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Homenajes a etarras: un signo de la debilidad del nacionalismo radical en el País Vasco

El último homenaje a la integrante de la banda Belén González Peñalva ha provocado que el Colectivo de Víctimas del Terrorismo (COVITE) haya denunciado que este “culto al terrorismo es un fenómeno inconcebible en Europa y que, en nuestro país, las instituciones consienten”.

El fallecimiento de la etarra Belén González Peñalva mientras cumplía condena en prisión atenuada —como corresponde, de acuerdo con la legislación penitenciaria, a los reclusos con una enfermedad terminal— y el ulterior homenaje que se le tributó en el frontón de Lazcano (Guipúzcoa) han vuelto a poner sobre la mesa de la actualidad la pervivencia de la organización terrorista de la que ella fue dirigente. Esos homenajes constituyen, evidentemente, actos de enaltecimiento del terrorismo y humillación a sus víctimas, un delito este que, tipificado en el Código Penal, es cada vez menos perseguido de oficio y sobre el que, por el contrario, insisten las asociaciones que agrupan a estas últimas. En el caso de González Peñalva, ha tenido que ser COVITE el que ha instado la actuación de la Audiencia Nacional, recordando que “el culto al terrorismo latente en las calles del País Vasco y de Navarra es un fenómeno inconcebible en cualquier lugar de Europa y que, en nuestro país, las instituciones consienten”. Es verdaderamente lamentable que sea así, de manera que las víctimas de ETA se vean abandonadas por los poderes político y judicial, a quienes, según parece, les interesan más los asuntos relativos al terrorismo yihadista y consideran que el de ETA y los etarras son un asunto prácticamente acabado al que no merece la pena dedicar recursos.

 

No negaré que este diagnóstico tiene una base real, aunque no pueda darse por acabada una organización terrorista hasta su efectiva disolución. Más aún, como es el caso, si esa organización deja como herencia un partido político que necesita para legitimarse ante su electorado una permanente apelación a su origen. En efecto, ETA es actualmente una banda residual a la que apenas le quedan militantes activos, pues la mayor parte de ellos —poco más de tres centenares— se encuentran encarcelados en España y Francia o exiliados. Además, entre los presos ha cundido el desánimo y una mayoría parecen dispuestos a plegarse a la legalidad para poder beneficiarse de un adelanto en su excarcelación mediante el acceso al tercer grado. Y lo mismo puede decirse de los huidos que hacen gestiones para acelerar su regreso a España. Dada la actual distribución de los presos en función del grado de cumplimiento de sus condenas, es probable que en dos o tres años las cárceles se vean casi vaciadas de etarras y solo queden en ellas los sentenciados más recientemente por delitos de sangre a largas penas que no se extinguirán hasta la década de 2030.

Por tanto, cabe esperar que en un plazo relativamente corto haya entre un centenar y medio y dos centenares de presos que vuelvan a sus lugares de origen tras haber cumplido su condena. Para muchos de ellos, la recepción será silenciosa; pero, para otros, los más significados, los homenajes estarán en el orden del día, pues la izquierda abertzale, el partido de ETA, necesita perentoriamente reafirmar sus raíces para evitar la dispersión de sus bases militantes y electorales. Prueba de ello es el compromiso y la participación de los principales dirigentes en los actos que ya se vienen desarrollando: en el tributado a Belén González Peñalva estuvieron Antón López Ruiz Kubati, Arnaldo Otegi, Rafael Díez Usabiaga y la actual responsable de Sortu en Navarra, Miren Zabaleta. Fue esta última la que, emocionada, dijo: “Por ti, Belén, y por todos los que habéis luchado, seguimos adelante”.

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No debe olvidarse a este respecto que, después del fracaso de la vía secesionista que lideró el lehendakari Juan José Ibarretxe tras el Pacto de Lizarra entre el PNV y ETA, el independentismo entró en una fase de descrédito entre el electorado vasco; y que, tras la fallida experiencia de la gestión de Patxi López en el Gobierno vasco, el nacionalismo tradicional encontró un apoyo creciente en la misma medida en la que su partido —el PNV— se apartaba de las veleidades separatistas de su antiguo dirigente. Aunque hay discrepancia entre los distintos barómetros de opinión, parece indudable que el nivel del independentismo en la opinión pública vasca es actualmente uno de los más bajos de cuantos se han medido durante las cuatro últimas décadas. Y ello supone un reto difícil de abordar para Sortu, el partido que ha recogido la herencia del viejo Movimiento de Liberación Nacional Vasco, que lideró y aglutinó la organización terrorista. Por eso, sus dirigentes se ven impelidos a legitimarse en ese legado, realizando, en cuanta ocasión tienen, homenajes a los etarras muertos o excarcelados. En estas circunstancias, cabe esperar que ese tipo de actos se multiplique a medida que los presos etarras vayan cumpliendo sus condenas. De ahí que impedirlos no sea solo un deber de justicia para con las víctimas del terrorismo, sino también un modo de debilitar el proyecto totalitario que sobrevive a la decadencia final de ETA.

Imagen de portada: Uno de los últimos homenajes a etarras, el de la integrante de la banda Belén González Peñalva, en Lazcao (Guipúzcoa) | COVITE
Escrito por

Catedrático de Economía en la Universidad Complutense de Madrid.​

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