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“Gran Hermano” se muere . El formato que hizo historia y creó un nuevo tipo de espectáculo

Finaliza la edición 18 de Gran Hermano con polémica y baja audiencia. El formato vende vidas humanas para disfrute de un público que se siente mejor escandalizándose de sus pecados o premiando sus virtudes. En este programa, como en Operación Triunfo o en Masterchef, lo de menos es el fondo, lo realmente importante es la lucha por la audiencia. 

El anuncio de Telecinco de prorrogar un año más Gran Hermano, pese a las críticas y el “bajo” nivel de audiencia de la última edición, pretende despejar las dudas que pendían sobre el programa. Gran Hermano se apaga, se muere, el formato se va agotando poco a poco.

Es cierto que el 14,3% de media de audiencia que ha cosechado la decimoctava edición de GH -la menos vista- sigue estando por encima de la audiencia media de la cadena. Pero no es menos cierto que el objetivo de Telecinco en esta edición no era otro que tratar de remontar el 19,6% de la edición anterior, un mal resultado en comparación con la trayectoria histórica del programa. Que cada uno saque sus conclusiones.

Sin embargo, no quisiera poner el acento en el modo en que el “ojo que todo lo ve”, una mala adaptación orwelliana disfrazada de experimento social, va perdiendo poco a poco interés para el espectador español. Incluso si no hubiera decimonovena edición, Gran Hermano es ya historia de la televisión, ha dictado una manera de crear espectáculo sin la cual es imposible imaginar otros formatos que ahora ocupan las primeras posiciones en la parrilla televisiva.

Operación Triunfo (y sus derivados), MasterChef (y sus derivados), Supervivientes (y sus derivados), Mujeres y Hombres y Viceversa (y sus derivados) y otros muchos programas que a lo largo de las últimas dos décadas han captado la atención de la audiencia lo han hecho solamente gracias a la estela abierta por un programa que ha sido capaz de vender un producto estrella: la experiencia catártica de un telespectador omnisciente que empatiza con una serie de personajes en su lucha agónica por el éxito.

Reconozcámoslo, probablemente lo de menos en OT es la música, lo de menos en MasterChef es la gastronomía. Es evidente. Lo verdaderamente atractivo de ambos (y de tantos otros programas que heredan, a su modo, a Gran Hermano) es la épica que imprime la pugna por el éxito, aderezada a partes iguales con dos pasiones fundamentales: la ilusión por el triunfo y aquello que William Golding muestra magistralmente en El señor de las moscas: la degradación que revela la selva, la premisa “todos contra todos”.

El mecanismo no es muy distinto, en el fondo, del de la tragedia griega, adaptado eso sí al sueño capitalista: un cualquiera (cuanto más “cualquiera”, más emoción) que pone su fortuna en manos de los “dioses” (el programa) y trata de vencer a su propio destino para alcanzar lo que por nacimiento le ha sido negado: el dinero, la fama, el amor, etc. Nada hay más poderoso que la historia del patito feo… convertida en un culebrón.

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A partir de ahí, el resto son matices. ¿Que Gran Hermano premia lo soez y lo mediocre y en Operación Triunfo prima el talento musical? ¿Que Gran Hermano se alimenta del morbo, del conflicto y de lo podrido y MasterChef, de la excelencia en los fogones? Se podría discutir sin llegar a conclusiones claras.

Resulta, sin embargo, evidente que lo que todos ellos tienen en común es la oferta de emociones fuertes a una sociedad de voyeurs que desde la intimidad del hogar buscan saciarse de empatía a través de la pantalla. La escena, que recuerda a la secuencia final de El show de Truman o al capítulo “15 millones de méritos de Black Mirror, es la de una audiencia que, una vez más, ha ido forjándose al calor de Gran Hermano.

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Es este el éxito fundamental del programa, la clave de su pervivencia, incluso cuando no se emitan ya más ediciones: ha forjado un nuevo tipo de espectáculo, una nueva narrativa que, como la prostitución o la pornografía, se alimenta de otorgar al espectador entrada y control en lo que en la vida real resulta íntimo e inaccesible. Gran Hermano -como en el fondo tantos otros programas que han venido detrás- vende vidas humanas para uso y disfrute de un público que, como un dios griego, se purifica escandalizándose de sus pecados o premiando sus virtudes, alegrándose del éxito de los buenos y gozando en privado de la visión de los excesos ajenos.

Podrá criticarse que tal o cual programa normaliza comportamientos y actitudes que podrán ser mejores o peores, pero lo que nadie parece poner hoy en cuestión son las consecuencias morales y la forma de relacionarnos que implica el acceso libre a la intimidad de otros (libremente ofrecida y avalada “moralmente” por la ley de la oferta y la demanda), sea bajo la forma de un supuesto experimento sociológico o del sueño de ser estrella del rock.

¿Gran Hermano se muere? No lo parece. ¡Larga vida a Gran Hermano!

Escrito por

Periodista de agencia y estudioso de Filosofía Política. Co-director de la revista Democresía. @IgnacioPou

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