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La revancha de los Le Pen . Las llaves del Elíseo las tienen los votantes socialistas franceses

Dos candidatos aglutinan el voto del desencanto y el aburrimiento. Le Pen y Mélenchon. Si ambos pasaran a la segunda vuelta, el populismo antieuropeo, proteccionista y antiliberal se haría con los mandos de uno de los dos pilares de la UE.

En las presidenciales de 2002, Jean-Marie Le Pen contó con el apoyo de casi el 17% de los votos en primera vuelta y el 18% en segunda. Entonces existía un pacto no escrito entre sus adversarios, una alianza tácita por la República que se activó en torno al candidato que pasó al ‘ballotage’. En esa segunda ronda, el conservador Chirac obtuvo el 80% de los sufragios y reunió los apoyos del socialista Jospin, el ‘naranja’ Chevènement, el democristiano Bayrou e incluso de algunos candidatos situados en el ala izquierda.

Los expertos que creen que Marine Le Pen puede ganar la Presidencia de Francia observan también aquella elección de 2002. Hoy Le Pen ha consolidado y elevado su suelo electoral. Puede que lo doble respecto de 2002 en segunda vuelta. Además, la alianza ‘antipopulista’ se ha desintegrado. Las rencillas y diferencias entre candidatos reducen la posibilidad de un respaldo conjunto al candidato sistémico que obtenga plaza en las urnas para el 7 de mayo. Quizás no tanto por la falta de voluntad de los líderes –Macron, Hamon y Fillon-, que presumiblemente unirán con desgana y a regañadientes sus fuerzas, y de paso su destino, sino por la distancia que separa a sus votantes, que albergan, según las encuestas, poderosas razones para no votar al rival. La sociedad francesa se ha polarizado y partido también por el centro.

Las rencillas y diferencias entre candidatos reducen la posibilidad de un respaldo conjunto al candidato sistémico que obtenga plaza en las urnas para el 7 de mayo

Por tanto, la gran baza de Le Pen es beneficiarse de la indignación y las grietas de la República. Sobre todo porque ella ya ha sedimentado sus adhesiones. Según el investigador Jérôme Jaffré, son los votantes del FN –también los de Francia Insumisa de Mélenchon– los que tienen más claro su voto. Lo cual resulta obvio, pero arroja un apunte preocupante: sus porcentajes de adhesión son mucho más elevados que los de sus adversarios, cuyos votantes declaran su preferencia por “descarte” o “defecto”. Los porcentajes más altos de voto por descarte o defecto corresponden a los electores situados en los puntos intermedios de la escala ideológica (centro izquierda, centro y centro derecha), donde además se ubican los indecisos.

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Es decir, lo raro no es que los extremos gocen de apoyos más sólidos, sino que el votante situado en el medio de la escala no se agrupe en segunda vuelta. Lo alarmante sería que el voto por descarte no opere de manera diferente en la segunda vuelta y se mantengan los vetos entre electores a candidatos sistémicos. Esto es, que aquellos socialistas que votaron a Chirac “con una pinza en la nariz” en 2002 no hagan lo mismo con Macron, y mucho menos con Fillon, en 2017.

Los porcentajes más altos de voto por descarte o defecto corresponden a los electores situados en los puntos intermedios de la escala ideológica

Sobra decir que a todo ello ha contribuido la debacle y escisión de la socialdemocracia francesa, los efectos retardados del ‘sarkozysmo’ y el escándalo que acompaña a Fillon durante toda la campaña. El candidato conservador se mantuvo en la carrera y cuenta con el voto oculto. Jaffré muestra en otro estudio sobre los votantes de Macron, y en función de otros datos obtenidos hace varios meses, que el candidato liberal es la segunda preferencia más solida. Por eso, las encuestas lo aúpan al Palacio del Elíseo en caso de que pase a segunda vuelta, ya que le debe bastar con el voto conservador y liberal progresista.

Otra diferencia respecto de 2002 es que Le Pen comparte espacio populista con el candidato de extrema izquierda. Por tanto, no solo es que su discurso se haya hecho un hueco entre las cuestiones que marcan la agenda, sino que los vectores sobre los que se articula son compartidos por Mélenchon. Es decir, no hay un rechazo explícito a sus propuestas, que ya no son objeto de censura social. Es otra manifestación más de la crisis de la política, o sea, de la crisis de la República. La uniformidad y el exceso de corrección en el lenguaje, unidos a la profunda recesión económica, han erosionado la confianza en la política tradicional. La corrección, que durante años ejerció una función de salvaguardia del sistema, se ha vuelto contra él. Algo parecido ha pasado en Estados Unidos con la elección de Trump.

La uniformidad y el exceso de corrección en el lenguaje, unidos a la profunda recesión económica, han erosionado la confianza en la política tradicional

De hecho, Le Pen se presenta no solo como “la patrona de los perdedores” –como señala con acierto el periodista Marc Bassets en El País-, también como la protectora de las clases medias. Si Le Monde en 2002 encontró en “la Francia de los olvidados” –extrarradios, zonas deprimidas y sur del país- el voto a su padre, ella trata de sumar a estratos intermedios. He aquí un hecho diferencial y muy significativo entre ambos comicios: en el fondo, Marine Le Pen se ofrece para recuperar la República, extraviada, según su discurso, por tecnócratas, las élites y la política de diseño y selectiva. Este es el gran riesgo que corre Francia y el hándicap de los candidatos sistémicos. Que un amplio abanico de clases medias considere que pasó su tiempo y que la República no puede estar ahora en peores manos. El voto al FN conserva sus orígenes: hombre, bajo nivel de estudios e ingresos, joven –se suman los mayores-, de clase obrera, periferia urbana y áreas industriales.

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Sin embargo, se ha hecho más trasversal y, como decimos, ha ampliado su base. En un tercer estudio del politólogo Jaffré, publicado también por SciencesPo, muestra que Le Pen incorpora sobre todo antiguos electores de Sarkozy, pero también hasta un 18% de sus nuevos votantes vienen de Hollande. Esto refuerza la tesis de que el votante sistémico ha perdido el miedo a Le Pen. Por otro lado, el profesor Pascal Perrineau aporta otras dos novedades: 1. El FN ha ampliado su electorado entre funcionarios públicos y 2. En cuanto a la variable “nivel de ingresos”, sus votantes se distribuyen más equitativamente que hace 15 años.

Marine Le Pen se ofrece para recuperar la República, extraviada, según su discurso, por tecnócratas, las élites y la política de diseño y selectiva

Dos candidatos aglutinan el voto del desencanto y el aburrimiento. Le Pen y Mélenchon. Si ambos pasaran a la segunda vuelta, el populismo antieuropeo, proteccionista y antiliberal se haría con los mandos de uno de los dos pilares de la UE. Ambos han resucitado el viejo enfrentamiento con Alemania, culpando a Merkel de la situación de los trabajadores franceses. Lo cual supone una amenaza para la estabilidad del continente y el futuro de la Unión.

En ninguna otra convocatoria anterior el voto táctico entre los electores del centro del espectro ha ejercido tanta influencia en primera vuelta. La cuestión que sopesan es: a quién de los tres -o de los dos, si excluimos al socialista Hamon– elegir para enfrentarse a Le Pen. Las llaves del Elíseo las tienen los votantes socialistas y en menor medida los ‘sarkozyanos’, los que no compiten y votarán por descarte.

Foto de portada: La presidenta del partido de ultraderecha Frente Nacional (FN), Marie Le Pen (dcha), y su padre, el expresidente del partido Jean-Marie Le Pen (izda) | Agencia EFE
Escrito por

Máster en Periodismo por la USP CEU-El Mundo. Profesor de la UC3M y autor de "Presidentes de Estados Unidos" (ed. La Esfera de los Libros). Articulista de El Mundo y colaborador de 'Buenos Días Madrid', en Onda Madrid

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