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El Papa alerta sobre el derecho a no emigrar . Urge una ética de relaciones internacionales

El papa Francisco ha agitado conciencias al hablar del derecho a no emigrar por causas de pobreza, desempleo o conflictos armados y vincularlo con el desarrollo de la nación de origen. Un toque de atención al espíritu humano que revela que nos espera un porvenir donde se debe compartir más que imponer.

Ante una reunión de universitarios en Roma el pasado 4 de noviembre, el papa Francisco ha sorprendido con un nuevo concepto: el del derecho a no emigrar. Parecería, a simple vista, una formulación utópica. Pero la carga ética que lo acompaña incide directamente en las causas de las migraciones tanto económicas como por razones políticas, en donde los refugiados por causa de guerra adquieren una grave importancia. Coincidí en Roma con este discurso papal que ha tenido poca repercusión en los medios de comunicación, a no ser los italianos. Afirmar el derecho a no emigrar pone en cuestión no solo los análisis superficiales de las migraciones, sino también, y sobre todo, los análisis y los efectos de la globalidad. No se trata de poner en entredicho la libre circulación de personas, sino más bien de subrayar la ausencia de esa libertad de movimientos que incita a muchas corrientes migratorias provenientes de países pobres y de países en guerra. Francisco vincula estrechamente el derecho a no emigrar con el desarrollo de la nación de origen. Se trata de un derecho a no emigrar por causa de pobreza y desempleo, así como por conflictos armados. El planteamiento es desde una visión global en la que prime el desarrollo social y económico, así como la erradicación de las causas de guerras, para garantizar un marco de convivencia en paz.

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Según el más reciente estudio prospectivo de la ONU sobre la evolución de la población mundial, en las próximas décadas de este siglo el planeta Tierra (o la “casa común”, en lenguaje del papa Francisco) se calcula que pasará los 10.000 millones de habitantes, calculándose en 11.200 millones para el año 2100. Casi la mitad estará en África. En la actualidad, se estima en unos 7.300 millones la población mundial. Estos datos nos llevan a afirmar que el mundo necesita gobernantes cuyos objetivos sean a largo plazo, dejando a un lado las políticas cortoplacistas, las puramente electoralistas y las de relación de fuerza a nivel internacional. Los desafíos serán de enorme calado en lo que se refiere a la erradicación de la pobreza y la desigualdad, la lucha contra el hambre y la desnutrición, la generalización de la educación de base y la salud, lo que implica necesariamente grandes inversiones y planes estratégicos de desarrollo sostenible, únicas garantías para crear empleos, y un entorno atractivo para que los flujos migratorios se detengan, al tiempo que se garantice el derecho a no emigrar. Caso contrario, el mundo llegará a ser caótico, plagado de amenazas de conflictos bélicos y con terreno abonado para la proliferación del terrorismo global.

Según estas estimaciones de la ONU, en 2100 habrá en África, zona con fuerte crecimiento demográfico, unos 4.387 millones de habitantes, al tiempo que la estancación de la población en Europa ya en 2050 se reducirá de los 738 millones, en la actualidad, a 707 millones, con un envejecimiento notable de la población de la que un 34% tendrá más de 60 años. Al referirse el informe de la ONU a España, la población actual de 46,1 millones de habitantes irá decreciendo a 45,9, en 2050, y a 40 millones, en el próximo siglo. Como dato muy relevante, en 2030, un 60% de la población mundial habitará en centros urbanos; en 2050, será de un 70%. A estas estimaciones hay que añadir las previsiones para China e India, que en 2028 tendrán (son los más poblados del mundo) 1.450 millones de habitantes cada uno.

El retroceso de población de Europa no deja de ser inquietante. China e India, por separado, doblarán su población. La perspectiva abierta por el informe de la ONU plantea una gravísima problemática que, ante estos datos, no se resolverá con el blindaje de fronteras ni con el incremento de la capacidad militar defensiva. Es urgente reorientar y establecer nuevas políticas activas de desarrollo y de diálogo de la diversidad cultural, antes de que se llegue tarde a la cita. Esas nuevas políticas en las relaciones internacionales explicarían sobradamente el trasfondo “humano” del nuevo concepto del derecho a no emigrar. El ser humano necesita de dos casas para su desarrollo integral: el lugar donde nació y la “casa común”, que es el planeta Tierra en donde habita. Necesita serenidad de espíritu, garantía de un entorno familiar estable, bienestar y “bien ser”. Si esto no se logra desde ahora, el futuro a medio y largo plazo será insostenible para todos los países: los pobres, los emergentes y los países ricos. Por ello, es o debería ser una alta prioridad basar el sistema de relaciones internacionales en el policentrismo de las sociedades humanas y en las realidades que se esconden tras esa inmensa diversidad de desequilibrios y de desigualdades. Urge enseñar una nueva ética de las relaciones internacionales, la gran ausente de los sistemas educativos. Un mundo global y globalizado requiere políticas globales y globalizadas entre todos los que lo habitan.

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La demografía nos revela un porvenir en donde habrá que compartir más que imponer. Nos revela también importantes “placas tectónicas” humanas, en movimiento, cuyo choque hay que evitar. Por ello, el derecho a no emigrar es una señal, un signo, un toque de atención al espíritu humano y no una ocurrencia del papa Francisco en las tertulias con amigos.

Escrito por

Académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas​. Fue director del Gabinete de la Educación de la UNESCO / ONU y después embajador de la UNESCO en el mundo árabe.

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