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Fernando Sanz, sacerdote: “No soy yo quien ayuda a los necesitados, es la mano de Dios”

LA IGLESIA INVISIBLE | La Iglesia es como un iceberg. Solo vemos el 10% de su ser. Con este blog queremos poner la lupa sobre algunas personas que dan la vida en zonas periféricas y que la mayoría no ve, porque se han hecho invisibles como aquellos a los que intentan cuidar. Son testimonios de la Iglesia en salida a la que el papa Francisco nos invita sin cesar.

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Nombre: Fernando Sanz
Edad: 65 años
Profesión: Sacerdote jubilado civilmente, aunque en activo.
Lugar: San Cristóbal de los Ángeles, Madrid.
Congregación: Clérigos de San Viator o Viatores.

Fernando Sanz tiene unos ojos azules que te sonríen desde el minuto cero. Su continua actividad se percibe en forma de vibración. Aunque no es un tipo nervioso, sino intranquilo, siempre con cabeza y corazón en plena efervescencia. Hablando con él se entiende rápidamente que es un emprendedor social de libro y que tiene la capacidad de dirigir multinacionales y comunicar en gabinetes de crisis. Sin embargo, pese a que fue director de un colegio, a partir de los 40 años empezó a hacer de párroco en barrios periféricos de Madrid. Comenzó en la Uva de Villaverde Alto, un barrio chabolista: “Allí descubrí lo que era la pobreza, la pobreza severa, las drogas. En los años 80, la heroína y el SIDA arrasaron aquellos barrios.” Ante lo que vio, Fernando se puso manos a la obra y hasta ahora no ha parado.

Cuidando de las heroinómanas, llegó a la cárcel, donde muy a menudo iban a parar. De ahí surgió la asociación Arco Iris, que hoy sigue ayudando a mujeres en presidio, de permiso penitenciario, en tercer grado o libertad condicional o a exreclusas. También llegaban mujeres a la parroquia con situaciones complicadas. Necesitaban empleo para mantenerse a ellas mismas y a sus hijos. Así que había que buscarles un trabajo digno. De ahí que crease el grupo Labor, que todavía sigue funcionando y persiguiendo el mismo cometido. Y tampoco fue esa su última creación. Se adelantó a los tiempos detectando los malos tratos e inició la lucha contra estos: “A la parroquia me llegó una mujer con un ojo hinchado y me la llevé a la policía. Le tomaron declaración y le empezaron a hacer preguntas onerosas. Empezó a llorar porque querían saber si el marido y ella se acostaban o no, y cosas así. Intervine. El tipo se cabreó conmigo y me echó. Salí de comisaría sabiendo que iba a crear una asociación para afrontar ese problema.” De ahí surgió el primer piso del Ayuntamiento de Madrid dedicado a proteger a mujeres víctimas de violencia doméstica; todo bajo el paraguas de una pequeña fundación llamada también Labor. Y la vida le siguió reclamando la atención. “Estando en la cárcel, me di cuenta de que las mujeres extranjeras que decidían vivir en España por necesidad y no tenían permiso de trabajo, tarde o temprano, acababan dedicándose a la prostitución”. Por eso, creó MIRES, que es la más reciente de sus hijas y que cuida de las mujeres en dicha situación.

Me cuenta que las mencionadas asociaciones se financian fundamentalmente con dinero público y con el sacrificio de sus vocacionales trabajadores, que muchas veces cobran sueldos mínimos por grandísimas dedicaciones. Le pregunto por qué no consigue dinero de otra procedencia y se sincera: “Porque el mundo privado no da dinero para las personas a las que nosotros cuidamos. Tiende a no querer ayudar a aquellos que han delinquido o llevan o han llevado mala vida.”

Cuando le pregunto por las razones de toda esta iniciativa en favor de los más necesitados, me sorprende algo que dice: “El primer beneficiario de todo esto soy yo”. Le pido que desarrolle la idea para no iniciados y me cuenta que todo su trato con estas mujeres le ha enriquecido espiritualmente. Insisto en que me siga clarificando conceptos y prosigue: “Primero, he crecido en mi sentido de providencia. Estoy convencido de que no soy yo quien ayuda, sino la mano de Dios la que actúa a través de nosotros. Tengo un sentido de providencia que es bastante común en las personas que mueven este tipo de obras y tejido social. Saben que Dios proveerá y ayudará, y no pasa nada, tiramos para adelante”. Y añade: “En segundo lugar, salimos ganando porque mantenemos la fe, lo cual es un milagro.” Con toda la razón del mundo, cree que transmite a quien se encuentra con él la satisfacción por pertenecer al Pueblo de Dios: “Soy célibe, he renunciado a una familia. Esa renuncia es muy seria, porque cuando uno llega a la vejez, como decía el padre Arrupe, no tiene ni familia propia, ni casa propia, ni nada propio. Yo no tengo nada mío. Y eso me da una libertad tremenda.”

iglesia invisible

Jorge Martínez Lucena (d), junto a Fernando Sanz (i), a las puertas de la iglesia San Cristóbal de los Ángeles

Nos miramos y los dos sabemos que la entrevista debe terminar. Fernando ha de volver al “Encuentro de la comunidad islámica y católica”, en su parroquia, la de Nuestra Señora de los Desamparados, en el distrito municipal de Villaverde. Me ha prestado unos minutos, pero ya los hemos consumido. Está impaciente por sumergirse de nuevo en la sorprendente convivencia interreligiosa de la comunidad de su barrio. Antes de cortar, le hago una última pregunta: “¿Qué le pedirías a esa Iglesia a la que estás tan orgulloso de pertenecer?” Piensa un instante y sonríe con ojos pícaros: “Ser pobre no es ahorrar mucho para tener más, sino para poder donar más. Por eso, quizás hay que pedirle a mi querida Iglesia que sea más valiente y sea más capaz de compartir los dones recibidos. Yo no tengo nada más que los medios imprescindibles para vivir y soy muy feliz.”

Escrito por

Periodista especializado en cine, televisión, literatura y cultura pop en general. También es escritor y profesor universitario.

Ultimo comentario
  • Siempre gRande Fernandito !!
    Soy compañero suyo y siempre le he admirado !!
    Necesitamos muchos como él !

    Animo y adelante !!

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