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La deslealtad nacionalista . El verdadero enemigo del Estado que la izquierda olvida

La izquierda española y parte de la alemana confunden la democracia con el resultado electoral, favoreciendo que media población pueda imponer la separación de un Estado constitucional a otra media que lo rechaza.

En una entrevista en televisión de preguntas para respuestas pagadas, Felipe González dijo que el diálogo político no puede ser democrático si una de las partes no cumple con las reglas del juego que se aplican al debate. Coincidió con lo que ha venido argumentando el Gobierno nacional desde que el catalán decidió recurrir a un referéndum ilegal. Añadió que no le gusta ver en la cárcel a dirigentes secesionistas porque el procedimiento a seguir debe ser lo más garantista posible. Pero, al tener en cuenta los riesgos de fuga, apreció que la huida de Carles Puigdemont puede explicar el encarcelamiento de Oriol Junqueras.

Al referirse a la aplicación del artículo 155, González entregó una baza a su interlocutor. Pero no en el sentido que podía esperar el entrevistador, que ponía en duda su aplicación, sino al contrario, pues reprochó que su aplicación no se hubiera decidido a tiempo para impedir un simulacro de referéndum nacionalista en 2014. ¿Era posible contar con el respaldo al 155 del PSOE en 2014, cuando tanto costó tenerlo en 2017? Esta es la cuestión de fondo. Los socialistas han respaldado a Mariano Rajoy en minoría cuando el asalto nacionalista estaba consumado, pero no lo hubieran hecho para prevenirlo cuando disponía de mayoría absoluta.

González dijo que advirtió a los nacionalistas de que están ahora más cerca de perder la autonomía que de ganar la independencia, porque su actitud anticonstitucional puede alimentar un descafeinado nacionalismo español, que podría sedimentar. Lo que importa de esta observación de González es que la España regulada por la Constitución de 1978 no es un Estado gobernado por un sentimiento nacionalista, mientras que los independentistas catalanes pretenden hacer de Cataluña una independencia al servicio de un sentimiento nacional.

El nacionalismo, español o catalán, es un sentimiento, y no hay razón para que el español no se exprese tan sentimentalmente como lo hace el catalán. Tan subjetiva y sentimental es una expresividad como la otra. Pero la Unión Europea no es una asociación sentimental de Estados, sino una comunidad de Estados constitucionales de derecho. Y este es el nudo gordiano del problema que González insinuó, y que problematiza la reciente resolución del land de Schleswig-Holstein de no entregar a Puigdemont por no apreciar delito de rebelión.

La entrevista a González da pie para analizar este nudo. El entrevistador le mostró dos portadas del diario ABC de diferentes años. Una en la que se presentaba cabizbajo al expresidente por haber cedido a las pretensiones del PNV para que respaldase su investidura en 1993. Otra en la que se presentaba a un José María Aznar triunfante por haber obtenido el respaldo de CIU en la investidura de 1996.

Alemania recurre al “no ofende quien quiere sino quien puede” para liberar a Puigdemont

Exhibió el locutor el distinto rasero que usa la derecha para juzgar una misma estrategia. Si se trata de que los socialistas lleguen al Gobierno, pactar es entonces una claudicación. Pero si se trata de que la derecha llegue al Gobierno, el pacto es un triunfo. La contraposición de las portadas expresa un problema de fondo que venía arrastrándose desde mucho antes. Pero son significativas, porque muestran la devaluación del meritorio consenso alcanzado en 1978 por izquierda y derecha para delimitar, entre ambas y con los nacionalistas, un espacio de convivencia democrática reglada.

Pero el desencuentro en lo fundamental viene de más atrás. Procede de cuando la derecha creyó inocentemente en el caso Banca Catalana que el nacionalismo era su aliado natural. No apreció que lo importante era preservar el espacio de juego común garantizado por la Constitución para que la división entre izquierda y derecha les permitiera alternarse como leal oposición dentro del reconocimiento mutuo. La dificultad de ganar a Felipe González desde que se desintegró UCD la llevó a confiar más en los nacionalistas que en el proceso judicial. La raíz del desafuero es muy anterior a las portadas.

Cuando la corrupción que ya anegaba al PSOE pudo quedar empalidecida por la del partido conservador en Cataluña, cuya primera eclosión fue Banca Catalana, la derecha optó por apoyar al nacionalismo en lugar de colaborar a que se juzgara. Desde que en 1986 los fiscales José María Mena y Carlos Jiménez Villarejo presentaran la querella contra los consejeros del banco, incluido Jordi Pujol, a quien interrogaron, ambos hubieron de soportar la presión del nacionalismo y de la prensa conservadora. Lo relevante fue que, entre aceptar que el socialismo desbancara al nacionalismo de CIU o que persistiera un Gobierno conservador en Cataluña, la derecha optó por denunciar una maniobra socialista en lugar de tomar partido por la independencia fiscal. Aceptó cándidamente el discurso del corrupto y contribuyó a preparar un clima para el sobreseimiento por la Audiencia. González perdió frente al nacionalismo, los fiscales fueron desautorizados por el tribunal; la corrupción, tapada por el sobreseimiento. La derecha respiró tranquila y el nacionalismo, que ya venía financiándose durante más de un decenio por Banca Catalana, adquirió conciencia de su poderío.

Pero la izquierda ha pasado por alto, tanto o más que su leal oposición, que el auténtico enemigo del Estado no es la derecha constitucional, sino la deslealtal nacionalista. Y ahora vemos, no solo a la izquierda española, sino a parte de la alemana situarse a favor del sentimentalismo, confundiendo democracia con resultado electoral, favoreciendo que media población pueda imponer la secesión de un Estado constitucional a otra media que lo rechaza. Por esto, la audiencia del land y la ministra de Justicia de Angela Merkel han contribuido más a emborronar el panorama que a aclararlo.

El sentimiento nacionalista, la incomprensión del problema

Que una ministra socialdemócrata se deje seducir por el sentimentalimo nacionalista deja en evidencia su incomprensión del problema y del papel reservado a una izquierda europeísta. Parece que en Alemania la sociademocracia es vulnerable al virus antieuropeo que difunden la derecha más conservadora y el populismo antisistema. Eso es lo preocupante. Que los socialdemócratas y los jueces se dejen llevar por el sentimentalismo de los medios comunicativos. A la hora de juzgar, lo que ocurre en España parece que contagia a la ministra de Justicia y a algunos eurodiputados la misma debilidad mental que sufre el PSC en Cataluña, el PSOE en Valencia y en Baleares y Podemos en cualquier zona. Con seguridad, la ministra y eurodiputados socialdemócratas germanos no admitirían en Alemania lo que están dispuestos a admitir para España. ¿Nadie les ha hecho llegar todavía las protestas del empresariado alemán ante Roger Torrent o lo que padecen en Baleares?

La noción de “patriotismo constitucional”, a la que Jürgen Habermas dio consistencia teórica, procede de la izquierda. Pero la desorientación ha hecho presa en la socialdemocracia europea, cuya mayor enfermedad es actualmente el descarrío sentimental. Si algo es contrario al internacionalismo socialdemócrata es esta cesión del igualitarismo constitucional. El nacionalismo antepone los sentimientos a las reglas, justifica la imposición de unos sobre otros, la explotación de las diferencias por parte de quienes se sienten superiores o distintos por razones étnicas o culturales. Y no deja de ser desorientador que una izquierda europeísta, representada por la ministra de Justicia alemana, pueda reconocer los sentimientos de supremacía para favorecer la secesión en un país cuya Constitución eleva la igualdad de todos ante la ley a principio jerárquico fundamental.

Imagen de portada: Un momento de la entrevista a Felipe González en el programa Salvados | LaSexta
Escrito por

Periodista y escritor. Profesor emérito de la USP CEU.

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