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La crisis está servida . Hay odio y desafección a la democracia del 78, y no solo en Cataluña

España está viviendo las peores horas que se recuerdan desde la aprobación de la Constitución. Si esta tiene que hacerse valer, de repente y por la fuerza, es que la dejación de funciones de los gobernantes ha sido mucho más grave de lo que se podía suponer. Hay odio, repudio y desafección a la democracia del 78, y no solo en Cataluña.

Entramos a partir de ahora en un territorio no pisado antes. Ni siquiera podemos pensar en que es una aventura o un descubrimiento. Tal vez podría serlo, pero en estas horas estamos ingresando en una zona de crisis sin saber cuál es la salida ni, por supuesto, cuál es el nudo del drama cuyo planteamiento ha sido largo, confuso y lleno de amagos o vaivenes. Como en cualquier texto teatral, hay un desenlace por el que todo el mundo se pregunta. No hay respuesta, salvo tal vez en la cabeza de un presidente del Gobierno que mide al milímetro cada paso que da. Por mucho que se le acuse de inacción, tal vez sea el hombre adecuado para el momento, porque de bravucones y osados está lleno el baúl de los recuerdos de la historia de España. democracia

Nuestro país está viviendo las peores horas que se recuerdan desde la recuperación de la democracia y la aprobación de la Constitución que nos ha traído hasta aquí. Suelen decir algunos constitucionalistas que el problema en estos años no ha sido el texto constitucional, sino la interpretación política que ha hecho el Tribunal Constitucional de la organización territorial del Estado. Después de una dictadura basada en la centralización del poder en una sola persona rodeada de un férreo aparato, la llegada de la democracia puso en marcha la ley del péndulo, de tal forma que lo bueno y lo progresista era la descentralización administrativa. Sobre el papel, es una estructura que mejora la vida de los ciudadanos, ya que la cercanía con las decisiones incrementa la eficacia del servicio público. El problema no es haber repartido el poder con sentencias del Constitucional que han avalado, por ejemplo, que hasta los parques nacionales los gestionen las comunidades autónomas, sino el desmantelamiento del Estado creando 17 más pequeños, algunos de ellos intocables, como se está viendo en estas semanas.

El Estado, un cuerpo extraño en Cataluña

De repente, el Estado ha aparecido en Cataluña como algo ajeno. Un cuerpo extraño que de golpe ha irrumpido en las calles para defender una Constitución que lleva décadas siendo un fantasma. El gran drama al que asistimos se debe a un cúmulo de decisiones de conveniencia, en unos casos, para obtener el poder, o bienintencionadas, en otros, para quedar bien o calmar los brotes independentistas por parte de los sucesivos gobiernos del PSOE y del PP. En ambos casos hay motivaciones distintas.

El PSOE ha priorizado lo identitario para armar su modelo de España, dejando en un segundo plano las políticas de justicia social y redistribución de la riqueza. De ahí que haya sectores amplios del socialismo español que han preferido alianzas con los separatistas o nacionalistas moderados que grandes coaliciones con el PP. En el partido de Mariano Rajoy, y antes de José María Aznar, siempre se ha actuado con temor al qué dirán, porque 40 años después del final de la dictadura se siguen identificando símbolos constitucionales como el Rey, el himno y la bandera, como franquistas y, por supuesto, al PP, como un partido heredero del régimen anterior.

Las generaciones de españoles que han sido formadas en democracia, sin un relato común de la historia, tienen muchos más prejuicios ideológicos que sus padres y, por supuesto, que sus abuelos. Desprecian el pacto del recuerdo de mediados de los 70, de la ley a la ley, evitando otra matanza. Hay odio, repudio y desafección a la democracia del 78, y no solo es en Cataluña. Por eso, Podemos apoya la independencia de cualquier parte de España, porque sería el fin de la democracia del 78. El Estado va a aplicar el artículo 155 cuando ya es tarde para casi todo. Y no es Rajoy el único culpable del retraso. Su partido acaba de presentar una propuesta, Ciudadanos le estaba ganando por la mano para que la Alta Inspección del Ministerio de Educación pueda revisar los libros de texto en Cataluña reconociendo con este hecho que el Estado ha desaparecido en Cataluña.

Hace 20 años de la ley de inmersión lingüística que el PP se tragó para llegar al poder bajo la presidencia de Aznar. Fue entonces cuando se terminó de trazar el camino que hoy estamos viendo con pasmo. De repente, nos hemos dado cuenta del adoctrinamiento generalizado, de la exclusión del castellano y de la creación de un sistema supremacista que ahoga cualquier disidencia. La aparición de la Guardia Civil y la Policía Nacional el pasado 1 de octubre, con un despliegue dirigido con ineptitud, fue la prueba final del fracaso del Estado. Si la Constitución tiene que hacerse valer, de repente y por la fuerza, es que la dejación de funciones de nuestros gobernantes ha sido mucho más grave de lo que podíamos suponer. La crisis está servida y desconocemos con qué rostro va a mostrarse, también de repente.

Imagen: La Corona, las Cortes y la Constitución del 78, símbolos de la democracia española, que está siendo víctima de la desafección. | Pablo Casado
Escrito por

Periodista. Director y presentador de 'Buenos días Madrid' en Onda Madrid.

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