asumir pronto tareas más allá de su actual función simbólica. Esta es fundamentalmente la de expresar la soberanía [de Pekín sobre Hong Kong], pero podría evolucionar hacia un modelo de fuerza capaz de ganar batallas”.

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Semejante afirmación es más que una advertencia, equivalente a la disposición del ejército chino a demostrar a los hongkoneses que cualquier resistencia será inútil ante la disposición militar a aplastar nuevas disidencias. De hecho, esa presencia militar se hará cada vez más ostensible, empezando por la inminente visita del primer portaviones chino, el Liaoning, con la excusa de participar en los fastos conmemorativos.

La evolución de los acontecimientos en Hong Kong es seguida con mucha atención por sus cercanos vecinos de Taiwan, “la isla rebelde”, cuyas relaciones con Pekín se han enfriado a raíz de la elección de la presidenta Tsai Ing-wen, más proclive que sus antecesores a mantener las distancias con la China continental y a no dejarse fagocitar por Pekín.

En la isla intentará buscar refugio un buen número de jóvenes hongkoneses que no ve futuro a su actual situación. Según una encuesta del taiwanés The Liberty Times, realizada por el Hong Kong Institute of Asia-Pacific Studies, un 40% de jóvenes quiere emigrar de la antigua colonia británica, principalmente a Estados Unidos, Australia y Canadá, pero también, en un 16%, a “un Taiwan autónomo, que China quiere anexionar”.

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Los factores del descontento no son, en cambio, tan distintos de otras latitudes: desigualdades sociales, que se han disparado en los últimos años; salarios estancados, con pérdida progresiva de poder adquisitivo, y burbuja inmobiliaria que impide el acceso a la vivienda a las nuevas generaciones. Y parece evidente que existe una enorme desconfianza en que el Gobierno Central de China les colme tales aspiraciones.

Imagen de portada: Vista aérea de Hong Kong
Escrito por

Periodista. Cofundador de Euronews y fundador y primer director del Canal 24 Horas de TVE.

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