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Donald Trump ante el enquistado polvorín que supone el conflicto entre Israel y Palestina

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca coincide en el tiempo con un periodo en el que el conflicto entre Israel y Palestina no es la principal causa de violencia en la región. Pese a ello, las tensiones geoestratégicas se mantienen. 

La feroz guerra que ensangrienta Siria desde la primavera de 2011, la que afecta a Yemen desde 2015, el cada vez más agudo enfrentamiento entre Arabia Saudí e Irán -en dichos escenarios y en otro más amplio que afecta a todo el mundo arabo-musulmán- y la proliferación de grupos yihadistas que golpean por doquier, incluso en suelo europeo, permiten describir un escenario de violencia endémica que, teniendo como epicentro Oriente Medio, no afecta de lleno ni tiene como protagonista principal al Estado de Israel. Ello constituye todo un precedente en la historia política de la región, como también lo es el hecho de que tampoco tiene como referente central al tan manido, durante décadas, conflicto entre Israel y Palestina. La causa palestina y el susodicho conflicto parecen haber dejado de ser la razón última de la violencia que afecta a la región.

Pero, aunque ello sea así, el conflicto como tal no ha desaparecido, las referencias al mismo siguen siendo una constante de la mano tanto de actores regionales como internacionales y sigue siendo obligado, por ello, el explorar el momento en el que el mismo se encuentra.

Las elecciones presidenciales en los Estados Unidos fueron, como siempre, marco obligado para su tratamiento, con el añadido de que, en esta ocasión, la salida de la Casa Blanca del conciliador Barack Obama y su sustitución por el histriónico Donald Trump parecía que iba a llevar a un antes y un después en la política exterior estadounidense hacia la región y, sobre todo, en relación con este conflicto tan cargado de grandes simbolismos.

Trump se presentaba en campaña como gran defensor de Israel y de su primer ministro, Benjamín Netanyahu, con quien Obama había ido enfriando las relaciones aceleradamente en la recta final de su presidencia. El presidente electo había prometido en campaña romper tabúes, como el del traslado de la embajada de los Estados Unidos desde Tel Aviv a Jerusalén. Tal paso, que muy pocos países han llegado a dar y, sobre todo, a sostener en el tiempo, podría haber producido, según muchos observadores, un terremoto regional, aun cuando la posibilidad de abrir embajada en Jerusalén Oeste -recordemos que es Jerusalén Este la parte de la ciudad que en verdad está en litigio hasta hoy- tampoco tendría que provocar enormes problemas jurídicos. En cualquier caso, sí plantearía problemas políticos y de ahí que la Casa Blanca haya decidido, a principios de junio, seguir con el statu quo actual: cada seis meses y, desde 1995, los presidentes estadounidenses prorrogan la permanencia de la embajada en Tel Aviv.

Habiendo sido los Estados Unidos el gran dinamizador como superpotencia de todas las iniciativas de paz para Israel y Palestina que podamos inventariar hasta hoy –desde la Conferencia de Madrid, que en el otoño de 1991 puso en marcha en el Palacio Real el Proceso de Paz para Oriente Medio, hasta los intentos de George W. Bush y de Obama en la pasada década– sorprendía tal planteamiento general del nuevo presidente. Su aparente sintonía con la Federación de Rusia, su combinación de aparente repliegue de la región, aunque salpicada de acciones bélicas en Siria e Iraq, y su confirmación de la veterana alianza con Arabia Saudí hacen difícil vislumbrar si se abre una nueva ventana de oportunidades o si esta está definitivamente cerrada.

Contener la expansión de Irán

Lo cierto es que ni una cosa ni la otra. Asumiendo que la prioridad para Trump es tanto frenar el avance de Irán como apoyar a Israel -una constante para los Estados Unidos en las tres últimas décadas, incluso bajo la presidencia de Obama, quien creyó que el acuerdo nuclear con Irán de 2015 iba a servir para controlar a dicho país y que, a pesar de sus desavenencias con Netanyahu, no hizo concesiones importantes a los palestinos- es difícil prever un desbloqueo de la situación en lo que al conflicto israelo-palestino respecta.

Agua para la paz o para la guerra

Frenar a Irán es prioritario para Washington, y no solo porque es cada vez más influyente en países como Iraq, Líbano, Yemen o Siria, sino porque el lanzamiento de seis misiles por Teherán contra posiciones del Estado Islámico en la región siria de Deir Ezzor, el pasado 19 de junio de 2017, supone un paso significativo en el uso de armas estratégicas iraníes fuera de las fronteras de la República Islámica, y ello en plena crisis entre Irán y el aliado saudí. En cualquier caso, que la prioridad para Trump es Irán ya lo manifestó tanto en su visita a Arabia Saudí del 21 de mayo como en la que realizó a Israel al día siguiente.

La figura de Jared Kushner

Y el apoyo a Israel también lo es, particularmente cuando el país sufre en su suelo el terrorismo yihadista -con el ataque realizado por tres palestinos contra la Policía de Fronteras israelí, en Jerusalén, el 17 de junio, dando continuidad a la llamada ‘Intifada de los Cuchillos’, iniciada en octubre de 2015- y cuando, y sobre todo, la familia palestina sigue dividida entre el poder de Mahmoud Abbas, presidente de la Autoridad Nacional Palestina, y los islamistas de Hamas, que siguen dominando la franja de Gaza. Estos últimos, que son la sección palestina del movimiento de los Hermanos Musulmanes, sobreviven sin demasiados problemas y ello a pesar de que la Hermandad sufre en los últimos tiempos la presión de países como Egipto, Arabia Saudí o los Emiratos Árabes Unidos, pero sigue contando con valedores influyentes, como Catar o Turquía.

Por todo ello, el hecho de que el presidente Trump haya incorporado a su equipo a Jared Kushner, marido de su hija Ivanka, judío estadounidense a quien ha encargado formalmente que se ocupe de “reflotar” el estancado conflicto entre israelíes y palestinos, no supone, en principio, nada excepcional, pues las prioridades siguen siendo las mismas y los obstáculos también. El desbloqueo o no de la situación no depende tanto del talante de los diplomáticos sino de factores de peso, siendo uno de ellos el de un agravamiento de los enfrentamientos a escala regional, que impedirán aventurarse en iniciativas sectoriales como la de retomar un conflicto entre Israel y Palestina, que históricamente se ha visto siempre mediatizado por actores externos.

Imagen de portada: Panorámica de Jerusalén tomada tras una alambrada de seguridad.
Escrito por

Profesor de Relaciones Internacionales de la UNED.

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