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La bandera, símbolo de la convivencia en democracia

El discurso del Rey en la Pascua Militar expresa su confianza en el futuro de la convivencia pacífica, cuyo símbolo es la bandera. Todo programa es transitorio y perecedero. Solo las reglas de juego institucionales tienen vocación de permanencia.

El Rey habló de convivencia en su mensaje navideño. En la Pascua Militar se centró en la bandera: símbolo que representa nuestra confianza en el futuro, nuestro deseo de seguir construyendo una sociedad libre y democrática, de acuerdo con los principios recogidos en nuestra Constitución.

Convivencia en la Constitución simbolizada por la bandera es el resumen más adecuado de las actuales circunstancias. Pone en evidencia las diferencias entre unas y otras actitudes. Las que Ortega y Gasset contrapuso al hablar de política integradora y política disgregadora. Señala un problema que se padece especialmente en Cataluña, pero no solo en ella. Palabra tan bien elegida que el presidente de la Generalitat se dio por aludido y saltó como un resorte para negar lo evidente.

¿Cómo que Gobierno de España y Gobierno de Cataluña?

El fanatismo se caracteriza por negar las evidencias estridentemente, con arrogancia, a base de griterío y de gesticulación. Es “democracia” y “justicia” lo que requiere Cataluña, dijo Quim Torra, fingiendo que la situación creada por la orgía independentistas es un ejemplo de pacifismo y tolerancia, un modelo de vida en común entre discrepantes. Como si los independentistas admitieran alguna discrepancia que no sea contribuir a la autodeterminación de lo ya determinado. Como si él mismo no fuera presidente por designación tras unas elecciones libres, como si no ejerciera sus funciones por aplicación de las reglas que conculca, o no esté institucionalmente respaldado por una Constitución que le permite tanto gobernar como disentir.

La bandera simboliza a todos

La convivencia siempre es frágil. El realismo político parte de esa secular comprobación. Las épocas de tranquilidad son escasas y la democracia resulta de esa experiencia. Las palabra del Rey entre los militares expresan su confianza en el futuro de nuestra convivencia pacífica, cuyo símbolo es la bandera. Ya no se podrá decir más que enseñar la bandera sea un signo de apropiación; si simboliza a todos, todos están llamados a enseñarla. Quien no lo haga será porque no quiere. Quien lo haga, lo hará en nombre de la convivencia entre todos. La máxima aspiración de la política en todos los tiempos ha sido asegurar un sistema de convivencia entre disidentes “a pesar de estar muy distanciados por ideas y sentimientos”.

Felipe VI reivindica el valor de la Constitución contra el acoso secesionista

No todos los modos de plantear la vida política se proponen como principal objetivo asegurar la convivencia entre idearios e intereses opuestos. En eso consiste el invento, realista y moderado, de la democracia. La función de la política en democracia es conciliar lo inconciliable dentro del orden establecido por reglas de juego que permiten la transacción, la diferencia y la discrepancia. Lo demás es dejar abierta la justificación para que la fuerza de algunos, es decir, de un grupo de intereses, de una ortodoxia, ya sea ideológica o religiosa, de una organización -por popular que sea-, se atribuya la representación del conjunto y se imponga como requisito al que subordinar las libertades personales o grupales. El autoritarismo, que no distingue entre izquierda o derecha. El nacionalismo, según el cual, el pueblo impone una identidad nacional. El totalitarismo, que aplica ideas y planes hipotéticos como si fueran dogmas de fe.

La Constitución, símbolo de reconciliación

La finalidad de la política en democracia no es ganar unas elecciones para imponer un ideario, sino para exponer un programa temporal que permita convivir a los que lo respaldan con los que discrepan. Ningún programa puede tener vocación de permanencia. Por definición, es transitorio y ha de ser revalidado por las urnas para proseguir. El objetivo de la acción política en democracia asume que todo programa tiene una vocación transitoria, su destino es perecedero, modificable y adaptable a una sociedad que cambia de expectativas y de opinión. Lo principal de un programa es que sea compatible con su recambio y haga posible la convivencia entre los que lo rechazan.

Un programa político no es una institución consolidable. La institución es la forma del Estado que encarna y simboliza las reglas de juego de la convivencia: el pluralismo, el recambio gubernamental y la aprobación o rechazo de los programas. Solo las reglas de juego institucionales tienen vocación de permanencia. La nuestra es la monarquía parlamentaria legitimada por la Constitución del 78. Al hablar el Rey de convivencia, puso en valor de nuevo el sentido originario de una Constitución refrendada como expresión de la reconciliación entre españoles.

Imagen de portada: El Rey Felipe VI durante su intervención en el Salón del Trono del Palacio Real, en la Pascua Militar | Casa de S.M. el Rey
Escrito por

Periodista y escritor. Profesor emérito de la USP CEU.

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