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Los cambios que Internet ha traído a la prensa de papel y que probablemente no conocías

Internet ha traído consigo una nueva forma de titular las informaciones periodísticas. Pequeños cebos para que el lector “pinche” en la noticia. Los verbos han cedido su sitio a los adjetivos. El estilo llega poco a poco a la prensa tradicional. 

Primero fueron las listas numeradas. En un abrir y cerrar de ojos, el periodismo en Internet hizo que titulares como “Las 14 cosas que no sabías sobre el helado de pistacho” dejaran de ser una extravagancia para convertirse en moneda común. Inferir que tu lector “no sabe” o que lo que le vas a contar “le sorprenderá” pasó a ser el lenguaje habitual de los medios. No se trataba de resumirle la noticia en un titular para que, en caso de ser de su interés, la leyese completa. Ahora la cosa iba más bien de decirle que había una noticia, sin especificar demasiado cuál, para provocar el pinchazo. Es lo que se ha conocido como clickbait. De su mano ha venido una hiperadjetivación de las informaciones, con muy habitual apelación a los sentimientos. La estructura “sujeto/verbo/predicado” va camino de ser más excepción que norma. La contaminación de este estilo ha llegado a la prensa de papel. “La genial y exitosa idea de contar la música con imágenes”, “La joven española a la que no conoces… pero deberías”, “El documental más impactante del asedio de Waco” o “La reventa que enfada al socio del Barça” han podido leerse en las cabeceras de calidad editadas desde Madrid. El hecho apunta a algo más allá del clickbait, dado que este no procede aquí.

“Liarla Pardo” en Marinaleda no fue periodismo, fue activismo

“Vivimos tiempos confusos”, reconoce el redactor-jefe de Nacional de El País, Claudi Pérez. “Hay una contaminación evidente en la prensa supuestamente seria para con esas formas que proceden de las redes (…) el modelo de negocio de la prensa tradicional hace aguas por todas partes, y la búsqueda de clicks fáciles se traduce en ocasiones en excesos de ese tipo”. Sebastián Basco, jefe de cierre de ABC, cree que Internet ha contribuido a empobrecer el periodismo en dos vertientes: banalizando los temas “para dar cabida a informaciones o reportajes cuyo peso intrínseco o cuyos protagonistas apenas habrían merecido un breve en cualquier periódico a finales del siglo XX” e imitando el lenguaje de la calle, trayendo “una vulgarización de la escritura periodística tanto en el léxico como en la gramática”. Gonzalo Suárez, coordinador de Papel, suplemento diario de El Mundo, discrepa en que se trate de un aspecto novedoso. “En publicaciones como Crónica ya se titulaba de esta forma hace casi dos décadas”, cuenta a El Debate de Hoy. “Aparte, es normal que haya un cierto ‘contagio’ entre las ediciones impresa y digital, puesto que los redactores y editores son los mismos. Y, aunque es cierto que la búsqueda del clic no existe, sí que hay la necesidad de llamar la atención del lector con títulos con gancho”. Pilar Gómez, subdirectora de La Razón, ve dos influencias distintas. Reconoce la de Internet en el abuso de adjetivos –“opinativos”, “valorativos” pero también “estridentes y ruidosos”– pero cree que la progresiva ausencia de verbos se debe al periodismo anglosajón.

La prensa tradicional, ¿qué debe imitar y que ha de evitar?

La prensa tradicional ante el dilema digital. ¿Qué imitar y qué evitar? “Hay un exceso de opinión en todas partes. Más aún en la web. Es un riesgo que un periodista llegue a ser más conocido por sus opiniones públicas que por sus informaciones, cuando lo mejor que puede decir un periodista aparece en los textos sólidos, informados, con opiniones de verdaderos expertos, los datos justos y la forma adecuada para captar la atención del lector sin perder el imprescindible rigor”, sostiene Claudi Pérez. Para Gonzalo Suárez, la diferencia cada vez es más difusa. “La prensa tradicional puede aprender mucho de los análisis de audiencia de sus versiones digitales que, en general, señalan que los lectores valoran mucho los temas propios, de calidad y con valor añadido. La idea de que sólo quieren memes y temas de gatitos es radicalmente falsa”, apunta. Sebastián Basco señala a la difícil convivencia de las cabeceras de solera con sus versiones en la red. “La marca ha de respetarse frente a la gran eclosión de periódicos digitales sin norte ni guía”. La competencia no sería muy distinta a la que la prensa ya ha librado en el pasado con la radio y la televisión. Las armas son, en su opinión, no “ceder un milímetro a la banalidad intrascendente, y corrección en el lenguaje y la presentación”. Pilar Gómez cree que los medios nativos digitales pueden permitirse una mayor osadía. Y recurre a una cita del director del Chicago Continental de la serie televisiva Boss: “-¡Quítalo de Internet ya! -¿Y qué hacemos con la edición impresa? -Bueno, afortunadamente, el papel ya no lo lee nadie”.

Demonizando Internet: falsas noticias y responsabilidad ciudadana

Muchos de los males señalados hasta ahora tienen su origen y esplendor en las redes sociales. En ellas están presentes los grandes diarios de prestigio. Pero, ¿qué papel adoptar una vez allí a la hora de difundir el material periodístico? Gómez advierte del peligro del “colegueo”. Suárez ve matices en función de la sección. “No es lo mismo un perfil de una “dura”, como Nacional o Economía, donde debe predominar un tono sobrio, que una destinada a un público más joven como Fcinco, donde sí se puede usar un lenguaje mucho más informal”. Basco juzga que los perfiles oficiales en redes sociales de las cabeceras han de estar en sintonía con los principios fundamentales del medio. “A un periódico tradicional no lo pueden encumbrar las redes sociales, pero sí lo pueden hundir con rapidez, por lo que han de ser extremadamente cuidadosos en su manejo”, concluye.

El elitismo de la prensa tradicional

El exitoso cambio en el modelo de negocio de diarios estadounidenses como The New York Times o The Washington Post apunta una línea de máximo prestigio, en la frontera con el elitismo. Se pone el acento en el análisis, los datos adicionales y el contexto. Claudi Pérez aboga por la compaginación. “Lo que hace de veras necesarios esos artefactos llamados periódicos es satisfacer el apetito no solo de las élites”. “En la prensa impresa, el mercado lo exige”, afirma Gonzalo Suárez. “Cada vez hay menos lectores y, por definición, son más exigentes. Eso sí, creo que el futuro de las ediciones online también pasa por la calidad -no por el elitismo-, sobre todo dada la tendencia general en el mercado a cobrar por contenidos”. “El medio tradicional ha de incidir en la exigencia, la reflexión, el análisis, el texto bien cuidado, la contextualización, la edición cuidadosa”, sostiene Pilar Gómez. Sebastián Basco desprecia rotundamente la idea del elitismo. “Es idea muy extendida que el gusto por la corrección es una nota de elitismo. Pero no es así. En realidad, debe considerarse que la excelencia no va dirigida a las élites, que no deben ser el objetivo de un periódico, sino al común de los ciudadanos. ¿Quién no prefiere un producto excelente?” Claudi Pérez añade una nota de optimismo: “Los periódicos están hoy infinitamente mejor escritos que hace 100 años, y desde luego mejor escritos que hace 25, cuando yo empecé en este negocio”.

A ver qué decimos dentro de otros 25.

Escrito por

Periodista. Jefe de redacción en Non Stop People. Ha trabajado en Intermedios de la Comunicación, Onda Cero, Popular TV, esRadio y 13TV.

Ultimo comentario
  • sería muy interesante el comentario y sobre todo las opiniones que se aportan si no se centrara en la prensa estadounidense. Hay mas prensa en el mundo, especialmente en europa. la cuestion es separar nítidamente la información de la opinión. porque el hecho de poseer un título universitario en ciencias de la información ni por supuesto el hecho de que esté más o menos correctamente escrito lleva implícito que sea la verdad. Lo que avala la calidad es contar el hecho o el suceso con objetividad y en un lenguaje claro y preciso, sin ambigüedades. Y, finalmente, no es de recibo pedir al entrevistado ni al tertuliano que interviene eso que se ha hecho tan común: de “dame un titular”. Porque la opinion es, indudablemente, otra cosa.

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