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La ficción independentista y el ridículo: dicen defender la democracia mientras la pisotean

Dicen que, durante el golpe del 23 de febrero, Esnaola y otros camaradas de la época cogieron una barca de remos para huir a Biarritz. En Cataluña no hará falta golpe antes de octubre para que ocurra. 

El sesudo Marc Álvaro, asegura en su último artículo, al salir de vacaciones, que estamos ante “el teatro del miedo… maniobras que evocan métodos de otras épocas en un contexto democrático”. Frente al temor, los independentistas se juramentan para “defender la democracia”.

Por eso, los turistas que llegan a Cataluña regresan asustados, no por la CUP que asalta sus autobuses, sino por si la Guardia Civil interroga a los asaltantes. Gracias a la defensa democrática independentista, la BBC, The Guardian, The Times dedican tanto tiempo a informar de los autobuses turísticos como del régimen de Nicolás Maduro. Carles Puigdemont anuncia heroicamente su disposición a ir a la trena como Leopoldo López. La CUP se encapucha para pinchar bicicletas turísticas ante la amenaza de ser interrogados en el cuartelillo más cercano. Mientras asombra a las embajadas por denunciar a los “poderes del Estado” del que forma parte, la Generalitat suplica al Tribunal Constitucional. El eurodiputado Terricabras llama la atención al Parlamento Europeo dispuesto a librar una guerra de hambre. Falta poco para que los demócratas defensores insten al Consejo de Derechos Humanos de la ONU a que estudie su indefensión. Recurrirán al testimonio de la patronal CECOT, desgajada de Foment del Treball, “aliada del inmovilismo y la intolerancia del Estado español”. Madrid les roba Naturhouse que decide trasladarse de Barcelona por “razones operativas”…

No temen al ridículo. En Cataluña se quejan los que mandan, administran el presupuesto, están en el gobierno, dominan las instituciones y se aprovechan de ellas. Los que controlan la televisión y la radio, se aseguran de la docilidad de periódicos y radios independientes dispensando publicidad institucional, condicionan a los colegios privados para que implanten un sistema cultural unitario, hacen leyes ad hoc como Maduro en un parlamento autónomo. Exhiben este impresionante curriculum de su lucha por la democracia mientras imponen su pretensión de independencia, conculcan los derechos personales, anteponen la identidad de una nación fantaseada. ¿Amenazan a la democracia los jueces que aprueban exhibición de su estelada en los campos de fútbol como manifestación de la libertad de expresión? ¿La Guardia Civil cuando interrogo por autorización judicial? ¿Los jueces que llevaron al Jefe del Gobierno a pasar por un tribunal como testigo cuando permitieron a los independentistas testificar a domicilio?

El independentismo descarrila: más autonomía sin independencia

Dispuestos a laminar a quienes no comparten sus motivos, describen una Cataluña imaginaria. El victimismo demagógico sustituye la realidad por la ficción tras grandes palabras: “el gobierno de Cataluña dice basta; denunciaremos a todas las personas que entendemos que pueden atacar derechos fundamentales”. ¿Los derechos que protege la Constitución, los que ponen a prueba cuando la vulneran o cuando suplican al Tribunal para protegerse del Estado que los ataca?

La mentira se deshará por sí sola como en los ardores del verano más rápidamente se derrite el hielo. Y eso es lo que les asusta. ¿Aplacar a esta gente? ¿Apaciguarlos como Chamberlain trató de apaciguar al Reich buscando terceras vías, plurinacionalismos a la carta, federalismos asimétricos? Como el victimismo es una falsedad a ojos vistas, buscan provocar desesperadamente con bravuconadas la foto que acerque la realidad a su fábula. ¿El heroísmo de Puigdemont, el “hambre” de Terricabras, la prefabricada diada que se avecina? No van a hacer falta “medidas extremas”. Como “golpe” bastará con que una multa haga peligrar una pequeña parte del sueldo.

Han patentado la ocurrencia de la nación catalana y, al tratar de obtener el rendimiento de esa invención, se ven obligados a alimentar la ficción de la “defensa de la democracia”. ¿Por qué oponerse a un referéndum que nos saque de dudas? El argumento es desmedidamente simplista, pero su simplicidad lo hace fácilmente manipulable. Denuncias a la Guardia Civil, derecho de autodeterminación de los pueblos catalanes para frenar el acoso del Estado español. Usan la palabra “democracia” como patente de corso de una parte del pueblo mientras ignoran a la otra parte de sí mismos, la vilipendian, la mienten. El Estado nos roba, decían, cuando acopiaban el tres por ciento.

¿Descubierto que “el Estado nos roba”, qué otra patraña aducirán el secesionismo para traicionar una fórmula que garantiza a todos la convivencia en los principios democráticos universales?

El Pledge of Allegiance, juramento de lealtad a la bandera americana reza así:
“Juro lealtad a mi bandera de los Estados Unidos de América y a la república que representa, una nación, bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos”.
¿Qué pensarán los obispos norteamericanos del juramento que defiende la indivisibilidad de una nación constituida, esta sí, por pueblos diferentes, por minorías procedentes de distintos países? Cuando la Conferencia Tarraconense cita las raíces cristianas de Cataluña, ¿no reparan los obispos en que son las mismas raíces cristianas del resto de los españoles? Las raíces que se asentaron durante el mismo proceso de romanización que liga a la Tarraconense con Segovia, Mérida y Cartagena y hubo que defenderlas de la misma amenaza que impulsó la resistencia desde Asturias.

Para el victimismo independentista, que el Estado se proclame “indivisible”, tras un referéndum que depositó la soberanía en el conjunto de los ciudadanos es una amenaza a la democracia. Una amenaza que el pueblo catalán votó en un referéndum para sancionar la Constitución Española como la norma que rige en libertad, justicia e igualdad a todos los ciudadanos. ¿Descubierto que “el Estado nos roba”, qué otra patraña aducirán el secesionismo para traicionar una fórmula que garantiza a todos la convivencia en los principios democráticos universales? Es la ruin fantasía con que políticos ambiciosos tratan de apoderarse del estatuto que regula la vida del conjunto.

Imagen de portada: El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, junto al vicepresidente Oriol Junqueras, el conseller de la Presidencia Jordi Turull y el conseller de Exteriores, Raül Romeva, durante el pleno del parlamento de Cataluña | Agencia EFE
Escrito por

Periodista y escritor. Profesor emérito de la USP CEU.

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