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“Operación Triunfo” . Un cuidado ‘casting’ y una promoción brillante que disimula el talento

La Gala Final de Operación Triunfo y sus casi 4 millones de espectadores han despertado la fiebre por un formato olvidado. El secreto de su éxito está en el casting. Los personajes se han ido y nunca volverán, por más que canten.

Operación Triunfo (TVE) despidió a lo grande su retorno a los hogares españoles como el fenómeno televisivo que nadie esperaba que volviera a ser. Quienes creíamos impensable que en la era Twitter volveríamos a ver una fiebre como la que provocaron Rosa (de España), Bisbal, Busta y compañía, hemos tenido que recular al ver que en las oficinas y en los corrillos nos quedábamos fuera de la conversación.

Para que se hagan una idea, la final del concurso televisivo casi alcanzó el 31% de cuota de pantalla, con más de 3,9 millones de espectadores, en lo que ha sido una escalada de audiencias desde el 15% que registró durante las primeras galas (salvando el esperado retorno, que obtuvo un 19%). Trasladándolo a otro eje, significa que más del 8% de la población española estaba el lunes 5 de febrero delante de la pantalla viendo OT. Y eso sin contar con la audiencia en diferido. No es poco, son casi 4 millones de personas experimentando lo mismo al mismo tiempo.

Tratemos de dar algunas claves

Uno podría echarse al monte y pensar, como se ha escuchado en más de una ocasión, que de alguna manera misteriosa la población ha sido programada para consumir este tipo de productos televisivos. Operación Triunfo tiene todos los elementos que desearía un pensador de izquierda para concluir que el formato es poco más que una versión amable de Los juegos del hambre o de aquel magnífico capítulo de Black Mirror (15 millones de méritos).

Visto desde esta perspectiva, OT no es otra cosa que el sorteo de un único pasaje en el ascensor social para un puñado de personas sencillas a las que ningún poderoso magnate de la industria musical hubiera ofrecido nada. Ellos, a pelearse por ser el elegido, haya o no más de un talento que valga la pena; y la audiencia, a disfrutar del cuento del patito feo, sin reparar en quienes quedan por el camino. “Mientras queden sueños, habrá algo que perder, habrá disciplina, diría quien hiciera un análisis tal.

No obstante, una mirada más en detalle hacia quienes han seguido el programa con devoción, han llorado con él (créanme, ocurre), se han enternecido, indignado y entrado en éxtasis con cada nuevo triunfo o fracaso muestra que hay algo de auténtico en todo ello. Algo que no se explica ni por el formato ni por un supuesto condicionamiento social al más puro estilo de Un mundo feliz.

La música es lo de menos

La clave no está en el talento de los concursantes. Hay que reconocer que, con la cantidad de genios anónimos que hay en YouTube, el talento musical de los concursantes difícilmente podía ser un elemento de sorpresa. De hecho, ha sido bastante discreto. “El secreto está en el casting“, me señalaba una amiga cuando he acudido en busca de opiniones.

“Gran Hermano” se muere . El formato que hizo historia y creó un nuevo tipo de espectáculo

Más allá de una brillante estrategia de promoción (que empezó un año antes con el reencuentro de los participantes de la primera edición de Operación Triunfo, la generación de oro) y de un trabajo de producción que ha ido mejorando por semanas para explotar lo mejor de la emotividad de los concursantes, el material humano y mucho mucho tiempo compartido con la audiencia es lo único capaz de producir una conexión entre el público y la audiencia con la que otros formatos no podrían ni soñar. Tanto es así que, horas después de la gala final, ya se escuchaba hablar con sorna y nostalgia a partes iguales de “la vida después de Amaia y Alfred”.

Es el síndrome del nido vacío de quienes saben que se ha ido de casa (del salón donde está el televisor) un puñado de personas a las que se ha llegado a querer. Se han ido y no volverán, porque por más que canten nunca volverán a compartir con nosotros sus vidas como hasta ahora.

OT se abraza a los “nuevos valores”

Mención aparte merece la actualización que ha llevado a cabo el programa en cuanto al perfil de los concursantes. La nueva edición de OT ha sabido sortear los prejuicios que esperaban una repetición de los patrones de la primera promoción del concurso, que a día de hoy hubieran resultado un poco casposillos a ojos de una parte no poco relevante del público. La sencillez de los concursantes de entonces no da más de sí en una sociedad que poco a poco ha ido cargándose de cinismo y de ideología.

Tiene sentido, por tanto, que los responsables del programa hayan elegido a la pareja gay del momento, “los Javis”, como reclamo de un programa que pretende ser “actual” o que hayan tenido el tino de seleccionar a una generación de aspirantes “progresistas” en cuanto a valores se refiere. El feminismo y la diversidad han sido las banderas de un programa que ha convertido el hecho de ver OT en algo “respetable” incluso para el público más escorado hacia la izquierda y más exigente (ese que de otro modo se hubiera refugiado en la crítica al capitalismo). El otro público… ese ya no exige nada, para bien o para mal.

Escrito por

Periodista de agencia y estudioso de Filosofía Política. Co-director de la revista Democresía. @IgnacioPou

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