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Lejos de Arcadia . La DUI, una farsa que deja al Govern solo en la calle y en el Parlament

La DUI de la tarde del 10 de octubre fue una declaración a plazos. Los independentistas convencidos ven la representación de esta farsa como una derrota. El Govern está perdiendo el dominio de la calle, se ha quedado en minoría en el Parlament y solo tiene acceso al diálogo con el Estado a condición de que retorne al marco constitucional.

El problema inherente a la inflación de expectativas es que, tarde o temprano, los afectados van a exigir el cumplimiento de las mismas y, al ser el cumplimiento inviable, el resultado es necesariamente la decepción. Algo de esto ha venido a ocurrir el 10 de octubre en Cataluña. En principio, todo parecía apuntar a que el Sr. Puigdemont iba a proceder a proponer al Parlament la adopción de una Declaración Unilateral de Independencia (DUI), cuyo texto, previamente redactado, puede verse en el documento, de retórica más bien bombástica, que firmaron una parte de los diputados tras finalizar la sesión de la Cámara, significativamente, fuera del salón de sesiones. Pero esa tarde, entre las tres y las seis, algo pasó y, como consecuencia de ese algo, hubo dos cosas: primero, un retraso; segundo, la representación de una farsa, de algo “muy complejo”, como señaló con ironía el Sr. Iceta.

Ese “algo pasó” es bien simple: el Govern se encontró con que la DUI no contaba con el voto favorable de una parte de los diputados de Junts pel Sí, no sabemos cuántos, pero su número no puede ser inferior a cinco. De ello se seguía que la DUI no contaba con votos suficientes para su aprobación y, por tanto, no iba a pasar. Esa tarde, el Parlament no podía declarar la independencia; es lo que tienen las votaciones, que los malos ganan cuando son más, como advertía Muñoz Seca. Para cubrir el expediente, y mostrando una vez más su exquisito respeto por las leyes, a comenzar por las suyas, se incumplió la suspendida ley del referéndum (que establece que es el Parlament quien tiene que proclamar los resultados y, con ellos, la independencia) y, en su lugar, el Sr. Presidente hizo una “como” declaración a plazos y los diputados independentistas hicieron una “como” declaración solemne en una habitación del edificio, y no en el salón de sesiones, símbolo que no es casual precisamente. Naturalmente, los cupaires pusieron el grito en el cielo, cubrieron el expediente firmando el papel y anunciaron su salida del Parlament y su propósito de activar la calle. Desde esa noche, el Govern está en minoría en el Parlament.

La realidad, ese visitante molesto

Lo que alumbró la disidencia en el seno de la mayoría parlamentaria e impuso la sustitución de la DUI por un sucedáneo es la irrupción en el escenario de un visitante molesto: la realidad. La manifestación del domingo anterior rompió la imagen de un pueblo catalán homogéneo y unido bajo las banderas del secesionismo e hizo emerger a aquella parte del pueblo de Cataluña que no admite el desgarro que la secesión supone y ha perdido el miedo a decirlo en público. Desde ese domingo, es público y notorio que los” indepes” son una parte, y solo una parte, de la Cataluña realmente existente. El relato secesionista quedaba roto.

De otro lado, el mundo empresarial, cuya distancia con el procés ha ido creciendo mientras este avanzaba, ha roto tardíamente su silencio por la vía de los hechos: las grandes empresas han iniciado la migración y comienzan a seguirles las no tan grandes (lo que a la larga es incluso más dañino). La independencia sin costes deja de ser creíble. Adicionalmente, los ahorradores y depositantes hacen cola en los bancos para mover sus dineros a cuentas fuera de Cataluña, por lo que pueda pasar, porque hay miedo a lo desconocido, toda vez que lo que hay tras la posible DUI es precisamente eso: lo desconocido. Y no se espera que, cuando se llegue a conocer qué es lo que hay en aquella y tras aquella, las expectativas sean precisamente favorables. Además, no hay clase alguna de apoyo internacional, ni en la UE, ni fuera de la UE. Hay, eso sí, llamadas a algo a lo que el independentismo es alérgico: el diálogo, pero ojo, en el marco del orden constitucional y la legalidad democrática. Una parte relevante de la base social del independentismo se ha apercibido que los “indepes” la llevan al abismo. Y es eso lo que hay detrás de la disidencia en la mayoría parlamentaria. El movimiento ha dejado de avanzar y ha comenzado a retroceder. Por eso, los independentistas convencidos ven los sucesos de la tarde del 10 de octubre como lo que son: una derrota. Si alguna duda cupiere, vean ustedes en la televisión los rostros de los dirigentes de las dos principales asociaciones procesistas (Omnium y ANC).

Una DUI victimista y exclusivista

Con todo, el soberanismo no pudo dejar de mostrar su auténtico rostro: la non nata Declaración de independencia profesa expresamente un nacionalismo étnico, que se cierra a la convivencia con “los pueblos de la Península Ibérica”, exhibe un penoso victimismo, señala la auténtica razón del enfado con la sentencia del Estatut cuando habla de la “denegación del reconocimiento de Cataluña como nación” y, finalmente, revela claramente su exclusivismo: a la firma del papel solo se convocó a los diputados de los partidos independentistas y, ni siquiera por ‘cuquería’, se hace lo propio por los defensores del “derecho a decidir” de “Cataluña si que es pot”. Una buena lección para la izquierda más o menos autodeterminista.

Y ahora, ¿qué? El Govern está perdiendo el dominio de la calle, al defraudar esa noche a los activistas y desengancharse la CUP. Tiene que lidiar con una disidencia creciente en su seno, disidencia que, desde esa noche, va a ser doble: de los moderados y de los intransigentes; además, ha quedado en minoría en el Parlament y solo tiene acceso al diálogo con el Estado a condición de cerrar el procés y retornar al marco constitucional, para lo que no tiene mucho tiempo: el requerimiento del Gobierno no busca tanto clarificar la situación, cuanto dejar al Sr. Puigdemont el menor margen de tiempo posible y situarlo ante una alternativa en la que ambas posibilidades le son perjudiciales. Su única esperanza…

Al final, la estrategia pasiva ha alcanzado un éxito no tanto por el acierto propio cuanto por los errores ajenos. El riesgo está ahora en que la necesaria acción para restablecer la normalidad constitucional violada se haga de tal modo que procure la derrota del independentismo, pero evite hasta la apariencia de la humillación. Como advirtió con razón un político español de los años treinta, no hay en España gente más sentimental que los catalanes.

Imagen de portada: El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, durante su intervención en el Parlament, el 10 de octubre de 2017 | Parlament de Catalunya,
Escrito por

Jurista y analista político. Catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad CEU Cardenal Herrera. Fue senador por el CDS.

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