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Rusia reconstruye su grandeza sobre la idea de Imperio, el cristianismo y el pasado zarista

En el centenario de la Revolución Rusa, muy poco o casi nada queda de este acontecimiento y mucho de un país que reconstruye su grandeza incorporando al relato político la historia de los zares, la religión cristiana, la Iglesia Ortodoxa y la idea de Imperio. Superar la división y el empobrecimiento y recuperar la unidad del Estado son sus tareas para el siglo XXI.

8 de octubre de 2017, 9 de la mañana hora local. El comandante del avión anuncia cielo despejado y 3 grados centígrados bajo cero. Hace bueno en el aeropuerto moscovita de Domodedovo. No es la primera vez que visitamos la capital rusa, pero nuestra expectación es grande por valorar “in situ”los efectos de la Revolución de Octubre exactamente cien años y un día después.Rusia

Con esa mirada ilusionada y atenta propia de un niño en su primera visita a un parque de atracciones, pegamos la nariz al cristal del tren que nos lleva al centro. Vemos bosques de abedules, de troncos blancos y arañados, con sus hojas ya amarillas pero todavía firmes en las copas, y pequeños suburbios de esos que crecen en cualquier rivera de ferrocarril como florecillas de cuneta comarcal. Llegamos a la estación, curiosa por su fachada verde celeste y coronada con una cúpula enorme. ¿Estamos en Europa o en Asia? Esta es la pregunta que Moscú lanza provocadoramente nada más llegar. Esperábamos encontrar, como relató Ángel Pestaña en Lo que yo vi. Setenta días en Rusia: “Sobre el dintel de la puerta principal de la estación los retratos de Marx, Lenin y Trotzsky. Numerosas banderas flameando al viento, con la hoz y el martillo en el centro”. Pero, en realidad, nos recibe la capital de “Eurasia” y los españoles, volcados por el destino hacia el Atlántico, tardamos en comprender los signos de otra cultura. Sabemos poco de Bizancio y de Constantinopla y para la mayoría de nosotros el “Este” es una amalgama de realidades extrañas e ignoradas. Poco sabemos de kazajos, mongoles, tártaros y cátaros.

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Vemos por las calles una vida agitada, muy similar a la de cualquier capital occidental, poblada de gentes de rasgos muy europeos y también asiáticos, con ojos almendrados los unos y los otros más rasgados, rubios, morenos, de tez clara o morena. Vemos grandes avenidas, enormes algunas de ellas, con coches grandes y nuevos en su mayoría. Edificios modernos, de cristal, acero y hormigón. Edificios bajos y señoriales del siglo XVIII, como se pueden ver en Viena o Múnich, grandes fachadas afrancesadas y edificios propios de la Ilustración inglesa. Imponentes geometrías del realismo soviético remozadas y relucientes. Pocos ornamentos del centro de la ciudad, símbolo del imperio, quedan viejos o estropeados. Todo se está arreglando y la ciudad transmite un brío más propio del siglo XXI que la imagen que uno deseaba encontrar de mausoleo de la Gran Revolución.

Vladímir de Kiev convirtió a Rusia al cristianismo

En la entrada de la ciudad, en la plaza Borovítskaya, al pie de las murallas del Kremlin, ciudadela medieval donde históricamente se ha concentrado el poder político y religioso de Rusia, nos encontramos con una estatua imponente del príncipe Vladímir (S.X-XI), con su enorme cruz presidiendo la capital y dando la bienvenida a los visitantes. Todavía no habíamos visto ninguna referencia a la Revolución, pero pensábamos que sería cuestión de tiempo. No obstante, la víspera había sido la fecha exacta del cumplimiento de los cien años. La estatua de Vladímir no fue una superviviente de la época soviética, sino una hija del régimen de Putin, inaugurada en 2016. De ella dijo el mandatario ruso, el día de la inauguración, que “este monumento rinde memoria a nuestro destacado antepasado, considerado al mismo tiempo santo, dirigente político y guerrero, además de fundador espiritual del Estado ruso”. Nuestra sorpresa fue mayúscula, pues Vladímir de Kiev fue el santo que convirtió Rusia al cristianismo y esto, hasta donde nosotros alcanzábamos a comprender, no formaba parte de la mitología revolucionaria. De él, Putin dijo que “puso las bases de un Estado fuerte, unido y centralizado, que estaba integrado en plano de igualdad por una gran familia de pueblos, idiomas y religiones”. Y esto nos puede ayudar a entender algo mejor la dirección hacia la que se está dirigiendo Rusia y el porqué de cierto “descuido revolucionario”.

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Seguimos nuestro itinerario y nos encontramos con la catedral de Moscú de Cristo Salvador. Fue construida según el estilo de mediados del siglo XIX, en honor a la guerra de 1812 contra Francia, y volada en 1931 por Stalin para construir el palacio de los soviets en su lugar. En 1994, se empezaron las obras de reconstrucción y, en 2000, se canonizó a Nicolás II y a toda su familia. El carácter simbólico, además del religioso, es pues evidente, y allí se alza majestuosa, sobre una colina, imponente, mirando y custodiando la ciudad. El visitante, hasta el momento, seguía sin ver restos de la supuesta fiesta de la víspera y, sin embargo, las referencias religiosas e históricas acerca de la unidad y grandeza de Rusia eran cada vez más manifiestas.

Superar la crisis espiritual y de valores 

La sorpresa fue mayúscula cuando preguntamos por el famoso Museo de la Revolución y nos dijeron que ya no existía. En su lugar, se encuentra el Museo de Historia Contemporánea y, a cien años de la Revolución, solo pudimos ver una planta dedicada a la Revolución, con pocos objetos, ninguno de Lenin, y sí una interpretación distinta de los hechos. De lo poco que pudimos entender, pues la mayoría estaba escrito en ruso y dirigido a “reeducar” a los ciudadanos del país, comprendimos que la Revolución causó un gran desorden en el Imperio, que dividió al pueblo por razón de sus razas y sus creencias, y que sumió a Rusia en una época dura de la que, afortunadamente, se está consiguiendo salir. No leímos nada acerca de la libertad del pueblo, de la igualdad de las naciones, de la autodeterminación de los pueblos ni de la vanguardia del proletariado y la emancipación de los trabajadores. Sí leímos, sin embargo, cosas como esta: La tarea más importante para la sociedad rusa actual es superar la crisis de valores y espiritual causada por una serie de acontecimientos experimentados por el país durante el siglo XX. Los valores morales que nos unen son un factor básico para el desarrollo del Estado así como la estabilidad política y económica. Superar la división y el empobrecimiento causados por la Revolución y recuperar la unidad del Estado son, según los directores de la exposición, las tareas para el siglo XXI.

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Nos quedaba ver el Kremlin, pero de camino pasamos por la Plaza Roja y el mausoleo de Lenin. Viva imagen de la decadencia, de las pocas imágenes decadentes que se ofrecen al turista. Ya no hay una guardia de honor ni una llama eterna. Solo la momia del líder bolchevique y no se sabe si por mucho tiempo.

Y entonces, ¿qué podemos decir que vimos? Muy poco o casi nada de la Revolución y mucho de un país del siglo XXI que está reconstruyendo su grandeza incorporando al relato político la historia de los zares, la religión cristiana, la Iglesia Ortodoxa y la idea de Imperio. De los personajes del siglo XX, a Lenin se le oculta, Stalin se rehabilita, Gorbachov es odiado y Putin es respetado por resituar a Rusia en el orden internacional. Nuestro colega nos decía: “Primero hay que comer y luego podremos pensar. Putin nos ha puesto en condiciones de pensar y ahora podemos hacerlo”. “Veremos”, le dijimos, y brindamos con una cerveza siberiana por un destino común.

Escrito por

Licenciado en Derecho y Ciencias Políticas. Profesor de Filosofía del Derecho y Política. Autor de los libros "Génesis de Estado Minotauro" y "La monarquía constitucional. Los orígenes del Estado Liberal según Chateaubriand"

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