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Antifranquismo retrospectivo . Un fenómeno que disimula el vacío político de la izquierda

Se trata de un fenómeno que carece de sentido común propio. Parece como si se hubiera retrocedido al universo propio de los años años cuarenta con la visión de la República como algo ideal o infernal y la Guerra Civil como un conflicto entre buenos y malos.

Inexplicable sin la previa Guerra Civil, el franquismo combinó en su día una adaptación de las doctrinas corporativistas de diverso origen con una dominación personal basada en última instancia en el apoyo de las Fuerzas Armadas. Por debajo de una institucionalidad de inspiración corporativista, la vida política real consistía en la continuidad de la coalición informal que ganó la Guerra Civil y, con ella, de sus conflictos y tensiones, gestionada en exclusiva por la generación joven que hizo la guerra en el bando vencedor, sirviéndose para ello de una estructura estatal rigurosamente centralizada y dirigida desde arriba. El corporativismo lo era de fachada, porque la estructura política vertical realmente existente vaciaba de contenido político propio a los entes corporativos, poco menos que carentes de vida independiente. Por eso, la “democracia orgánica” no era ni lo uno ni lo otro y, por eso, llegado el momento, se desprendió como lo que era: una cáscara de mucho tiempo atrás vacía. El monopolio de la vida política por la generación de la guerra permitió configurar al personal del régimen como el séquito del Caudillo, pero cegó cualquier posibilidad de renovación e hizo al sistema político incapaz de adaptarse a los enormes cambios culturales y sociales que la España real vivió, cuanto menos, desde comienzos de los años cincuenta. Al final, no quedaba otra cosa que un escenario carente de vida propia sin otro soporte que la figura del dictador. Por eso, cuando Franco murió, el franquismo, como tal, desapareció de la escena.

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Buena prueba de ello es que, a diferencia de lo sucedido en otros pagos, en los que una dictadura o un régimen totalitario caídos han dado lugar a movimientos políticos “neos” que se reclaman de su herencia, tal cosa no ha sucedido entre nosotros. En España no hay neofranquismo porque, como criatura política, el franquismo murió mucho antes de faltar el general.

Hubo un tiempo, el del franquismo y el del propio Franco, en el que el antifranquismo tenía sentido: los primeros eran el enemigo a batir. Desaparecidos ambos, el antifranquismo tiene hoy el mismo sentido político que el que podría tener la oposición al realismo fernandino, es decir, ninguno. Y, sin embargo, desde hace algo más de una década, hemos presenciado la aparición de un fenómeno político novedoso: el del antifranquismo retrospectivo.

Resulta obvio que, no sobreviviendo franquismo alguno, ni existiendo neofranquismo digno de mención, el antifranquismo retrospectivo aparece como un fenómeno carente de sentido político propio. No obstante ello, tal parece como si hubiéramos retrocedido al universo mental propio de la década de los cuarenta, con su visión maniquea de la República como un régimen ideal o infernal y de la Guerra Civil como un conflicto entre buenos y malos. Parece que hemos perdido el sentido común que en su día tuvieron la mayor parte de los que tales sucesos vivieron y que, en su día, vinieron a imponer una cultura en la que existe un repudio medular de la violencia, y en la que la guerra aparecía como un crimen del que no había bando inocente, como una tragedia que archivar para poder tener un futuro digno. Y dejar la historia para los historiadores, que para eso están.

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Como en ocasiones la realidad puede ser más rica que la fantasía, en los últimos quince años hemos visto el surgimiento, primero, y  la eclosión, después, de un antifranquismo de nuevo cuño en el que quienes en su día fueron antifranquistas de verdad no suelen ser muy abundantes. Mas allá de las explicaciones de corte generacional, ese antifranquismo sin Franco ni franquismo parece poco menos que una criatura exótica, si no un sueño de la razón. No es ese mi juicio.

A mi parecer, el éxito del antifranquismo retrospectivo se debe no solo a su fuerte componente emocional, que también, sino a que el mismo viene a cubrir, y disimular, un vacío político: el que se ha abierto en el espacio de la izquierda. Por eso, no es casual que el mundo de ese antifranquismo peculiar sea primariamente el mundo de la izquierda. Me explicaré. A lo largo de los últimos cien años, cuanto menos, las izquierdas han tenido siempre un horizonte utópico que daba sentido a sus estrategias y permitía dar una impronta peculiar a las políticas públicas que defendían, tanto si estas venían a coincidir con las defendidas por otras corrientes políticas como si no. En unos casos, ese componente utópico descansaba sobre una concepción “republicana” de la democracia constitucional; en otros, por la “construcción del socialismo”; en unos terceros, por la mixtura entre democracia “republicana” y alguna clase de socialismo. Entre nosotros, el hundimiento del referente histórico de la corriente central del movimiento socialista, la URSS, y el derrumbamiento de su modelo dejó sin referencia principal a las formaciones que se reclamaban de la tradición leninista, destruyó uno de los supuestos de fondo sobre los que reposaba la concepción dominante del socialismo democrático, en tanto que las visiones “republicanas” de la democracia se veían reducidas a poco más que el ámbito académico, al tiempo que todas tres acusaban la crisis de su marco político por excelencia. El del Estado Nacional. La incapacidad de los socialistas de varia obediencia de repensar el socialismo y proponer un modelo distinto del tradicional, unida a la más bien escasa atracción intelectual de un reformismo que esta distribuido a lo largo de casi todo el espectro político, y que se ha venido abandonando en los últimos y no tan últimos tiempos, han venido a generar un vacío ideológico y cultural, a tratar de colmar el cual ha venido a adoptarse el curioso fenómeno de un  antifranquismo sin franquismo ni Franco.

Me parece claro que ese antifranquismo, fuera de calendario y realidad, ha podido construir un discurso mítico sobre el atormentado pasado de este país y generar compensaciones emocionales de no escaso bordo; empero, como el adversario político y cultural que pretende combatir ni está ni se le espera, ese peculiar antifranquismo está condenado a girar en el vacío y, con él, a la esterilidad. Pero no deja de tener efectos perversos. Y el reintroducir la diferenciación radical entre el amigo y el enemigo, por míticos que estos sean, no es uno de los menores. Lo dicho permite entender que la aplicación de la no muy afortunada “Ley de Memoria Histórica” aparezca sesgada en sentido antifranquista, incluso contra la letra de la misma ley. Empero, como la realidad es la que es, a la postre ese antifranquismo acaba chocando con sus propias contradicciones. Y es que en la historia, la real, no la legendaria, las cosas no suelen ajustarse a esquemas maniqueos. Por lo demás, ni en la política ni en la vida los sucedáneos pueden servir plenamente como sustitutos del producto original.

Escrito por

Jurista y analista político. Catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad CEU Cardenal Herrera. Fue senador por el CDS.

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