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Hiperconexión y “appstinencia” digital

La hiperconexión nos afecta a todos. Frente a esta situación, el futuro será de aquellos que sepan integrar en sus vidas las enormes ventajas que ofrece el mundo conectado, sin olvidar que hay un mundo real más allá de lo tecnológico.

¿Por qué los grandes ejecutivos de Google, Twitter y Facebook están apagando sus dispositivos móviles y desconectándose de la red? El creador del iPhone, Jony Ive, ha admitido que el uso constante del dispositivo es malo, algo que, por evidente que nos parezca, no es usual que se reconozca tal cual desde dentro de las compañías que están en el negocio.

Los propios Bill Gates y Steve Jobs limitaban el tiempo que sus hijos veían pantallas en casa para evitar una temprana adicción a la tecnología. Tristan Harris, exempleado de Google, encargado de diseñar los productos, ha hablado con toda crudeza de estrategias como la llamada economía de la atención, basada en captar la atención de las personas para sacarles mayor rendimiento económico en la red. El tiempo de la hiperconexión ha llegado.

“Me desconecto, luego existo”. Somos adictos digitales y reconocerlo es urgente

El último estudio de la Asociación para la Investigación de Medios de Comunicación (AIMC) en España habla ya de 7 horas diarias de media de los chavales de 12-13 años frente a las pantallas. Los españoles miramos, también de media, el móvil más de 150 veces al día. Pensábamos que esta locura había llegado para quedarse, pero resulta que, como en los cómics de Asterix, hay un reducido grupo de valientes que resiste al invasor. Y lo más novedoso es que la contestación está llegando también desde dentro. No es solo cuestión de unos cuantos frikis, que han decidido alejarse y alejar a los suyos del mundanal ruido. No es solo tampoco cuestión de unos cuantos gurús que, con tono apocalíptico, escriben que deberíamos abandonar todas nuestras redes sociales de inmediato. Ahora resulta que, desde dentro, se ha dado un paso más.

No dar a los tuyos la mercancía que tú vendes está bien, pero la propuesta hace aguas, aunque solo sea por la incoherencia que transmite. Mucho mejor es empezar a darse cuenta de que la tecnología no solo se puede diseñar para arruinar las relaciones personales y hacerlas sucumbir en la adicción a la tecnología, sino que se puede diseñar para enriquecer las relaciones sociales e incluso, en una curiosa paradoja, también para luchar contra los propios excesos de la tecnología. Surge así la que podríamos llamar ‘appstinencia digital’, lejos de estigmas e incluso con una cierta buena reputación. Y, en justicia, debe tenerla, porque por mucha mala prensa que tengan el ayuno y la abstinencia son esenciales para el logro de una vida buena.

Si queremos huir del desequilibrio al que nos aboca el consumo desenfrenado, se impone la pausa, la renuncia, el decir no. Hay ya aplicaciones que sirven como bloqueadores de distracciones. Son el paraíso de los estudiantes. Dice el poeta Jesús Montiel que la asignatura más difícil que él tuvo que cursar en el colegio fue la de desatender a las ventanas. Hoy, los profesores damos fe, para muchos, el obstáculo principal es desatender a las múltiples ventanas que llevan encima y que no dan precisamente al parque ni al patio del recreo. Apps como Hold, Lock Me Out o Freedom ayudan en esa tarea. Algunas han puesto en marcha todo un sistema de gratificaciones para premiar con descuentos en diferentes actividades el estar un determinado tiempo sin mirar el móvil. Las hay hasta solidarias, que propician donaciones para proyectos en países en vías de desarrollo, o para plantar un árbol y reforestar zonas del planeta que necesitan más aire puro.

La tiranía del like

En Me desconecto luego existo. Propuestas para sobrevivir a la adicción digital explico por qué creo que, ante el despropósito de la hiperconexión que nos afecta a todos (no solo a los adolescentes), el futuro será de aquellos que sepan integrar equilibradamente en sus vidas las enormes ventajas que nos ofrece el mundo conectado. La búsqueda obsesiva del placer, también del que nos supone la permanente exposición al like, nos suele conducir hacia objetivos de poca altura.

En palabras del maestro Alejandro Llano, la completa promiscuidad nos deshace y nos convierte en máquinas de captar placer para acabar pareciéndonos a quien, afectado por la sarna, no hace más que rascarse. Siempre querremos más y nunca tendremos suficiente. Para evitarlo, para no ser pobres consumidores consumidos, en este caso por la adicción a la tecnología, nada mejor que appstenernos y comenzar así la silenciosa y urgente revolución de los que no queremos que nuestra vida acabe enganchada a los dispositivos móviles.

Escrito por

Doctor en Comunicación. Profesor de la Universidad Francisco de Vitoria. Fue durante diez años (2004-2014) director de la Oficina de Información de la Conferencia Episcopal Española.

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