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Resaca electoral . Todos pierden, pero Rajoy ha conseguido desautorizar el antiespañolismo

Las elecciones catalanas han disgustado a todos. Aunque ha sido una derrota para el PP, el Gobierno y los españoles han ganado más de lo que los adversarios reconocen. A Ciudadanos le sonríe el futuro, en el PSOE hay silencio y los independentistas sufren una gran fractura interna y externa. Rajoy, que ha logrado que el antiespañolismo quede desautorizado, merece salir por la puerta grande y la mejor forma que tiene para hacerlo es preparar con tiempo su sustitución en el partido.

Suele decirse que nunca llueve a gusto de todos, pero que las elecciones acaban a gusto de todos. Al menos, eso suele desprenderse de los comentarios del día siguiente. En estos días se invierten los términos. Llueve a gusto de todos, aunque no lo suficiente para paliar la sequía, y las elecciones han dado disgustos a todos, aunque no a todos en la misma proporción.

Estaría de más que el Partido Popular tratara de fingir una victoria. Ha sido una derrota en toda regla. Lo mejor que han podido hacer el partido y el Gobierno es no enmascarar la evidencia. Pero, ¿qué ha sido derrotado? Si se distingue entre el partido y el Gobierno, la respuesta es distinta. No, el Gobierno no ha perdido al aplicar el 155. Aunque no haya ganado todo lo que algunos pretendían y los adversarios se mofen por el desplante electoral, el Gobierno y, de paso, los españoles han ganado bastante más de lo que sus adversarios están prestos a reconocer.

La aplicación del 155

Para muchos, ha sido timorato aplicar a destiempo y por poco tiempo el artículo 155. Es cuestión de interpretaciones. Algunos se hicieron ilusiones desmesuradas y otros creen que el tiempo corría a favor de los partidos constitucionales. Personalmente, pienso que una situación delicada hay que tratarla con delicadeza. Y el artículo 155 se aplicó sin dureza, pero con la precisión necesaria y muchas posibilidades pendientes hoy de aplicación.

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El Gobierno consiguió traer a la causa del 155 al Partido Socialista, obsesivamente estancado en el “no es no”. Fue “sí”. El Partido Socialista no pudo zafarse. Invirtió luego su patrimonio de credibilidad electoral en una oferta transversal, que no fue respaldada, y ahora lo atrapa en un resultado desalentador. Si en el PP y en el Gobierno hay caras bajas y rostros alicaídos, en el PSOE hay silencio y oscuridad. Sus líderes han desaparecido del mapa. Su perspectiva para el asalto al poder vuelve a horas de antaño.

La fractura del independentismo

El independentismo tendrá el gobierno, sí, a costa de una gran fractura que tarde o temprano pagarán. Fractura externa, la que ellos han abierto entre los propios catalanes; e interna, pues no hay peor enemigo que la cuña de la propia madera. Dos rivales que han de sentarse a la mesa para discutirse un mercado electoral algo mermado. Y con ayuda de una CUP más castigada, si cabe, que el Partido Popular. Eso no son malas noticias. Al menos, para quienes sitúan la Constitución de todos por encima de la nación de algunos.

No ha ganado el constitucionalismo. Pero tampoco ha perdido. Está mejor colocado. Ciudadanos no es fuerza suficiente para arrebatar junto con el PSOE una victoria parlamentaria a los independentistas, pero le sonríe el futuro electoral y, si el PSOE no cambia, no tendrá que ir al caladero popular para alimentarse. Y eso lo tiene que facilitar el Gobierno si quiere salvar al PP y a la Monarquía constitucional.

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A estas alturas, Mariano Rajoy ha hecho casi todo lo que podía hacer en sus circunstancias. El órdago independentista aprovechó dos elecciones consecutivas que debilitaron la gobernanza. “Esta vez, o nunca”, se dijeron, desafiando a un Gobierno en minoría, dependiente del nacionalismo vasco, enfrentado a una oposición socialista desaforada. El antiespañolismo, disfrazado de antisistema, queda desautorizado. No le reconocerán el mérito, pero no deja de ser suyo. Para continuar la labor del 155, no tiene necesidad de colaboración socialista, le basta con Ciudadanos y la mayoría del Senado.

El futuro de Rajoy

Queda pendiente a Rajoy cómo asegurar la continuidad del PP ante un devenir incierto. Lo puede asegurar su salida personal. Para hacer este comentario, no necesito corregir el punto de vista que, durante meses, he mantenido en los artículos en El Debate de hoy. Como decía Julio Camba, un plagio se justifica cuando alguien se plagia a sí mismo. Así que recurriré a esa indulgencia. En el mes de junio, escribía en El Debate de hoy:

“¿Qué pasa ahora con Rajoy?… Quienes no advierten su competencia política no podrán comprender cómo, a pesar de los pesares, no solo mantiene su liderazgo, también su eficacia como gobernante. La mayor debilidad de sus opositores es su empeño en desfigurar sus méritos caricaturizando o menospreciando una imagen cuya adecuación desmienten sus continuos éxitos en cualesquiera circunstancias. Pero eso no quita que la herida de la corrupción siga supurando. Tampoco que las continuas e imprevisibles supuraciones de la llaga lastren los méritos gestores del partido. Mientras los populares no expresen un signo inequívoco de que echa por la borda el pasado abordando su renovación, la corrupción quedará pendiente ante la opinión pública como factura no atendida satisfactoriamente… Rajoy merece salir por la puerta grande y la mejor forma de hacerlo es, como ya hizo Aznar, ir preparando con tiempo su sustitución. Imaginemos unas elecciones futuras con un nuevo líder consensuado en el partido por iniciativa del propio Rajoy”.

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Rajoy no tiene nada que perder. Está en posición de fuerza para, si hace falta, aplicar la puntilla al independentismo y salir de la plaza, no a hombros, pero dignamente. Y salir con la legislatura dando paso a un partido de centro derecha renovado, compatible con un partido de centro izquierda que desplace al Partido Socialista mientras Pedro Sánchez se empeñe en llevarlo adonde lo lleva. Podemos se basta y se sobra a sí mismo para proseguir su camino de empeorar mañana lo que empeoró ayer.

Es una salida que puede estar pergeñándose. Así se comprende el mutis por el foro del influyente Jorge Moragas, el silencio estridente de la vicepresidenta del Gobierno, coordinadora de la gestión catalana. Lo peor, aquella imagen de las fuerzas policiales empujando a civiles con niños en brazos que se mostró al mundo. Pudo haberse evitado si la gestora y sus mandos no hubieran confiado en el ahora investigado Trapero y se hubiera entrado en los colegios 48 horas antes de ir a votar, no aquella aciaga madrugada. Esa imagen tiene una responsable. Su silencio se comprende mejor que si hablara.

Imagen de portada: El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, durante la rueda de prensa en La Moncloa en la que ofrece el balance de 2017 | La Moncloa
Escrito por

Periodista y escritor. Profesor emérito de la USP CEU.

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