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‘Me bajo en la próxima, ¿y usted?’ : la pregunta que hacen quienes viajan en el bus del ‘procés’

El paso por la cárcel parece invitar al arrepentimiento a varios de los protagonistas principales del independentismo catalán. Carme Forcadell, la última en visitar las dependencias judiciales, ha acabado por acatar el artículo 155 y prometer enmendarse. Por su parte, Oriol Junqueras quiere marcar distancia con Carles Puigdemont y renuncia a una lista conjunta. 

Los jueces son personas como los demás, probablemente con parecidas virtudes y defectos a los que acompañan desde siempre la condición humana. Se saben de memoria aquello del Quijote de “hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico” y también aquel consejo definitivo que le da a Sancho: “Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia”. Cuando era fiscal general del Estado, el magistrado Cándido Conde Pumpido causó cierto escándalo al afirmar, poéticamente, que “el vuelo de las togas de los fiscales no eludirá el contacto con el polvo del camino”. Hay quien cree que las togas deben permanecer siempre impolutas, como recién salidas de la tintorería. Pero lo que es indudable es que el polvo del camino, el ruido de la calle, a veces influye en los acontecimientos.

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La cuestión catalana lleva mucho tiempo en el candelabro, como decía una modelo convertida en famosa provisional. Según la última encuesta del CIS, Cataluña constituye, después del paro, la segunda preocupación de los españoles. Últimamente, esta preocupación generalizada ha llegado al paroxismo, tras la huida a Bruselas del expresidente Carles Puigdemont con cuatro de sus consejeros y la entrada en prisión del resto de su Gobierno, con el vicepresidente Oriol Junqueras al frente de los cautivos, que se negaron a responder a los fiscales y a la juez de la Audiencia Nacional Carmen Lamela. Ante tanta insolencia, la juez resolvió introducirlos en dos incómodos furgones, camino de las prisiones madrileñas de Estremera y Alcalá Meco.

El juez del Tribunal Supremo Pablo Llarena, a cuyas preguntas sí que respondieron los otros imputados por el “procés” (la expresidenta del Parlament, Carmen Forcadell, y los miembros de la mesa que dio luz verde a la serie de tropelías jurídicas que desembocaron en la declaración de independencia), ha resultado ser, para alivio no solo de muchos sectores catalanes, sino del Gobierno de España, más flexible que su colega Lamela (veterana y conocedora, como él, de Cataluña, donde los dos han ejercido) y ha conseguido dos cosas: que la contumaz Carmen Forcadell acate el  artículo 155 y que prometa enmendarse. El auto del juez es implacable, le otorga su papel de fervorosa dirigente principal en este asunto y le advierte de lo que se le puede venir encima si vuelve a las andadas, además de aportar, desde un tribunal que crea jurisprudencia, interesantes interpretaciones sobre el delito de rebelión.

La cárcel, aunque sea por solo unas horas, invita a la contrición. Por ello, para Forcadell, seguir en la política será algo muy complicado, teniendo en cuenta que ha pasado de ser la principal activista del proceso (primero, como presidenta de la ANC, la Asamblea Nacional de Cataluña, que es la que ha depositado los 150.000 euros de su fianza, y después como presidenta del Parlament) a una traidora a la causa, caricaturizada en las redes sociales como una folklórica Carmen de España. Se tiene que bajar del autobús en el que viajan los alcaldes de la vara y marchar, como Fernando VII, por la senda constitucional.

Entretanto, su jefe de filas, el fugitivo Carles Puigdemont, sigue en la ensoñación, ociosa y posiblemente perniciosa, de creerse President de la República Catalana, título que solo le conceden la cadena autonómica TV3 y el núcleo de fanáticos que son capaces de cortar carreteras colocando a sus hijos pequeños de escudos humanos para que se vea la fuerza que tienen. Pero Puigdemont, sin el abrigo de una lista única electoral, ya que Junqueras no quiere más “Junts pel sí”, también lo tiene complicado. ¿Qué va a hacer? ¿Quedarse en Aviñón como un Papa cismático? El papado de Aviñón duró setenta años y tuvo siete papas. Esta emulación de Tarradellas en clave bufa (confirmando la profética frase de Marx sobre el devenir de la Historia, primero como tragedia y después como comedia) no tiene buena pinta. No parece probable que las elecciones puestas en marcha por el artículo 155 nos devuelvan a un Puigdemont triunfal, capaz de presidir  otra vez el Govern.

Si la proclamación de la independencia solo  fue un acto simbólico, según Forcadell, si el Tribunal Supremo quiere agrupar todos procedimientos abiertos por el proceso soberanista y si, a pesar del ruido inevitable promovido por los secesionistas, cierto clima de serenidad se va instalando en la vida catalana, es posible que las elecciones autonómicas del 21 de diciembre -que, como todas, llegan envueltas en incertidumbre- ayuden a despejar la niebla. La pregunta del miedo es: ¿Qué pasará si el secesionismo consigue hacerse con el Govern? Pues que lo tendrá más difícil si, como les ha recordado el juez Llarena, debe jugar dentro de la legalidad constitucional, 155 incluido.

Forcadell, la última en bajarse del bus independentista

Pero despejar la niebla es solo un primer paso. El nacionalismo seguirá ahí, “egoísta e insolidario”, como lo ha adjetivado en Vida Nueva el cardenal arzobispo emérito Fernando Sebastián, para el que el problema no es únicamente político, sino que requiere “una cura espiritual, cultural, con bastantes años de buenas relaciones y de buen gobierno, con claridad y paciencia”, para cambiar actitudes a uno y otro lado de esta vieja frontera invisible hecha de sentimientos y, muchas veces, de incomprensión.

De momento, a los que no se acaban de bajar del autobús con sus esteladas, otros tantos como ellos, por lo menos, les han recordado, en dos inmensas manifestaciones, esas sí que eran simbólicas, que el silencio impuesto y el monopolio de la calle se han terminado.

Imagen de portada: La presidenta del Parlament, Carme Forcadell, a su llegada a la Audiencia Nacional | Agencia EFE
Escrito por

Periodista. Expresidente-director general de la Agencia EFE.

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