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Consejo de Ministros en Barcelona: de copa navideña con Torra a minicumbre de Gobiernos

Pedro Sánchez, que en parte debe su cargo a los independentistas, les ha hecho un guiño al celebrar un Consejo de Ministros en Barcelona. Quim Torra ha exigido una cumbre bilateral entre los dos Gobiernos, una cita que tendrá consecuencias imprevisibles.

La última idea que los asesores en mercadotecnia política de Pedro Sánchez quieren difundir sobre el presidente del Gobierno es la de un gobernante indestructible (¡ah, esas manos firmes y abiertas a bordo del Falcon, dispuestas a orientar el rumbo de la patria!), envuelto en lo que los marroquíes llaman baraka (un don que desvía las balas) y que, como los tapones de corcho, sale siempre a flote. Hay que reconocer que la trayectoria última del hombre que echó a Mariano Rajoy de La Moncloa, mediante un audaz mecanismo de complicidades imprevistas, abona esa creencia.

Sánchez no es Supermán, ni siquiera Superlópez, pero lo parece. El PSOE retrocede y pierde poder, como se ha visto en las elecciones andaluzas, pero su máximo dirigente no se altera y sigue con su pretensión de agotar la legislatura. “El que resiste, gana”, decía Camilo José Cela que, a base de resistir, se hizo con el Nobel. Un Falcon no se deja así como así. Cuando a Pedro Sánchez se le pregunta por las elecciones que prometió nada más vencer en la moción de censura, contesta lo que respondía Lola Flores cuando le preguntaban si hablaba inglés: “No lo permita Dios”.

Sánchez y Torra alimentan el fuego de la brecha bilateral . Cataluña roza el no retorno

Para que el destino siga sin conceder que haya elecciones, como le piden todos los días a Sánchez los líderes del PP y Ciudadanos, Pablo Casado y Albert Rivera (que están a punto de iniciar de consuno la aventura inédita y arriesgada de desalojar al PSOE del cortijo andaluz), al presidente del Gobierno no le queda otro remedio que seguir pedaleando mientras hace malabares sobre la bicicleta. Si se detiene, se cae, y con él, todo el tinglado.

Cataluña y su encaje en el conjunto de España es uno de nuestros grandes problemas. No es de ahora, viene de muy atrás, pero sí son de ahora los dirigentes independentistas que hace algo más de un año se echaron al monte, envueltos en una emoción patriótica llena de frustración, para perpetrar, con un pseudoreferéndum y una declaración de independencia, lo que el fiscal del Tribunal Supremo, que los va a juzgar en breve, ha llamado “un atentado contra el corazón del Estado”.

Salvar los presupuestos

Teniendo en cuenta que Sánchez debe su puesto, entre otros, a los independentistas, y que sin ellos no puede sacar adelante los presupuestos, ha intentado todo tipo de maniobras para mantener su apoyo. El juicio a los cabecillas del procés es inevitable, pero el clima se puede suavizar si la Abogacía del Estado señala que no se trata de rebelión, sino de sedición, y además alguien empieza a hablar de posibles indultos. Lo importante son el diálogo y los gestos. Uno de estos gestos es la celebración de un Consejo de Ministros en Barcelona, idea que se empezó a manejar en el verano, tras una visita del president Quim Torra a La Moncloa.

La vía eslovena. La nueva inspiración de Torra para amenazar la unidad de España

Del verano hasta aquí, las cosas han empeorado de manera visible en Cataluña. Torra ha subido el diapasón: pide imposibles respecto a los políticos presos y su enjuiciamiento. No acepta hablar de otra cosa que no sea la independencia. Pone como modelo a Eslovenia. Alienta a los llamados CDR (Comités de Defensa de la República) a que sigan con sus desmanes. Pero el Gobierno continúa aplicando su “política de Ibuprofeno” (Josep Borrell dixit), que ha sido totalmente ineficaz y de la que forma parte ese Consejo de Ministros en Barcelona.

Celebrar Consejos de Ministros fuera de Madrid no es ninguna novedad. Ya Franco lo hacía todos los veranos, haciéndolos coincidir con sus travesías vacacionales, en el yate Azor, por San Sebastián o Galicia. El Palacio de Ayete y el Pazo de Meirás han acumulado mucha historia en sus salones. Por ello, aparentemente, aunque no se vea la necesidad imperiosa de celebrar ahora un Consejo de Ministros en Barcelona (que, entre otras cosas, dado el ambiente hostil hacia el Gobierno central existente en Cataluña, ha precisado movilizar a 9.000 policías para contrarrestar los posibles disturbios anunciados por el sector más violento del independentismo), el asunto en sí no sería demasiado destacable. Pero la cosa se ha complicado.

La cumbre de Barcelona

Para conseguir de Torra algo de colaboración, tanto en las calles catalanas como en el asunto de los presupuestos, el president ha exigido una cumbre bilateral entre los dos Gobiernos, nada de un mano a mano Sánchez-Torra. Esto no es una copa de Navidad: es una comida de empresa.

El Consejo de Ministros en Barcelona hará historia. La víspera, según la vicepresidenta, Carmen Calvo, se íban a reunir solo los dos presidentes. Y, en una sala contigua, ella con el segundo de la Generalitat, con un apellido, Aragonés, que no puede negar la pluralidad de Cataluña, y unos cuantos ministros y unos cuantos consejeros. Más que Consejo de Ministros en Cataluña habrá que hablar, en el futuro, de la cumbre de Barcelona.

¿Los problemas? Continuarán ahí, hasta que Dios nos eche una mano. Por ahora, se seguirá “prolongando el desastre”, como ha escrito en La Vanguardia un lúcido observador, Antoni Puidverd, al denunciar que “con una alegría insensata muchos catalanes quieren convertir las vísperas de Navidad (antes eran días de tregua) en un nuevo capítulo del esteticismo revolucionario. Un rupturismo tan inútil como egocéntrico“.

Inútil y egocéntrico también les parece a muchos este viaje a Barcelona de inciertos resultados.

Imagen de portada: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el presidente de la Generalitat de Cataluña, Quim Torra, durante la reunión que mantuvieron en La Moncloa | Pool Moncloa/Fernando Calvo
Escrito por

Periodista. Expresidente-director general de la Agencia EFE.

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