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“Antropoceno”. Fin de la Edad Moderna y principio de una política para un mundo mejor

Resulta evidente que el problema de la acción del hombre sobre la naturaleza se ha convertido en una fuerte idea de nuestra época y debemos partir de ella para explicar todo aquello que sucede. El Antropoceno constituye un oportunidad para un mundo mejor.

El concepto ‘Antropoceno’ obedece a una feliz expresión acuñada por el químico Paul Crutzen para designar el sello geológico que la actividad humana ha dejado en el planeta Tierra, dando fin al Holoceno. Tiene tres significados diferentes: como periodo de tiempo, como momento de la historia natural y, lo que más nos interesa ahora, como una imagen para repensar la realidad sociopolítica. Es un término muy querido por los ecologistas de diverso cuño que Manuel Arias Maldonado incorpora con gran fortuna a la filosofía social y política.

Antropoceno

MANUEL ARIAS MALDONADO | ANTROPOCENO | TAURUS | 2018 | 256 PÁGS. | 18,90 € | EBOOK: 9,99 €

La expresión ‘cambio de época’ ya es un lugar común y pocos ámbitos se escapan a su influencia. La dificultad, no obstante, radica en saber en qué consiste. En este original y bien documentado ensayo publicado por la editorial Taurus el autor ofrece importantes claves. Partiendo del impacto que la actividad humana ha dejado sobre el planeta a lo largo de la modernidad tardía, aproximadamente desde la Revolución Industrial, y dando por sentados los hechos denunciados por el ecologismo, como el cambio climático, la disminución de la naturaleza virgen, la urbanización, la agricultura industrial, las infraestructuras de transporte, las actividades mineras, la pérdida de biodiversidad, la modificación genética, los avances tecnológicos, etc., el autor se pregunta por la legitimidad de la acción del hombre.

¿Acaso hemos fracasado como especie? ¿Somos la peor plaga? Y, por tanto, ¿ha llegado el fin de la política y tenemos que tirar el bastón de mando? ¡Todo lo contrario! La modernidad tardía cantaba el fin de la política y la posmodernidad se ha dado de bruces contra la naturaleza devolviéndonos la libertad perdida. “El Antropoceno constituye un oportunidad, se trata de que trabaje para nosotros, reabriendo el debate sobre la buena sociedad”.

No es fácil datar el fin de la Edad Moderna, pero si tenemos en cuenta algunos de sus rasgos más señalados, como son el racionalismo, la subjetividad, la separación de naturaleza y técnica y, espiritualmente hablando, la confianza absoluta en el poder humano, podemos decir que algo está cambiando. No se puede poner una fecha exacta, pero los hongos nucleares de Hiroshima y Nagasaki, Auschwitz, el Telón de Acero, las fotos que el Apolo XI mandó de la luna o Chernóbil han cambiado para siempre la conciencia del hombre y su relación con el mundo. No hay duda, y no hay más que ver las distopías al uso, ya sean de zombis, catástrofes naturales o máquinas malvadas sometiendo al hombre, para ver que el miedo, la sospecha y la desconfianza en el hombre han llegado a la cultura de masas. A otro nivel, son muchos los científicos que se preguntan si la relación del hombre con el planeta es sostenible. Así, en realidad lo que está sucediendo, como señalaba Romano Guardini, es que “en la conciencia de todos brota el sentimiento de que nuestra relación con el poder es falsa y de que incluso este creciente poder nos amenaza a nosotros mismos”.

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Es evidente que el problema de la acción del hombre sobre la naturaleza se ha convertido en una idea fuerza de nuestra época y, por tanto, debemos partir de ella para explicar lo que sucede. El cambio climático, tenga el alcance científico que tenga, actúa como uno de los principales factores de impacto en la conciencia colectiva y, según Ulrich Beck, en la “percepción del riesgo”. Ha pasado a formar parte de las agendas políticas y está en el centro de la discusión pública. Actúe como mito, según algunos, o como amenaza, según otros, el caso es que condiciona el modo de pensar lo político.

La política, como cultura que es, nace como una segunda naturaleza del hombre. Así, la idea de naturaleza está vinculada a la cultura y condiciona cada una de las épocas de la historia. El pensamiento grecorromano la divinizó y, según su concepción pagana, el hombre debía someterse a ella, confundida con la voluntad normalmente caprichosa de los dioses. El non plus ultra era, en definitiva, el lema antiguo. La naturaleza y la voluntad de los dioses actuaban como límite insoslayable de la acción humana y, como una línea bien definida, marcaban el espacio político, el lugar de la polis.

El cristianismo distinguió este mundo del “otro” y enseñó al hombre a ver las cosas desde “fuera”, desde la razón de un Dios creador que dio al hombre el poder para actuar y el mandato de transformar la Tierra: “Creced y multiplicaos, llenad la Tierra y sometedla”. El plus ultra se convirtió en la nueva divisa y la política desde entonces ya no podía limitarse a un único espacio. En la Edad Media todavía no se entendía como un poder separado del deber, pero la Edad Moderna sí separó el poder del deber, la potentia ordinata de la potentia absoluta, la naturaleza de la técnica y, desde entonces, empezamos a hablar de una política “prometeica”. Este es el problema al que se llega al final de la modernidad, cuando el hombre consigue hacerse con el fuego de los dioses y se quema. ¿Cómo se quema? Cuando ve el holocausto de las guerras y las catástrofes naturales. Entonces Prometeo para y se asusta, llega el miedo que predicó Hobbes y, entonces sí, se entrevé el fin de la política. ¿O el principio?

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Tal y como predijese Romano Guardini en la que sigue siendo la obra de referencia para entender las épocas de la política, El ocaso de la Edad Moderna, cuando el hombre moderno descubre el poder desnudo y su potencia, entonces empieza una nueva época, la de la responsabilidad. Aparece la posibilidad de comprender mejor el poder, que es “la facultad de mover la realidad”, y “puede hablarse de poder -según Guardini- en sentido verdadero cuando se dan estos dos elementos: de un lado, energías reales, que puedan cambiar la realidad de las cosas, determinar sus estados y sus recíprocas relaciones; y, de otro, una conciencia que esté dentro de tales energías, una voluntad que les dé unos fines, una facultad que ponga en movimiento las fuerzas en dirección de estos fines. Todo esto supone el espíritu, es decir, aquella realidad que se encuentra dentro del hombre y que es capaz de desligarse de los vínculos directos de la naturaleza y de disponer libremente sobre esta”. Es la oportunidad en la historia de alcanzar una libertad más profunda.

El Antropoceno constituye una oportunidad

Por esta misma razón, Antonio García Maldonado afirma que “la solución consiste en generar más modernidad, aunque sea una nueva modernidad”. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que no cabe una vuelta romántica a la naturaleza, como si fuésemos paseantes solitarios, al modo en que lo son muchos ecologistas utópicos. Ya no quedan espacios naturales indómitos, la naturaleza es toda entera doméstica, el domus de la humanidad. El hombre ya no conquista nada, porque no queda nada por conquistar, y ya no sueña con las Américas, pues en todo caso ahora lo hace con Marte. El hombre cuida o destruye la Tierra, pero no la conquista. La imagen más apropiada en la posmodernidad es la de un político jardinero, como un personaje que domina y cuida un espacio “artificial”, porque toda la naturaleza, sin excepción, es ya, en el sentido moderno de la palabra, artificial. Así pues, no cabe una vuelta a esa natura pura, que por otro lado no fue más que una creación del racionalismo romántico, sino que el hombre está ante la oportunidad de repensar su poder, y su responsabilidad, en el mundo. La humanidad, como señala el autor, no ha dicho su última palabra: “El Antropoceno constituye una oportunidad”, es la ocasión de que el hombre piense su acción como la posibilidad de hacer un mundo mejor, más habitable y, en este sentido, aún más humano. Esto es lo que significa “generar más modernidad”, llevar hasta sus últimas consecuencias las ideas de la modernidad para que, según la paradoja de Guardini, recuperemos la conciencia del poder a partir de un aparente fracaso. Atrás quedará la desconfianza liberal en el poder, o el sueño libertario de destruirlo, porque ya hemos tocado con nuestras manos el fuego de los dioses. No hay vuelta atrás, y no debe haberla. El mandato del Génesis cobra ahora todo su significado: poner el poder, en toda su enormidad, al servicio de algo más grande. “Es la riqueza de la especie humana, como concluye Arias Maldonado, la que debe ser resaltada, una riqueza material e intelectual gracias a la cual podemos reinventarnos como habitantes reflexivos del planeta Tierra”.

Imagen de portada: Ilustración de la portada del libro Antropoceno
Escrito por

Licenciado en Derecho y Ciencias Políticas. Profesor de Filosofía del Derecho y Política. Autor de los libros "Génesis de Estado Minotauro" y "La monarquía constitucional. Los orígenes del Estado Liberal según Chateaubriand"

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