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El desgaste que persigue al PP y la perspectiva política que muestra el último estudio del CIS

El último CIS refleja la debilitación de la derecha. Mariano Rajoy, que ha demostrado su capacidad de maniobra sacando adelante los Presupuestos, se ve obligado a promover una regeneración interna de su partido para reencontrarse con su electorado.

Acabado el ciclo de Cristina Cifuentes en la Comunidad de Madrid, se abre un nuevo periodo que pondrá a prueba la capacidad del Partido Popular (PP) para resistir la ola de desgaste que ha ido afrontando desde mediados de la anterior legislatura. La última estimación del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) confirma que el deterioro electoral del Partido Popular es una tendencia constante que ha ido minando su presencia social e institucional desde que, hace solo seis años, Mariano Rajoy ganara con mayoría absoluta.

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La erosión continuada desde hace año y medio se ha acentuado en el último semestre. Las elecciones catalanas han puesto en evidencia la debilidad del PP y la fuerza de Ciudadanos en esa comunidad levantisca. La caída de Cifuentes no ayuda en la comunidad madrileña. La lenta agonía de la ya expresidente se ha detenido al fin, por fortuna para el PP. Pero la factura de la corrupción, que es el principal punto débil de su travesía, sigue pendiente de pago y es la mayor causa de su debilitamiento.

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Se prodigan las noticias sobre la Gürtel, como si las de los ERE andaluces fueran minucias del pasado o el tres por ciento en Cataluña, el Palau y otras carcomas nunca hubieran existido, o los populares tuvieran en Valencia el monopolio de la corrupción. Es aquí, en el implícito enlace que se ha transmitido a la sociedad entre corrupción y Partido Popular, donde hay que encontrar los motivos de la progresiva desafección del electorado. Acusados de inmovilismo por la derecha más renuente a la política contemporizadora de Rajoy, acosados por un populismo demagógico que llevó a los pensionistas a manifestarse en las calles, la distribución de las portadas periodísticas y televisivas ha venido mellando la imagen del Partido Popular, pendiente siempre de una renovación que pueda desarmar el argumento de la corrupción que administra con éxito la retórica de la izquierda, encuentra eco en la derecha adversa y cosecha el competidor Ciudadanos.

Ha conseguido Rajoy sacar adelante los Presupuestos en una situación apurada que pone de manifiesto su capacidad de maniobra. El problema es que Rajoy dispone de crédito para resistir durante dos años, pero no lo tendrá para continuar después. Y, como los populares no se decidan a afrontar la renovación pendiente y el lavado de las cuentas entrampadas por la corrupción, sus escasas opciones se esfumarán. Lo más inconveniente es que pongan cara de extrañeza y aseguren que han tocado “suelo”, fingiendo no comprender el motivo de que el electorado se desentienda de su gestión, mientras siguen contumaces en no rendir las cuentas que se les pide.

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No es discutible la competencia política de Rajoy. Tampoco son cuestionables su destreza parlamentaria ni su capacidad estratégica para sobrevivir en las condiciones menos favorables. Lo que se discute es que esas habilidades y su dominio del partido se apliquen a preservar un statuo quo de origen viciado, ya prácticamente insostenible ante su propio electorado, en lugar de decidirse a afianzar el porvenir del partido, necesitado de un recambio que certifique el paso de la página de los abusos en la gestión de presupuestos.

https://twitter.com/PPopular/status/994117390177714176

Hay que cortar el cordón umbilical que, ante la opinión pública, liga a sus dirigentes con estos abusos y que los juicios y procesos pendientes ponen en evidencia. Y eso significa cambio, regeneración, renovación del proyecto, lavado de cuerpo y de espíritu. De esta regeneración no solo depende el futuro de los populares, también la estabilidad constitucional. La perspectiva de que pueda ocurrir con el Partido Popular algo parecido a lo que ocurrió con UCD es inquietante y desestabilizadora. Lo es, además, porque hay que zanjar definitivamente la situación catalana. Aunque Rajoy gane esta partida al secesionismo de una forma o de otra, no servirá para cerrar la brecha abierta por la corrupción que desangra electoralmente a su partido.

La última encuesta del CIS, además de poner de manifiesto cierta debilitación de la derecha con relación a la anterior, deja en perspectiva un panorama algo más inestable que el sondeo anterior.  No acaba de consolidar a Ciudadanos, un competidor paradójicamente obligado, a la vez, a coligarse y a ser opositor. Un gobierno de coalición suficiente entre Ciudadanos y populares queda hoy algo más alejado de lo que estaba ayer.

Si Rajoy no se decide a cerrar de una vez la grieta por la que se escapan las energías de un partido que hace un quinquenio lucía mayoría absoluta, el panorama se complicará, no solo para el porvenir del PP sino para la estabilidad del constitucionalismo. La estrategia de Ciudadanos insiste en dificultar la vida de su socio en la coalición de gobierno, regateándole el agua que le permite beber para prestársela luego antes de asfixiarlo. No es en ese escenario, sin embargo, donde se librará el futuro.

El Partido Popular debe acometer una regeneración interna

Ante la última encuesta, cabe problematizar que, si antes era posible una coalición en las generales, como la que todavía sostiene el Gobierno en Madrid o en el escenario nacional, el leve repunte electoral de PSOE y de Podemos, aunque sea parco, dificulta el asentamiento de una coalición estable, pendiente de afianzarse. Ni con uno ni con otro, Ciudadanos, que es el partido compatible con su derecha y con su izquierda, podría asegurar la estabilidad de un futuro gobierno. Sobreentendiendo que una coalición de Podemos con el PSOE es incompatible con Ciudadanos y populares, cualquier gobierno necesitaría de una minoría que solo puede proporcionar el nacionalismo. Una política de afianzamiento constitucional quedaría condicionada por el pragmatismo nacionalista siempre proclive a alimentar, aunque sea bajo cuerda, las tendencias separatistas. Se repetiría un escenario disgregador, similar al ya experimentado antes por el tripartito en Cataluña, y ahora en Baleares o en Valencia. Un panorama que puede contrarrestarse en una comunidad, pero que, ampliado a escala nacional, sería perturbador.

Rajoy tiene en la mano la herramienta que permite abordar esa inquietante perspectiva. La condición es la regeneración interna, el recambio generacional, el lavado de imagen que permita identificar al electorado con un proyecto ilusionante y no constantemente a la defensiva, que vaya más allá del pragmatismo político. No solo es posible, es necesario para contrarrestar el desafío independentista. Despilfarrar la experiencia, el arraigo político y social alcanzado por los populares desde que José María Aznar consiguió traspasar el techo con que tropezaba la cabeza de Manuel Fraga para alcanzar dos mayorías absolutas, además de ser imperdonable, también sería desestabilizador.

Imagen de portada: Comité de dirección del Partido Popular | Flickr.com/PP
Escrito por

Periodista y escritor. Profesor emérito de la USP CEU.

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